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María Ferreira, analista de conflictos: “Con los avances tecnológicos, muchos soldados matan como en un videojuego”

Retrato de la analista de conflictos María Ferreira Basanta, junto a imágenes tomadas durante sus viajes

Sandra Vicente

Barcelona —
27 de abril de 2026 22:13 h

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Cuando Donald Trump decidió descargar ataques sobre Irán y desencadenar así la guerra en Oriente Medio, las discusiones se llenaron de nombres de buques atacados en el estrecho de Ormuz, de previsiones sobre cómo afectará la economía bloquear el petróleo, de armamento y, solo en algunos casos, de recuentos de víctimas.

Pero para la analista de conflictos María Ferreira Basanta, la guerra tiene otra cara. Ella la cuenta desde la cotidianidad de una cocina en la que alguien limpia pescado; desde el olor a sudor en una azotea de Pakistán o desde el sabor de un brick de suero fisiológico en un apartamento en Jerusalén.

Todas esas escenas son las piezas del puzzle llamado Un mapa de los lugares donde caemos (Viajes al pasado, 2026), un libro que recopila, a modo casi de cuento, anécdotas que la autora ha ido coleccionando durante décadas de trabajo de campo. Aunque sus 15 capítulos puedan parecer desconectados, forman un collage que pretende aproximar al lector a la miseria de la guerra, del conflicto y de la violencia. Pero también a la belleza de la vida que sobrevive entre las bombas y el hambre.

“Cuando hablamos de guerras, solemos hacerlo desde la geopolítica, en términos de pérdidas económicas y en cómo nos afecta la cancelación de un vuelo a Dubai. Pero de lo que hablamos es de personas. Pero yo lo hago desde la cotidianidad. Aquello que solemos sublimar, el amor, la guerra o las tragedias, siempre se puede conectar a la intimidad de nuestra cocina o a un viaje en autobús un lunes cualquiera”, apunta María Ferreira en una entrevista con elDiario.es.

Los seres humanos nos solemos centrar en lo que nos diferencia. Pero cuando caemos, vemos que solemos caer en lo mismo. Da igual dónde estemos: somos vulnerables a lo mismo

El libro de esta analista de conflictos, asesora en misiones médicas y doctoranda en seguridad internacional, recorre medio mundo: despega desde Heidelberg, ciudad alemana en la que vive, y sigue hacia Jerusalén, Pakistán, Egipto o Kenia, para aterrizar en un pueblecito de Cádiz. Ese es el itinerario de los lugares en los que la autora ha caído y ha visto a otros caer. “Los seres humanos nos solemos centrar en lo que nos diferencia. Pero cuando caemos, vemos que solemos caer en lo mismo. Da igual dónde estemos: somos vulnerables a lo mismo. A la soledad, al desamor, al miedo y a la decepción”, sostiene.

Por eso, Ferreira no sólo se queda en las víctimas más evidentes. En su trabajo, que consiste en “tratar de entender por qué la gente hace lo que hace”, retrata todas las caras del poliedro. Desde una trabajadora sexual con clientes millonarios en Dubai, hasta un monje budista en Sudáfrica, pasando por un agente de policía pakistaní, un soldado israelí, un cura alemán o una niña que vive en un cementerio egipcio.

“Es importante saber que tanto la gente que hace cosas terribles, como las que vemos como héroes o como víctimas conforman sus días igual que nosotros. Que, cuando hablamos de guerras, de lo que hablamos es de personas”, zanja Ferreira.

María Ferreira Basanta, en el muro que separa Cisjordania de Israel, en Belén

Hacia el núcleo de las personas

“Yo quería saber a cuántas personas había matado y él quería olvidarlo”. Así empieza el capítulo que Ferreira dedica a Eli, un soldado israelí retirado “que mataba desde el cielo, como un dios que ha decidido no mirar”. Las páginas que siguen a esta frase relatan el intento de averiguar no sólo a cuánta gente ha podido quitar la vida este militar, sino también qué le llevó a querer -y poder- bombardear Gaza sin sentir el más mínimo atisbo de culpa.

“La conciencia es una estupidez, una invención moral para esclavizarnos a todos”, dice Eli para esquivar las preguntas de Ferreira. El interrogatorio se desarrolla sin prisa, desde la sinceridad de saber que ninguno de los dos apoya ni respeta los postulados del otro. Y, al contrario de lo que sucede en las películas, la respuesta no esconde una historia épica ni descorazonadora. Eli había dejado las Fuerzas Armadas, no por culpa ni remordimientos, sino porque había empezado a sufrir vértigos.

“Hablamos de gente que se supone que es inteligente y que nunca se ha parado a pensar si matan, a quién matan o si sufren o no. Pero es que con el avance tecnológico, muchos soldados matan como si jugaran a un videojuego. Es tan virtual que es normal que no se planteen nada”, reflexiona Ferreira.

Por eso la historia cambia cuando los militares se enfrentan directamente a la muerte. En una conversación que no aparece en el libro, pero que la autora rescata para elDiario.es, otro soldado le confiesa por qué dejó el Ejército israelí. Él era soldado de tierra y le enviaron a uno de los enclaves donde había apostadas fuerzas de Hamás.

En ese lugar en concreto había tres rehenes israelíes detenidos. El soldado pensaba que su misión sería entrar y rescatar a sus compatriotas. Pero no. Las órdenes fueron volar la casa por los aires, con Hamás y los civiles israelíes dentro. ¿Por qué? “Porque es mejor tener muertos que rehenes”, le dijeron.

Hay soldados que nunca se ha parado a pensar si matan, a quién matan o si sufren o no. Pero es que con el avance tecnológico, muchos matan como si jugaran a un videojuego

Hasta entonces, las víctimas de sus acciones habían sido esa figura etérea denominada “enemigo”, que no tiene rostro, ni pasado ni familia. Pero aquel día todo cambió. “¿Cuál es la victoria si no es proteger al prójimo?”, se preguntó el soldado. Ferreira fue testigo de este cambio de fidelidades y, aunque se congratuló de ver cómo el mundo perdía un asesino, no pudo dejar de preocuparse por algo: los muertos sólo son muertos cuando pertenecen al bando contrario.

Eso es algo que estos días, en plena guerra en Oriente Medio, le ocupa mucho espacio en la mente. Su familia política es pakistaní y, por tanto, conoce bien esa zona que ahora es un polvorín. “Me paso el día cabreada porque ves que sus respuestas son impulsivas. Tanto mi familia como buenos amigos que tengo en Israel o en Irán dicen que lo que quieren es ganar. Y, para eso, cuántos más muertos haya del otro lado, mejor”, expone Ferreira.

La autora, que ha visto la miseria derivada de la pobreza, la ira, la avaricia o la indiferencia, sabe que se vienen momentos complicados. Pero insiste en que no son inauditos. “La guerra es lo habitual. Lo excepcional es la paz”, sostiene. Aunque el mundo ahora mire a Irán, todavía un poco a Gaza y alguien incluso se acuerde de Ucrania, Ferreira tiene en su mente también a Somalia, Sudán o Venezuela. “Hay tantos conflictos que es imposible entenderlos todo. Lo único que pido es que no obviemos que existen”, suplica la escritora.

Pero, a pesar de todo el horror, ese Mapa de los lugares en los que caemos es un libro que destaca por su belleza. Por lo bonito de los gestos diarios, de las pequeñas alegrías que sobreviven hasta en las guerras más aciagas. Por esa resistencia en todas sus formas que es “una manera tan bonita como cualquier otra de hacer un homenaje a la gente que vive en este mundo”.

Aunque haya muertes en esas crónicas que son “cartas de amor” a los países en los que ha trabajado, también hay esperanza. La de una cuñada rebelde en Pakistán, que se anima a romper las cadenas que la atan al hogar o la de una trabajadora sexual sin nombre que se vuelve a sentir parte de este mundo cuando se la rebautiza como Dulcinea en la piscina de un hotel de lujo en el que, hasta entonces, había sido invisible. “La vida está llena de cosas bellas. Y no nombrarlas sería injusto”, zanja Ferreira.

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