Has elegido la edición de . Verás las noticias de esta portada en el módulo de ediciones locales de la home de elDiario.es.
La portada de mañana
Acceder
La acumulación de escándalos de Ayuso enciende las alarmas en el PP
El regreso a Marruecos tras entrar en Ceuta: “Nos han mandado de vuelta”
Opinión - Ceuta, asaltada por los desamparados, por José Enrique de Ayala

La niña que huyó de la Guerra Civil en el barco de Neruda: “No sabíamos lo que dejábamos ni lo que íbamos a encontrar”

Lola Patau, en su domicilio de Vilassar de Mar (Barcelona).

A. Lliteras

Vilassar de Mar (Barcelona) —
1 de agosto de 2026 23:12 h

0

La casa de Lola Patau, en Vilassar de Mar (Barcelona), parece construida a partir de la memoria. Objetos llegados de Chile y de otras partes del mundo, cuadros pintados por su marido, muebles que esconden mucha historia y fotografías familiares llenan una vivienda donde cada rincón parece tener algo que contar.

A sus 92 años, Lola conserva una lucidez extraordinaria y una memoria capaz de reconstruir con precisión episodios ocurridos hace más de ocho décadas. Su historia trasciende su biografía; es también la de miles de españoles obligados a abandonar su país tras la Guerra Civil.

El 3 de septiembre de 1939 el barco Winnipeg llegaba al puerto chileno de Valparaíso con casi 2.300 refugiados gracias a la iniciativa impulsada por el poeta Pablo Neruda. Mientras Europa asistía al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, aquel viejo carguero, con capacidad para únicamente ochenta pasajeros, se convertía en el símbolo de un símbolo de salvación, el “mejor y más bello poema” para Neruda.

Entre aquellos pasajeros, viajaba una niña de apenas cinco años, Lola Patau. Cuando rememora ahora aquella travesía, lo primero que aparece no es el miedo, sino la mirada limpia de una niña que todavía no alcanzaba a comprender la dimensión de lo que estaba ocurriendo.

“El viaje fue muy bonito”, recuerda. Mientras los adultos cargaban con la incertidumbre y las renuncias, la canalla [los más jóvenes] pasaba el día corriendo de un lado a otro del barco. “Había profesoras y personas que se ocupaban de los niños mientras los mayores intentaban mantener una cierta normalidad con trabajos varios en mitad del océano”, cuenta.

El barco tuvo dificultades para atravesar el canal de Panamá porque no se habían abonado los derechos de paso. Un problema que terminó resolviéndose gracias a la ayuda de los cuáqueros –movimiento cristiano que defiende una relación directa con Dios, sin jerarquías– y a las gestiones realizadas por Neruda y su mujer, Delia del Carril. También hubo pasajeros que lograron embarcar como polizones después de no haber sido seleccionados oficialmente para una embarcación.

Un grupo de niños en la cubierta del Winnipeg.

El paso previo por Francia

La Guerra Civil apenas ocupa espacio en los recuerdos infantiles de Lola. “Lo que permanece es una sucesión de despedidas”, dice. Antes del Winnipeg, hubo una Barcelona que se derrumbaba, una frontera atravesada a toda prisa y una familia separada por la guerra.

Su padre, que trabajaba como jefe de Finanzas de la Generalitat y simpatizaba con Esquerra Republicana, nunca militó en ningún partido. Cuando comprendió que la caída de Barcelona “era inevitable” decidió cruzar la frontera. Aquella decisión cambió para siempre su destino: él consiguió llegar a Francia, mientras su mujer y la pequeña Lola permanecieron todavía un tiempo en Catalunya.

El recibimiento al otro lado de los Pirineos estuvo muy lejos de ser un refugio. “Los franceses no fueron nada amables con las personas que se exiliaron allí”, resume sin rastro de resentimiento Patau. Su padre se vio obligado a trabajar en el campo, mientras una bronquitis “horrorosa” lo iba arrastrando.

“Mi madre cruzó sola la frontera española para reunirse con mi padre en Argelès-sur-Mer y poco después, a su regreso de nuevo a España para recogerme, volvimos definitivamente al país galo”, expone con voz de emoción. La familia terminó instalándose en Toulouse, donde unos familiares regentaban un laboratorio.

“La tranquilidad duró poco”, destaca. Europa volvía a prepararse para otra guerra y el padre de Lola tenía claro que no estaba dispuesto a vivir un segundo exilio. Fue entonces cuando el destino de miles de republicanos españoles se cruzó con el de un poeta chileno destinado en París.

Neruda, por aquel entonces agregado cultural de la embajada chilena en la capital francesa, convenció a su Gobierno para acoger a miles de refugiados españoles. Junto a su esposa, entrevistó personalmente a buena parte de quienes aspiraban a embarcar en el Winnipeg. Lola Patau habla de todo ello mientras conserva todavía la lista con los nombres de quienes lograron subir al barco.

La pequeña Lola no era consciente de que abandonaba para siempre el país donde había nacido. Solo sabía que sus padres seguían caminando porque no tenían otra alternativa. “No sabíamos lo que dejábamos, pero tampoco lo que íbamos a encontrar”, resume.

Ruta del Winnipeg: Pauillac (04-08-1939) - Valparaíso (03-09-1939).

La llegada a Chile

“La suerte quiso que el Winnipeg ya navegara en aguas de jurisdicción chilena cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial”, remarca la nonagenaria, plenamente consciente de la importancia de aquel detalle. Si el conflicto hubiera estallado antes, el barco podría haberse visto obligado a regresar a Europa y el destino de aquellos pasajeros habría sido muy distinto.

La llegada a Valparaíso, no obstante, tampoco fue tan idílica como muchos podrían imaginar. En el puerto aparecieron carteles de “no queremos a rojos aquí” y circularon rumores que aseguraban que los refugiados llegaban con enfermedades como el tifus.

Junto a ese rechazo, sin embargo, también hubo una recepción institucional que los pasajeros nunca olvidarían. En el puerto les esperaban el presidente Pedro Aguirre Cerda, Salvador Allende —entonces ministro de Sanidad— y, el de Exteriores, Abraham Ortega, a quien Lola sigue considerando uno de los grandes impulsores políticos de la llegada del Winnipeg a Chile y con cuya nieta, que vive en la provincia de Barcelona, mantiene a día de hoy una bonita amistad.

Superadas las barreras y los abrazos, Lola y sus padres se instalaron en Santiago de Chile. El padre encontró trabajo junto a otro empresario dedicado al mundo del vino y, poco a poco, comenzaron a reconstruir una vida que la guerra había interrumpido.

La niña del Winnipeg que hizo historia en el periodismo chileno

Chile dejó pronto de ser un país de acogida para convertirse en un hogar. Allí Lola Patau fue al colegio, hizo amistades y construyó una vida que ya no estaba “marcada únicamente por el recuerdo del exilio”, asegura. La niña que había cruzado el Atlántico con apenas cinco años creció en Santiago, aprendió a mirar el país que la acogía como propio y terminó escribiendo una pequeña página de la historia del periodismo chileno.

Su padre imaginaba para ella una carrera como farmacéutica, pero tras comenzar esos estudios, Lola se dio cuenta de que aquel no era su camino. Apenas un año después, se matriculó para estudiar periodismo y encontró el oficio que mejor encajaba con su forma de mirar el mundo.

Lola formó parte de la primera promoción en la que el Periodismo se impartía como estudios reglados en Chile. Aquella generación abrió el camino de una profesión que hasta entonces se aprendía principalmente dentro de las redacciones, cuenta. Al terminar la carrera, se convirtió en la primera mujer periodista titulada del país. Lo relata sin solemnidad, pero con el sentimiento de orgullo y satisfacción que caracteriza a quien ha formado parte de un gran logro.

Patau fue la primera profesional femenina egresada de la Escuela de Periodismo de Santiago de Chile.

Su talento no tardó en hacerse evidente. Durante el segundo curso, obtuvo un premio de periodismo que consistía en viajar a Cuba junto a los directores de los principales medios de comunicación de Santiago de Chile. Tenía poco más de veinte años y aquel viaje coincidió con uno de los momentos más convulsos de la historia reciente de la isla: la dictadura de Fulgencio Batista afrontaba sus últimos meses.

“Recuerdo una sociedad profundamente desigual y un ambiente de vigilancia permanente que impregnaba incluso las escenas más cotidianas”, destaca, a la vez que explica que en el ascensor del Hotel Intercontinental de La Habana nadie se atrevía a mantener una conversación. Nunca se sabía quién podía estar escuchando.

También recuerda cómo la policía anotaba las matrículas de los vehículos y cómo el miedo condicionaba la vida diaria. “Viví cómo todo el mundo esperaba a Fidel con impaciencia porque la dictadura de Batista era horrorosa”, afirma. Casi sin proponérselo, terminó siendo testigo directo de uno de los episodios políticos más importantes del siglo XX latinoamericano.

Una democracia que hoy parece imposible

Cuando habla del Chile donde comenzó a ejercer el periodismo, Lola utiliza una palabra que repite varias veces a lo largo de la conversación: “maravillosa”. Así define la democracia que conoció durante aquellos años.

Hay una escena que resume el país que recuerda: había ido al cine con unas amigas. Al salir comenzó a llover con fuerza y, mientras esperaba un taxi, un coche se detuvo a su lado. Al volante iba el entonces presidente de Chile, Gabriel González Videla. No llevaba escolta. Conducía él mismo y viajaba acompañado por su esposa, que años antes había dirigido el instituto donde Lola había estudiado. El presidente le ofreció acercarla a casa y ella aceptó con absoluta naturalidad. La sorpresa llegó al abrir la puerta de su vivienda.

Su padre no entendía cómo había conseguido regresar completamente seca en medio de aquel diluvio. “Cuando le expliqué a mi padre que el presidente de la República me había llevado en coche, reaccionó con incredulidad con un ”calla, calla“; no se lo podía creer”, añade durante la entrevista.

Lola Patau trabajó en cabeceras como El Mercurio y La Nación, dos de los periódicos más importantes de Chile, y más tarde obtuvo una beca que la llevó de nuevo a España como representante de El Mercurio. Aquella estancia le permitió ejercer también como corresponsal de El Debate chileno y reencontrarse, por primera vez desde el exilio, con el país donde había nacido.

La primera vuelta a España no respondió a un deseo de regresar definitivamente. En 1955 la familia decidió viajar a Barcelona porque la abuela de Lola estaba gravemente enferma. “Muchas personas nos recomendaron que no lo hiciéramos debido a la situación política, pero finalmente embarcamos con destino a una ciudad que yo apenas recordaba”, rememora. “Antes incluso de desembarcar comprendieron que aquel no sería un viaje cualquiera”.

Portada de 'españa democrática' anunciado la llegada de los refugiados.

Solo habían recibido autorización para entrar en España, no para salir después. La policía subió al barco para inspeccionar a los pasajeros y el capitán advirtió al padre de Lola de que, si creía que podía tener algún problema, era mejor que permaneciera a bordo. Él decidió bajar. Nunca había participado en la guerra ni tenía delitos de sangre y estaba convencido de que no había cometido ningún acto por el que debiera esconderse.

Al día siguiente, toda la familia fue citada en la comisaría de Vía Laietana de Barcelona. No existía ninguna causa contra él, pero el miedo ya no los abandonó durante el resto de la estancia. Permanecieron tres meses y medio en España con la sensación de estar siendo observados y regresaron a Chile convencidos de que todavía no había llegado el momento de volver definitivamente.

“El contraste entre ambos países resultó evidente desde el primer día”, afirma. En Catalunya, Lola conducía un coche, vestía pantalones vaqueros y llevaba bikini con absoluta normalidad, costumbres que despertaban sorpresa e incluso rechazo en la España franquista. Recuerda cómo algunos taxistas con un “mujer tenía que ser” llegaron a increparla al verla conducir, mientras sus primas esperaban con ilusión la visita de “la prima de América”, fascinadas por aquella joven que traía consigo una manera mucho más moderna y abierta de entender la vida.

“Ya hemos quemado todas las naves”

El vínculo con Catalunya de la familia Patau nunca desapareció. En 1963 tomaron la decisión de regresar definitivamente a España. El padre de Lola la resumió con una frase que nunca olvidaría, evocando a Hernán Cortés: “Ya hemos quemado todas las naves”. No habría marcha atrás.

La decisión implicaba renunciar a una vida cómoda. Dejaban una bodega de vinos, un latifundio al sur de Santiago, un piso en la capital, otro en Viña del Mar, chófer y servicio doméstico. “Estábamos muy bien”, recuerda Lola antes de guardar unos segundos de silencio. “Qué cambio, eh; qué cambio”, añade.

De vuelta a España, retomó durante un tiempo el periodismo, pero la vida volvió a cambiar de rumbo. Conoció a Jaume Gallach Prat, con quien se acabaría casando y formaría una familia con tres hijos. Poco después, la enfermedad de su marido obligó a reorganizar por completo la vida familiar. Lola dejó el periodismo para cuidar posteriormente de sus tres hijos (Marta, Josep y Mònica) y de él hasta su fallecimiento, a la edad de 86 años.

La familia acabó instalándose en Vilassar de Mar. Entre ese municipio y el centro de Barcelona es donde hoy recibe, con un Pisco Sour de bienvenida, a quienes quieren escuchar su historia. La casa del Maresme reúne recuerdos de Chile y de Catalunya, como si ambas orillas del Atlántico hubieran aprendido a convivir bajo un mismo techo. Cuando habla de su vida nunca siente la necesidad de elegir entre un país y otro. Ambos forman parte de su identidad. “He vivido dos vidas, tengo dos corazones”, resume.

Lola Patau, en 1937, con tres años de edad.

Cuando el Winnipeg volvió a llamar a su puerta

Durante décadas, el Winnipeg quedó como un recuerdo íntimo. Hasta que en 2020 volvió a aparecer de la forma más inesperada. Un cartel anunciando una obra de teatro sobre el barco llamó su atención en Barcelona. Un familiar comentó a los responsables de la representación que una de las pasajeras, Lola, estaba allí, entre el público. Nadie daba crédito. Aquella tarde comenzó una relación que la llevó a participar en homenajes, encuentros y proyectos dedicados a preservar la memoria del exilio republicano.

El pasado 10 de julio se estrenó la película de animación Winnipeg, el barco de la esperanza, en varias salas de Barcelona, Figueres, Girona, Lleida y otros municipios o ciudades catalanes. Su testimonio formará también parte del proyecto Memòries Sintètiques de la Universitat de Barcelona, una iniciativa que utiliza inteligencia artificial para conservar las voces de quienes todavía pueden contar en primera persona algunos de los grandes episodios del siglo XX.

La periodista que dedicó su vida a narrar la historia de los demás será ahora quien ayude a preservar la suya para las generaciones futuras.

Etiquetas
stats