La complicidad y el silencio
La historia va de un matrimonio formado por una mujer con vicios de escritora y un policía que tortura para Pinochet. Viven en un casoplón al norte del Mapocho o así. Y tras la fachada de la impunidad, la historia sigue con la esposa recibiendo en su salón a grupos de literatos, hombres y mujeres que cenan, beben, y bla bla bla acerca de Faulkner, Hemingway y toda la pandilla.
Una noche, en una de aquellas reuniones, uno de los invitados, borracho como de costumbre y empuñando su vaso con la vejiga a punto para el melón, pide permiso y se levanta del sofá. Evita dar detalles fisiológicos innecesarios para decir que necesita aliviarse y baja las escaleras de camino al servicio. Pero se despista; la castaña que lleva no le permite orientarse. Busca un mingitorio y, al final de un pasillo, va y empuja una puerta donde le ha parecido escuchar ruido. Tras ella, un hombre amordazado sobre una silla se desmadeja como un muñeco de trapo. Todo a su alrededor está cubierto de sangre. Como ya ha sido suficiente, y no quiere seguir mirando, el invitado cierra la puerta. Plam. Un lunar de orina se va extendiendo alrededor de la bragueta mientras una ola de ebriedad empuja su visión al olvido.
Pero en cada resaca, vuelve otra vez a encontrarse con aquel hombre de la habitación, roto, con señales de tortura; una marioneta a la que han cortado los hilos. Julio Iglesias suena en el tocadiscos y alguien alcanza un libro de Marcel Proust: A la recherche, encuadernado en piel de chivo. Pasados los meses y bla bla bla, pongamos los años, la anfitriona de aquellas fiestas gana un premio literario, y su invitado, el beodo que ha tenido la visión, no olvida aquella noche en la que caminó perdido, como un sonámbulo, por un pasillo secreto de la dictadura pinochetista; un pasillo abierto al horror bajo un salón literario de postín. ¿Quiere té con leche para mojar su magdalena o prefiere un güisqui doble?
Decía que, tras el impacto visual, rara es la noche que consigue conciliar el sueño. Cada vez que se levanta a orinar y vuelve a su cama, se encuentra que ha sido ocupada por el fantasma de aquel hombre; la marioneta a la que amputaron sus hilos. Esa es la historia de la literatura chilena, viene a decir Roberto Bolaño en un artículo polémico que, con el tiempo, formará parte de su corpus literario en forma de novela: Nocturno de Chile.
Leo las entrevistas a Bolaño recopiladas por Alfaguara bajo el título Notas para una autobiografía y me encuentro con el Bolaño que me gusta, el que escupe al cielo y escribe al compás de Lou Reed, Jim Morrison o Patti Smith, la misma que ha sido recibida por el Papa Santo de Roma. No sé qué pensaría Roberto Bolaño de todo esto si anduviera por aquí, sobre todo en lo referente a la Patti en el Vaticano. Cuando los mitos caen, es que no han sabido morirse a tiempo. Por eso mismo Bolaño vive.
Bolaño murió para ser llevado a los altares de las estanterías donde hoy coincide su libro de entrevistas con una biografía minuciosa, escrita con pulso y sin dejar detalle. Se trata de La sombra de los perros románticos. La firma Jose Serralvo y publica Navona. Pero también coincide con ese otro libro titulado Letras torcidas, publicado por Debate y escrito por Juan Cristóbal Peña, periodista chileno que nos cuenta la historia del horror encuadernado en piel humana. Lo hace dando nombres y apellidos, pues la mujer con vicios de escritora es Mariana Callejas y su marido, el que tortura para Pinochet, se llama Michael Townley, un americano de sangre fría y ojos de reptil. Es un libro que abre el debate acerca del compromiso. Porque la gente que nos dedicamos a esto estamos comprometidos, lo queramos o no, con la realidad política del momento. Y quien no se comprometa, hace el juego sucio al poder real, me refiero al Capital; el verdadero poder que mueve los hilos de los gobiernos. Cosas que Bolaño sabía.
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