Perdiendo el norte
Perder la lluvia en los veranos del norte cantábrico es una cuestión no solo climática y ecológica, sino también cultural, social, política y económica. El clima está cambiando, es un hecho que ya estamos en disposición de constatar incluso sin necesidad de conocimientos científicos. Casi no nieva, las sequías son más largas y las temperaturas mucho más elevadas. Estos cambios impactan directamente en glaciares (miren hacia Nepal), manantiales y ríos (miren hacia Europa), en bosques (miren cómo arden), en montes (miren cómo se desliza la tierra), en pastos (miren cómo pierden producción), en jardines (este año se lleva el amarillo paja)… Hoy incluso presenciamos cómo los incendios afectan con más gravedad a especies arbóreas tradicionalmente resistentes al fuego como robledales y hayedos.
Todo bicho viviente, nosotros somos uno, estamos sufriendo alteraciones. Unos bichos vivientes irán desapareciendo, otros se irán transformando y adaptando y otros (que aún no conocemos) irán apareciendo. Esto es lo habitual en la vida del planeta, durante 4.500 millones de años de cambios. Veremos cambiar nuestros paisajes, caminando hacia el desierto y hacia temperaturas que podrían perfectamente hacer inhabitables algunos territorios durante el verano. Se hablaba de la posibilidad de alcanzar 50°C estivales en algunos territorios para 2050, ahora ya se habla de 2035. ¿De dónde sale este cambio climático? ¿Y por qué se está acelerando tanto? Escriban esta palabra en su buscador de confianza: antropogénico.
Por poner un ejemplo (cada cual que lo adapte a su territorio). ¿Se imaginan lo que culturalmente supondría en el imaginario vasco la pérdida de los robledales? ¿La posibilidad de perder el roble? Gernika, Aralar, Izki… El roble es un símbolo identitario aquí, con todo lo que ello implica. Hace poco le comentaba a un concejal de un ayuntamiento vasco la posibilidad de poner algarrobos en las zonas de menor altitud (sin heladas) para reforestar. La cara que puso era todo un poema... Y es que geología, ecología, biología… no saben de fronteras políticas, ni culturas, ni idiomas. Eso sí, de física y química saben un rato largo, 4.500 millones de años de experiencia.
Al mismo tiempo, son los ecosistemas del holoceno (estabilidad climática) los que durante los últimos 11.700 años han sostenido y definido cada cultura, cada modo de vida, cada forma de construir, cada técnica agrícola, cada dieta alimenticia, cada economía, cada idioma, cada dialecto, cada plan de gestión común e individual… Las culturas futuras las definirán los ecosistemas en los que puedan habitar. Y si son desiertos viviremos en casas semienterradas o en cuevas adaptadas. Los más afortunados construirán una 'passive house' con aislamiento 'ecopremium'. Quizás los baserris terminen todos vestidos de blanco ibicenco o granaíno o castuerano. Y es que los entornos naturales, los ecosistemas, determinan la cultura de cada territorio ayer, hoy y siempre. Esto no va a cambiar, es físicamente imposible. Todo bicho viviente tiene tres opciones vitales: adaptarse al entorno, emigrar o perecer.
Cabe la posibilidad que se construyan casas semienterradas y sean a la vez centros de datos o los centros de datos semienterrados sean a la vez espacios habitados. Y cabe la posibilidad también que el contacto de sus habitantes con el aire libre sea muy bajo durante el día porque no habrá aventurero que salga a pasear a 45-50°C. Y es que ahora por el norte comenzamos a entender la razón por la que en algunos territorios del sur se es menos productivo (en teoría), pues trabajar a 40°C rinde menos que trabajar a 25. Esto nos sucede a vegetales, animales, humanos (animales sapiens), herramientas, máquinas e infraestructuras. Bajo cambios bruscos de condiciones climáticas la capacidad de trabajo, como concepto físico-energético, disminuye o se detiene. Es física, no ideología. No hace falta que me tengan confianza, a los hechos que todos hemos visto y sentido me remito. Si la temperatura media global alcanza los 2°C (apuntar que el con el fenómeno El Niño 2026-2027 tendemos a ello) nos podríamos encontrar ya en 2027 días con temperaturas de 50°C. A 50°C las funciones vitales de un cuerpo humano joven en forma pueden detenerse. Y no sería un episodio exótico, sería algo perfectamente viable. Si esto le sucede a un cuerpo joven en forma imaginen a los cuerpos de recién nacidos, o de personas mayores o de personas con alguna enfermedad. En el Estado, solamente la suma de los mayores de 60 años más los menores de 5 años representan 30% de la población. Pondríamos en riesgo a 15 millones de personas, uno de cada 3-4 habitantes sería un perfil de riesgo. Apuntar que, estadísticamente, lo más probable es que usted conozca a alguna de estas personas.
El clima define mucho las formas de vida, las condiciona física y directamente. Ha sido curioso cómo durante este verano se ven muchas más personas saliendo a la calle en las ciudades. Las olas de calor han mantenido a muchas personas en el norte encerradas en casa durante el día, entre las 10h y las 20h, con las persianas bajadas a cal y canto, con la luz encendida en pleno día. Podríamos hablar de la factura energética, pero las bombillas no son nuestro mayor problema energético. La factura preocupante sería la de los enchufes (la fuerza en términos eléctricos) que alimentarían el aire acondicionado, un sistema de refrigeración aún no tan extendido en las viviendas del norte aunque ya sí en hoteles, restaurantes y bares. Aunque de momento, la mayoría de las personas no tenemos aire acondicionado. El asunto es que nuestras viviendas no están construidas para soportar estos calores. Y, quien más quien menos, sale a la calle a refrescarse un rato, a sentir que el verano no se le escapa con el trasero ‘sudao’ incrustado en el sofá. Esto a ratos me daba la gustosa sensación de una vuelta a la vida en las calles de las ciudades y no me refiero precisamente a calles llenas de turistas.
Hoy además muchas personas salen a los parques a aliviarse del calor, incluso durante el día, por no tener posibilidades económicas de refrescarse en casa. Multitud de imágenes estamos viendo este verano de personas bañándose en estanques y usando para refrescarse esos chorros de agua que salen periódicamente de un suelo hormigonado con luces de colores. De hecho, durante el mes de julio, en alguna ciudad alemana hemos visto a la policía usar las tanquetas, que habitualmente sueltan potentes chorros de agua para reprimir manifestantes, con difusores para que livianamente caigan las gotas a modo de lluvia refrescando a las personas. Maravilloso. Sería interesante y muy de agradecer observar realizando estas actividades a los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado. En este sentido podríamos hacer una reflexión que en estos tiempos viene muy al caso. ¿Necesitamos herramientas para la guerra o necesitamos herramientas para cuidar de los hábitats naturales y de los seres humanos? En estos tiempos ¿es más necesario un zapador que analice el terreno para la voladura de un puente o un especialista en incendios de la UME? Porque ¿qué podríamos defender mediante armas bélicas si lo que queda a defender ya ha ardido? ¿Están las AAPP repartiendo proporcionalmente energías y recursos? ¿Por qué no hay un pacto de Estado total en lo que se refiere a la emergencia climática?
La economía de la deuda, sumada a la economía industrial e intensiva, sumada a la economía del turismo, son los pilares del plan económico español iniciado en la década de los 60 del siglo XX. Aquel plan es hoy más obsoleto que un tamagochi en la era digital
Pareciera que la economía de las AAPP no camina a la par de lo que sucede fuera del balance contable. Es lógico si solo se mide la economía en euros, toneladas de producción y crecimiento del PIB. Pero ¿qué importa el crecimiento del PIB si las 35-40-50-60-70 horas semanales de trabajo no dan para alquilar un pisito, alimentarse dignamente y poder descansar con un mínimo de confort? ¿Qué importan los euros de la exportación agroalimentaria si estamos deshidratando el territorio que nos permite producir esa alimentación? ¿Qué importan las toneladas producidas si años después no queda ni una estela de fertilidad en la tierra? El libro contable de las AAPP está alejado de realidades físicas básicas que hoy se están haciendo presentes en forma de eventos meteorológicos y geológicos extremos. Parece que se nos ha olvidado aceptar y adaptarnos a las realidades físicas que nos permiten vivir en este planeta. De hecho, hay quien las niega. Y bueno, puede decir usted que el agua no moja, e incluso alguien puede llegar a creerle y darle la razón. Pero ay, amigo, el día que llueve, uno se moja.
La economía de la deuda, sumada a la economía industrial e intensiva, sumada a la economía del turismo, son los pilares del plan económico español iniciado en la década de los 60 del siglo XX. Aquel plan es hoy más obsoleto que un tamagochi en la era digital, que el ‘Quince años tiene mi amor’ del Dúo Dinámico o que aquella recomendación/amenaza de que la masturbación producía ceguera. Ese plan en cuestión hoy es estructuralmente intensivo en lo destructivo, de ética ausente, de enfermedad física y mental latente, de irresponsabilidad presente y cuya posibilidad de supervivencia no es siquiera contemplada, por ser inexistente. Un plan que ha perdido el norte racional, moral y físico y que, en consecuencia, está consiguiendo que perdamos otros nortes: el ecológico, el cultural, el social, el político y el económico.
Gracias por su atención.
Sobre este blog
Viento del Norte es el contenedor de opinión de elDiario.es/Euskadi. En este espacio caben las opiniones y noticias de todos los ángulos y prismas de una sociedad compleja e interesante. Opinión, bien diferenciada de la información, para conocer las claves de un presente que está en continuo cambio.
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