¿Las ciudades están preparadas para las lluvias torrenciales?
Las elevadas temperaturas de los últimos veranos, en una tendencia al alza que no parece tener freno, se prolongan cada vez más hasta bien entrado el otoño. Este retraso térmico coincide con el periodo en el que la atmósfera suele generar más DANA (depresiones aisladas en niveles altos), cuyos efectos son especialmente peligrosos en el litoral mediterráneo español. El fenómeno se debe a la alta inercia térmica del mar: aunque tarda más en calentarse que el aire, una vez que alcanza su temperatura máxima (generalmente en agosto) almacena ese calor y lo libera lentamente durante los meses siguientes, intensificando el riesgo de sufrir fenómenos meteorológicos adversos.
El litoral mediterráneo es, de por sí, un territorio de riesgo, uno de los más destacados en ese sentido del mundo. Pero es que, además, está experimentando de forma muy notable los efectos del proceso de cambio climático actual, y ello obedece justamente al comportamiento térmico del mar. A finales de verano y en otoño, el litoral mediterráneo eleva esa condición de riesgo, porque sufre una mayor frecuencia de desarrollo de eventos atmosféricos de alta inestabilidad: danas o gotas frías; vaguadas.
Ahora bien, salvando algunas distancias, en el Cantábrico está ocurriendo exactamente el mismo proceso de calentamiento y alteración de dinámicas climáticas. El aumento de la temperatura del agua del mar actúa como un “combustible” para la atmósfera. Al estar el agua más caliente, se evapora más humedad. Cuando entran masas de aire frío en altura, esa enorme cantidad de vapor de agua se condensa de forma violenta, provocando lluvias torrenciales y sistemas de tormentas estáticas (o trenes de tormentas) que descargan volúmenes históricos en muy pocas horas.
A lo largo de la historia se han vivido en Euskadi episodios de lluvia torrencial e inundaciones catastróficas. El problema es que, en la coyuntura actual de calentamiento progresivo del clima, con un mar Cantábrico que no deja de acumular calor y energía, hay más posibilidades de que los episodios de lluvia intensa se produzcan con una mayor frecuencia y alcancen más intensidad en sus efectos pluviométricos.
El episodio de lluvias torrenciales el pasado fin de semana, con calles y locales anegados, alcantarillas que no pudieron absorber el agua, personas refugiándose en los comercios en el Casco Viejo de Bilbao, y otras incidencias en diversos municipios vizcaínos, también indican que la capacidad de desagüe urbano y el alcantarillado están al límite ante regímenes de lluvia mucho más agresivos para los que no fueron diseñados. El cambio de escenario climático ha dejado obsoletos los cálculos con los que se diseñaron las redes de saneamiento originales. Este hecho, en un territorio densamente ocupado y a menudo mal ocupado, con implantación de viviendas e infraestructuras en zonas inundables, convierte a Euskadi en un espacio geográfico de gran vulnerabilidad ante episodios de lluvia intensa.
Más allá de lamentar las malas decisiones del pasado, ¿qué podemos hacer en la práctica para evitar nuevas tragedias? La receta ha de ser global y debe basarse en un sistema de drenaje urbano potente y sostenible; no podemos tener un urbanismo totalmente impermeable que simplemente conduzca el agua peligrosamente a gran velocidad. Estas soluciones buscan aumentar la infraestructura verde mediante jardines inundables, cubiertas vegetales, pavimentos permeables o zanjas de infiltración. De este modo se reduce la cantidad de agua que llega al alcantarillado durante las tormentas. Parte de la lluvia se infiltra en el subsuelo, recarga los acuíferos y puede aprovecharse para el riego o el baldeo de las calles, y no como se hace actualmente con agua potable.
Los pavimentos permeables de alta capacidad, con velocidades de absorción superiores a los 100 litros/minuto/m2 y por tanto capaces de absorber las intensidades de lluvia que estamos padeciendo, son una herramienta excelente. Ello no significa que el simple cambio de pavimento sea la solución, pero si el primer paso para diseñar e implementar nuevas técnicas alternativas y complementarias al sistema de alcantarillado convencional que vayan reduciendo la sobrecarga y colapso que cada vez con más frecuencia van e irán padeciendo.
Durante décadas hemos intentado evacuar el agua de lluvia lo más rápido posible. Hoy sabemos que, a menudo, es preferible retenerla, infiltrarla y aprovecharla. Parte de la solución a los problemas podría consistir, precisamente, en permitir que el agua de la lluvia vuelva a comportarse como lo haría en la naturaleza.
Pero, más allá de ello, está la integración de la cultura del riesgo en la sociedad, qué no solo salva vidas, sino que transforma la forma en que planificamos nuestras ciudades y municipios. Cuando la población comprende las dinámicas del territorio que habita, deja de ver las catástrofes como eventos impredecibles y empieza a actuar desde la prevención y la resiliencia.
Los depósitos de retención de aguas pluviales, conocidos como tanques de tormenta, sobre todo cuando hay precipitaciones muy intensas, sirven también para disminuir la posibilidad de inundaciones en los casos en que la capacidad de escurrido del agua es menor que el volumen de lluvia. Estos depósitos almacenan temporalmente el agua hasta que las depuradoras pueden asumir su tratamiento.
Otro aspecto esencial son los sistemas de alerta, cuyo mayor reto sigue siendo la respuesta ciudadana. Para lograr que la población esté realmente concienciada y responda de forma automática y correcta a las alertas, no basta con enviar un mensaje al móvil. Se requiere construir una cultura de la autoprotección basada en la psicología de la emergencia, la educación y la confianza.
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