“Partí a Chile en el Winnipeg”: La resistencia republicana de los canarios Nicolás Mingorance y Domingo Calero y su exilio en el barco de Neruda
“Crucé la frontera francesa en los últimos días de resistencia. Nueve meses más tarde partí a Chile en el Winnipeg”. Así relata en una de sus cartas Nicolás Mingorance, destacado poeta y periodista de Santa Cruz de Tenerife y después represaliado por el franquismo, cómo decidió exiliarse de España cuando avanzaban los golpistas. Esta carta la escribió a su familia en 1983 y la atesora su nieta María del Carmen Mingorance como legado de su abuelo. Al otro lado del teléfono se emociona contando cómo impactó en la vida de toda la familia que su abuelo se viera obligado a exiliarse solo por sus ideales y por haberse resistido al golpe de estado franquista. Fue uno de los cinco canarios de los que se tiene constancia que viajó a bordo del barco que fletó el poeta Pablo Neruda a Chile y con el que consiguieron salvarse más de 2.000 republicanos de distintos puntos de España.
En el Winnipeg también viajó Antonio Calero, el padre de Ana Calero, nacida en Chile y que ha dedicado los últimos años a recomponer esa historia que a los refugiados políticos tanto les ha costado contar por qué han vivido con tanto dolor. Tanto es así que asegura que su padre en un principio ni siquiera quería comprar muebles para su casa en Chile porque guardaba la esperanza de volver pronto a España. Su hija cuenta que siempre decía: “Creo que ya viene la caída de Franco, pero … Nunca cayó”.
Ana Calero forma parte del equipo que investiga en el proyecto Memoria del exilio español en Chile y explica que además de su padre y de Nicolás Mingorance, en el Winnipeg huyeron otros tres canarios: Juan Ramírez Sosa, Manuel Rodríguez Bernal y Juan Yusta Torres. El historiador Rubens Ascanio también ha investigado sobre este exilio y destaca que “México, Chile y prácticamente muy poquitos países colaboraron en la salvación de todas estas personas. Chile lo hizo en un momento donde había un gobierno de izquierdas muy acosado por la oposición y por los medios conservadores, pero al final asumió ese reto de rescatar gracias a una figura como la de Pablo Neruda que ya militaba en el entorno del Partido Comunista y que tenía mucha sensibilidad y que frente a las órdenes que le dieron de intentar buscar perfiles técnicos no políticos él abrió la mano y permitió que muchos escaparan del destino que era previsible que era el de los campos de concentración como Mauthausen que es donde acabaron muchos de los exiliados”.
De periodista a la fuga de republicanos en Villa Cisneros
Nicolás Mingorance Pérez (1903-1999) nació en Santa Cruz de Tenerife, en el barrio del Cabo, en San Telmo. Era el menor de siete hermanos y su padre era marino y procedente de Huelva. Así lo cuenta su nieta Carmen, que ha ido recomponiendo la historia de su abuelo con las cartas que siguió enviando a su familia desde Chile. Su nieta remarca que si por algo destaca Nicolás es por su cultura, pues desde muy joven le atrajo la poesía, pero además trabajó en la prensa tinerfeña, especialmente en el periódico El Progreso: diario republicano, en el periódico La Tarde y fue corresponsal en otras islas. “Él tenía las intenciones de hacer un libro recopilatorio con sus poesías, que nunca llegó a poder terminar ni a poder publicarse”, subraya. En 1923 contrajo matrimonio con Carmen Camacho Díaz. Tuvieron 6 hijos, aunque solo dos (Nicolás y Carmen) sobrevivieron a sus primeros años de vida.
Rubens Ascanio agrega en sus investigaciones que Mingorance “no es ajeno a la efervescencia política que se vive en los años previos a 1931 y sus valores republicanos traslucen por primera vez en la prensa del momento en un artículo dedicado al aniversario de la proclamación de la Primera República”. Asimismo, tanto él como Carmen recuerdan que ya en 1936 era secretario de la Agrupación Socialista de Santa Cruz de Tenerife y fue concejal en el último consistorio republicano de la capital tinerfeña.
Nicolás fue detenido al estallar el 18 de julio de 1936 y llevado a Río de Oro-Villa Cisneros, a cumplir trabajos forzados. A los diez meses escapó protagonizando una de las fugas más famosas de republicanos junto con 36 compañeros que asaltaron el vapor Viera y Clavijo, conduciéndolo a Dakar y allí estuvieron atendidos por las autoridades francesas hasta regresar a España. En Barcelona llegó a ser sargento de Infantería en campaña y fue destinado a la Subsecretaría de Guerra, y después al puerto de Barcelona en carga y descarga, al frente de un grupo obrero.
Cuando escapó de Villa Cisneros, detuvieron a su esposa, que murió a los 15 días de estar encarcelada. Él mismo lo contó en sus cartas: “Cuando escapé de Villa Cisneros, murió mi compañera Carmen Camacho Díaz, la cual dejó a una hija de pecho de quince días” y en la misiva también lamentaba que murió “amargada por los trabajos carcelarios” y que de ese suceso se enteró por la información facilitada por la Cruz Roja Internacional.
Posteriormente, cruzó la frontera francesa en los últimos días de la resistencia y partió a Chile en el Winnipeg, país en el que rehizo su vida. Se casó con Francisca Puig en 1941 y tuvieron un hijo, Taoro, en 1943. En 1950 le dieron la permanencia indefinida en Chile, país en el que entró como refugiado político. “Nunca en estos años pisé la embajada de España, y solo tuve relación con mis dos hijos por escrito. Mis hijos viven en Santa Cruz de Tenerife”, explicaba en las misivas.
De La Semana Roja de La Palma a Francia y Chile
Otra figura destacada es Domingo Calero. Su hija ha ido recomponiendo su historia, primero veía que en los listados de viajeros Winnipeg venía mal escrito el apellido de su padre, también aparecía con otra profesión. Él era secretario judicial, primero en La Palma, donde se sacó la oposición. También fue uno de los fundadores junto a su hermano Jacobo del CD Tenisca, pero en total eran ocho hermanos y hermanas, la mayoría mujeres y más mayores que él.
Domingo Calero no hablaba mucho de lo que le ocurrió en España durante su vida en Chile, pero su hija sí recuerda que tenía restos de metralla en su cuerpo, en su mano y en su cabeza. Vestigios del dolor que pasó en una guerra que nunca debió producirse. En Chile nunca perdió sus valores ni ideas políticas aunque no participó activamente y al principio los años fueron muy duros porque tuvo que aceptar los trabajos que le salían, pero después se fue formando por su cuenta en contabilidad y trabajó de ello toda su vida allí. “La mayoría de los refugiados contaron muy pocas cosas”, lamenta Ana Calero, “porque fue tan doloroso, tan terrible, esos campos en Francia …”, aunque cree que hay similitudes en lo que contaban como que “no les gustaban las lentejas, eso es súper común porque en los campos de concentración solo les daban lentejas”.
Pero ¿qué le llevó a tomar la decisión de exiliarse? Domingo Calero es una de las personas que resistió en La Semana Roja de La Palma, es decir, mientras el resto de Canarias iba cayendo al golpe de estado franquista la isla bonita resistió una semana al golpe, pero lo hizo de forma pacífica hasta que legó el cañonero canalejas y la fuerza del bando sublevado fue mayor, por lo que quienes habían participado en esa resistencia tuvieron que esconderse en el monte, es decir, los alzados de La Palma. Calero es uno de esos alzados y eso le llevó a estar varios meses en los montes hasta que consiguió escapar en un barco llamado Añaza a Mauritania, un barco que Ana Calero explica que fue capitaneado por Juan Ramírez, uno de los canarios que también se exilió en el Winnipeg.
“En La Palma durante una semana ellos tuvieron el control total de la realidad. Estaban armados, tenían la posibilidad de haber cometido algún tipo de exceso, pero no lo hicieron, o sea, fueron absolutamente respetuosos con todos los sectores de la gente más conservadora, de los espacios que abiertamente apoyaban, digamos, a sus adversarios, pero eso no sirvió para nada cuando llegan los militares el 25 de julio ahí a Santa Cruz de La Palma, lo que empieza es realmente un proceso brutal de represión, de tortura y de asesinato y de desapariciones. Hay como una respuesta tan brutal en una realidad pacífica”, sostiene el historiador Rubens Ascanio.
A mediados de 1937 logra llegar a Valencia donde trabaja como secretario judicial. Posteriormente, combatió en el Frente de Aragón (antes de la batalla del Ebro) y fue herido. Después cruzó los Pirineos y fue enviado al campo de concentración francés de Magnac-Laval. Fue seleccionado para refugiarse en Chile y viajó a bordo del Winnipeg.
Ana explica que su padre no quería volver a España mientras estuviera la dictadura de Franco, pero como sus hermanas se hacían mayores volvió a La Palma en 1974 donde se reencontró con sus hermanos, también con Jacobo, figura de resistencia republicana que se exilió a México. A Canarias volvió varias veces más hasta su muerte para encontrarse con su familia, pero ya había rehecho su vida en Chile con Anilda San Martín Martínez, la madre de Ana.
El exilio y la memoria democrática
Carmen Mingorance señala que exiliarse en aquellos años no fue una hazaña sencilla, cruzar el Atlántico en esas condiciones y viendo que la dictadura se iba a imponer y cree que fueron muy valientes. Explica que, no obstante, durante mucho tiempo ha imperado el silencio y que ella conoció la historia de su abuelo cuando tenía ya unos 12 años.
Ana Calero también insiste en que es necesario rescatar del olvido a las personas que se exiliaron. “Hay que ayudar un poquito también a que se sepa del exilio, que tal vez no se sabe tanto”. Cree que a ello contribuye también que se haya estrenado este verano la película Winnipeg, el barco de la esperanza de Beñat Beitia y Elio Quiroga y basada en la novela gráfica de Laura Martel.
Rubens Ascanio también incide en que es de justicia recuperar nombres como el de estos republicanos. “Hubo miles de personas solamente en la migración clandestina que se dio entre finales de los 40 y principios de los 50 estamos hablando de más de 12.000 canarios que salieron de forma ilegal, de forma clandestina de Canarias para intentar buscarse la vida en embarcaciones, pero no con condiciones algo muy parecido a lo que vemos hoy en nuestras costas, gente que se amontona y prácticamente sin agua ni comida intenta cruzar el Atlántico para lograr una vida mejor. Eso evidentemente es una parte del exilio igual que todos esos canarios que acabaron repartidos por el mundo intentando rehacer su vida. Yo creo que es más que necesario recuperar y dignificar”.
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