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RUIDO Y SILENCIO

Siempre se van los mejores

Eduardo Cruz
28 de agosto de 2026 21:45 h

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En una sociedad donde se premia al inútil y se desprecia al válido, el éxito poco o nada tiene que ver con el talento, sino todo lo contrario. Por eso, cuanto más mediocridad y torpeza, más aplausos. Así lo explica la regla que permite poblar los márgenes de personas cargadas con esa moneda de cuenta que es el talentum. Hay ocasiones en las que la moneda cae cerca y el eco de su sonido te acompaña durante un buen trecho. Y eso mismo es lo que me ha sucedido a mí con Eduardo Cruz Acillona, un autor desconocido para el gran público, pero de una brillantez cegadora para las personas que tuvimos la suerte de disfrutar su compañía.

Eduardo Cruz Acillona cultivó todos los géneros posibles, incluidos los imposibles, destilando en todos ellos un humor negro que venía de Rafael Azcona o mucho antes, de las pinturas oscuras de Goya y de su discípulo más aventajado en esto de hacer arte de lo macabro, me refiero al pintor Gutiérrez-Solana. Porque Eduardo Cruz Acillona recogía nuestra tradición trágica y la llevaba hasta los últimos fuegos del humor. Sin irse más lejos, puedo verlo en sus horas finales; la risa dispuesta para la broma mientras el serrucho corta la madera del ataúd, demostrando que el genio no está reñido con la guadaña afilada cuando la muerte ha decidido cobrarse su pieza.

Era un tío magistral, de una agudeza única a la hora de contar en pocas palabras lo que otros ponemos en un folio entero. O en tres. Se me viene a la cabeza aquel microrrelato de su cosecha que dice: “Se hacen epitafios por encargo. Se pide el dinero por adelantado”. O esa otra historia, contenida en un párrafo donde un mago juega con las ilusiones del lector. Pero, sin duda, la que más me acerca hoy a su memoria, es la que trata del hombre que tropieza con su mujer a cada rato; cada vez que va a la cocina, por el pasillo, en el cuarto de baño; en fin, no quiero revelar los detalles de sus giros argumentales; lo que quiero es que ustedes vayan y lean al Acillona. Juro que no se arrepentirán, que descubrirán un autor de alta graduación literaria, un tipo de esos que jamás triunfa completamente en vida, ni es reconocido hasta tiempo después de muerto, pero que pasó por aquí dispuesto a dejar huella, a hacer esto más habitable. Y lo consiguió creando mundos a base de ingenio, derrochando el talentum del que andaba sobrado.

Para quien no lo sepa, Eduardo Cruz Acillona era de Miranda del Ebro, pero residía en Sevilla, ciudad donde falleció el otro día, víspera del eclipse. Pero eso es lo de menos, como diría él, porque casi nunca se muere en el mismo sitio donde se nace y todo es cuestión de azares. Además, la muerte está sobrevalorada y aquí nadie muere más de una vez, a no ser que cambies de identidad en varios hospitales distintos.

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