Marisa Tejada: desnudando la realidad
Ceesepe la dibujó sobre una noche de luna creciente con alguna que otra estrella; una viñeta que sirvió de portada a su primer disco sencillo. Entonces, Marisa Tejada se hacía llamar Láser y eran los tiempos de la Movida, cuando lideraba el grupo Piter Pank y se subía al escenario del Rock-Ola con pantalón de lentejuelas untado al cuerpo.
Fue su penúltima reencarnación como musa de aquellos tiempos indómitos, cuando era la imagen de La Vía Láctea, el bar rockero de Malasaña donde Kike Turmix pinchaba discos de los Barracudas. Ya te digo. Todo el mundo la reconocía por haber salido a escena haciendo un desnudo que, más que desnudo, fue un anti estriptis; una acción feminista para denunciar la frivolidad de los años del destape y donde puede resumirse el viaje del héroe, en este caso el viaje de la heroína, una mujer que va desenredando las cuerdas que atan su cuerpo, quitándose lastres y cadenas, para escapar desnuda a lomos de una moto. Así entró Marisa Tejada en el imaginario colectivo, en cueros y blandiendo una espada templaria. Ceesepe captó el momento y Paco Manzano la fotografió. Ocurrió en la fiesta de La Luna de Madrid, aquella revista modelna donde yo empecé a escribir cuando todavía era un micurria y Marisa Tejada lucía en la escena por ser una mujer armada de conciencia crítica, algo a destacar en unos tiempos donde la acción política fue neutralizada para dejar paso a los hijos del franquismo; reptiles que terminarán arrastrándose en el fango de la mal llamada democracia y que adoptarán la postura erguida para ocupar espacios ajenos, lugares de donde fue expulsada la disidencia, a traición y sin miramientos. Poco se ha hablado de los tiempos previos al abordaje, cuando el Rrollo (así, con doble erre) dinamizaba las calles con mensajes de conciencia crítica.
Marisa Tejada siempre lo tuvo muy claro, ella sabe de dónde viene. Cuando era una cría hizo de enlace en la Facultad de Filosofía para llevar y traer paquetitos de pasquines, proclamas contra un dictador que ya boqueaba pero que seguía firmando sentencias de muerte. Ella misma me cuenta todo esto mientras brindamos con un té moruno por la vida, el amor y la muerte, al estilo marroquí, mientras la derechona pide en Ceuta que se aplique el Estado de excepción y las plazas se llenan de tiendas de campaña; el latido de la disidencia vuelve a estar presente en las calles. Entonces ella me traslada a los tiempos aquellos de la lucha antifranquista con el Jebo, sobrenombre de Jaime Diego Ruiz Donales quien murió en Toulouse a los 23 años, en 1976, tras estallar de forma accidental una carga explosiva dentro del coche en el que se trasladaba junto a otro compañero, el francés Jean-Claude Touati. Ella anduvo tan cerca de la resistencia antifranquista como del teatro independiente desde que escuchó la llamada de los gigantes y cabezudos que una tarde pasaron por su barrio, a la sombra de los tejados de uralita.
Ahora se lo monta de pirata y de duende y de no sé cuántas cosas más en su Fábrica de Sueños, conectando con la infancia que todos llevamos dentro; siempre al rescate de los seres más vulnerables. Tan sólo decir que, entre unas cosas y otras, Marisa Tejada también hizo películas con Almodóvar y que ahora, en estos tiempos ambiguos, donde la mano izquierda no permite saber lo que hace la mano derecha, y viceversa, ella denuncia el genocidio que sufre Palestina y promueve la no violencia desde Manzanares el Real, poblachón madriles que, gracias a su participación, se ha convertido en el primer municipio del mundo declarado Zona Internacional de Cultura de Paz. ¿Se puede pedir más? Es lo que me pregunto siguiendo la huella que ha ido dejando la vida de esta mujer.
Confieso que siento verdadera admiración por ella, pues, yo soy todo lo contrario, un tipo reservado y escurridizo con temor a decepcionar a quien se acerque a conocerme; lastrado por mis propios fracasos, he llegado a un punto que sólo mantengo fe en el escepticismo. Lo siento, he visto romperse demasiadas banderas y hace años que dejé de creer en razones o en pasiones colectivas. Por eso me sorprendo ante esta mujer que nunca renunció a seguir siendo aquella niña que desnuda la realidad, escarbando hasta lo más profundo en busca de un tesoro escondido; la misma niña que, en los tiempos de la Movida, aparecía de repente, como recién salida de una grieta de la noche madrileña, dispuesta a dar guerra con su grupo de rock.
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