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Juan Antonio Olivieri, del infarto a cruzar el Atlántico a remo: “Existe otra forma de viajar”

El explorador de 57 años se prepara para recorrer más de 4.500 millas hasta el Caribe en una embarcación de siete metros de eslora, sin motor ni vela y propulsado por energía solar

A. Lliteras

Mallorca —
13 de agosto de 2026 22:07 h

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Hay viajes que empiezan mucho antes de que una embarcación toque el agua. El de Juan Antonio Olivieri, Oli (Palma, 1969), comenzó, en cierto modo, en abril de 2025, cuando un infarto le obligó a detenerse y le colocaron dos stents. Fue una pausa forzosa para un hombre que llevaba más de tres décadas haciendo expediciones por montañas, desiertos, selvas y carreteras de medio mundo. También fue un recordatorio de algo que ya había aprendido muy joven, cuando murió su padre con 45 años y dejó cinco hijos. “Entonces, yo tenía 18 años y cuando lo vi morir tan joven dije que yo quería vivir la vida, disfrutar, exprimirla”, recuerda. Ahora, a los 57, quiere volver a ponerse delante de un desafío de dimensiones enormes: remar desde Mallorca hasta el Caribe en 2027.

Oli prepara su Expedición Zero, una travesía de más de 4.500 millas náuticas que pretende realizar completamente en solitario. No habrá motor, ni vela, ni asistencia exterior durante la navegación: la embarcación avanzará gracias a sus brazos y remos, y todos los equipos necesarios funcionarán con energía solar y un generador manual. “No busco batir récords”, explica. Su intención es demostrar que existe otra manera de viajar y relacionarse con el entorno: “Quiero demostrar que existe otra forma de viajar y ser consciente de la huella de carbono que dejas cuando viajas”. La expedición quiere convertirse así en un proyecto de comunicación y concienciación sobre la importancia de los océanos.

El hombre que siempre buscó la inmensidad

La historia de Olivieri con la aventura comenzó poco después de aquella muerte que le marcó. Con 18 años empezó a escalar junto a un amigo de la mili obligatoria y en menos de un año pasó de las montañas de Mallorca a coronar la cima más alta de América del Sur, el Aconcagua, recuerda ahora con emoción. Después llegaron los Alpes, el Himalaya, África –subió al Kilimanjaro, el techo de África, cima que también consiguió su buen amigo Mix Manresa–, Asia y América. En 2004, ascendió al Cho Oyu; en 2006, al Everest junto a Tolo Calafat –que murió en 2010– y durante años combinó las grandes montañas con travesías en bicicleta por algunos de los lugares más extremos del planeta.

La intención de 'Oli' es demostrar que existe otra manera de viajar y relacionarse con el entorno

Su currículo está lleno de distancias y desniveles: 11.000 kilómetros por Sudamérica durante la expedición Transandina 99; 10.500 kilómetros por Canadá hasta alcanzar el Círculo Polar Ártico; 5.000 kilómetros por la Ruta de la Seda; 5.400 por el Outback australiano o una travesía invernal por Siberia que abandonó después de enfrentarse a temperaturas de hasta 58 grados bajo cero. Ha recorrido también Mongolia, Islandia, Baja California y Sulawesi. Cada expedición, explica, le ha dejado una enseñanza. “Cada expedición, grande o pequeña, me ha enseñado algo sobre la naturaleza, las culturas y sobre mí mismo”.

El mar, sin embargo, llevaba mucho tiempo ocupando un lugar especial en su imaginación. “Como dice un amigo mío, soy un amante de la inmensidad”, cuenta, antes de explicar que le apasionan “los espacios abiertos, grandes, con amplitud”. De joven incluso soñaba con irse a vivir a un barco en el Pacífico sur y el Sudeste asiático. En los últimos años, sin embargo, la masificación turística había empezado a cambiar su manera de viajar. “Últimamente ya no estábamos haciendo viajes tan largos porque nos cuesta mucho debido a la masificación turística en todos los sitios”, relata. Y pone un ejemplo: “Ahora ya no puedes irte al Pirineo e improvisar que vas a dormir en un refugio porque tienes que dejarlo todo preparado por la cantidad de gente que encuentras”.

Un barco que ya ha cruzado dos veces el Atlántico

La idea de cruzar el océano llevaba años rondándole la cabeza, pero después del infarto tuvo la determinación de darle una forma concreta. Empezó a buscar información sobre la preparación física y la técnica, sobre otras personas que habían realizado travesías similares y sobre la embarcación necesaria para poder llevarla a cabo. Quería que el viaje tuviera además una dimensión ecológica: una aventura en la que el esfuerzo humano sustituyera al combustible y en la que se pudiera demostrar que es posible reducir la huella de carbono. “El hecho de viajar siempre de una manera más sostenible, sin ser muy intrusivo en la cultura a la que voy, cuando viajo intento dejar la mínima huella posible por donde paso”, explica.

Para hacerlo ha elegido un Rannoch 25, un bote de remo oceánico diseñado para afrontar travesías transoceánicas y utilizado también en carreras de este tipo. Tiene unos 7,5 metros de eslora y 1,9 de manga y está equipado con una cabina estanca y compartimentos de seguridad. Incorpora piloto automático, desalinizador manual y eléctrico, sistema AIS, balizas EPIRB y PLB, bote salvavidas y estación meteorológica a bordo. No se trata, además, de una embarcación que vaya a estrenarse en el océano: el barco ya ha cruzado dos veces el Atlántico.

Para realizar la travesía ha elegido un Rannoch 25, un bote de remo oceánico diseñado para afrontar travesías transoceánicas y utilizado también en carreras de este tipo
La embarcación tiene unos 7,5 metros de eslora y 1,9 de manga y está equipado con una cabina estanca y compartimentos de seguridad

Juan Antonio lo adquirió de segunda mano en Francia por unos 60.000 euros después de conseguir un crédito –un barco de estas características nuevo cuesta más de 80.000 euros–. La elección de una embarcación usada responde también a la filosofía de Expedición Zero: evitar la construcción de una nueva y el impacto asociado a ella. “Mi mujer me decía que estaba loco y no se lo creyó hasta que compré el barco tras concederme un crédito”, cuenta entre tímidas carcajadas. Ahora el Rannoch 25 está en el puerto de S’Estanyol, donde Olivieri empieza a dominar una embarcación que, durante meses, será al mismo tiempo su transporte, su casa y su lugar de descanso.

Una casa de siete metros en mitad del océano

El barco será también un pequeño laboratorio de autosuficiencia. La energía procederá de paneles solares y de un generador manual, que permitirán alimentar los equipos de comunicación y navegación, el piloto automático y la desalinizadora. El agua potable se producirá a bordo y la comida será principalmente liofilizada, calculada para evitar residuos no gestionables. El sistema de comunicación satelital permitirá transmitir datos de posición, métricas de rendimiento y contenido multimedia en tiempo casi real. La idea es que durante la travesía no sea necesario utilizar combustibles fósiles y reducir al máximo la huella de carbono del proyecto.

“Como dice un amigo mío, soy un amante de la inmensidad”, cuenta 'Oli' antes de explicar que le apasionan “los espacios abiertos, grandes, con amplitud”

Olivieri reconoce que la huella cero absoluta no existe: la fabricación de los equipos, los desplazamientos y otros elementos generan un impacto indirecto. Por eso el proyecto contempla protocolos para medir esa huella y la intención de compensarla mediante apoyo y participación en proyectos de carbono azul, además de publicar periódicamente los datos. La filosofía de esta hazaña está resumida en su “cada acción cuenta” y también en otra idea que Oli defiende con claridad: “No se puede esperar a tener la tecnología perfecta, la legislación ideal o las condiciones óptimas. Tenemos que actuar hoy mismo”.

Olivieri reconoce que la huella cero absoluta no existe: la fabricación de los equipos, los desplazamientos y otros elementos generan un impacto indirecto. Por eso el proyecto contempla protocolos para medir esa huella y la intención de compensarla mediante apoyo y participación en proyectos de carbono azul

La decisión de no utilizar vela es igualmente consciente. Podría aprovechar el viento para avanzar, pero quiere que el esfuerzo físico forme parte inseparable del desafío. “Ya lo estudiarán los psicólogos, pero los que nos dedicamos a esto necesitamos que haya un esfuerzo físico para conseguir el objetivo que nos planteamos”, dice. Y lo resume con una frase que explica su manera de entender la aventura: “Si no sudas la camiseta, no tiene el mismo valor”. Remará, por tanto, durante meses, con el océano como único espacio alrededor y dependiendo de las corrientes, el viento y su capacidad para mantener el ritmo.

“El mar Mediterráneo puede llegar a ser más complejo que el océano Atlántico para dormir”, asegura.

Dormir dos o tres horas y volver a remar

Una de las dificultades más grandes será algo tan básico como dormir. Olivieri tendrá que hacerlo a intervalos muy cortos para comprobar continuamente la deriva de la embarcación y corregir el rumbo si es necesario. “Durante estos cuatro o cinco meses que durará el viaje, nunca dormiré más de 3 horas seguidas”, remarca. Dentro de la cabina no podrá estar sentado ni de pie, únicamente tumbado. Cuando necesite detenerse o reducir la velocidad de la deriva utilizará un ancla de capa, “una especie de paracaídas” que se lanza por la popa para frenar el desplazamiento del barco.

Durante estos cuatro o cinco meses que durará el viaje, nunca dormiré más de 3 horas seguidas

Juan Antonio Olivieri Deportista y explorador

La navegación exigirá además unos conocimientos técnicos que hasta ahora no habían tenido tanto peso en sus expediciones. “Hasta el momento, en los viajes, como mucho utilizaba un GPS y analizaba un poco la orografía del lugar de destino”, explica. Ahora tiene que aprender la lectura de mapas, el uso del piloto automático, el plotter, el cálculo de rutas, la deriva y las corrientes. “Cada vez que salgo al mar es un aprendizaje nuevo”, reconoce. Antes de afrontar el Atlántico realizará navegaciones cortas por Baleares y tiene previsto ir hasta Cabrera y dormir en medio del mar para ganar soltura con el barco.

El Mediterráneo será precisamente una de las partes que más preparación exigirá. “Este mar puede llegar a ser más complejo que el Atlántico para dormir”, asegura. Las olas son cortas; los vientos, más cambiantes; hay mareas y tendrá que remar a favor de estas y no en contra. En el Atlántico espera aprovechar los vientos alisios, aunque sabe que también puede encontrarse con tormentas y olas grandes. La adaptación a un espacio tan reducido será otro de los retos: “Aprender a vivir en un espacio tan pequeño y a saber moverse y maniobrar tan rápido, juntamente con la técnica del remo, a mi edad, a los 57 años, creo que tiene un valor”. Después añade: “Nunca es tarde para aprender algo nuevo y un deporte de este calibre”.

'Oli': "Nunca es tarde para aprender algo nuevo y un deporte de este calibre"

Por etapas

La expedición está planteada en tres grandes etapas y siempre estará condicionada por la meteorología. La primera será el Mediterráneo, con unas 700 millas náuticas entre Mallorca y Cádiz y recaladas técnicas en Dénia, Cartagena, Almería y Málaga. Olivieri calcula que este tramo puede durar unos 40 días. No quiere correr. “Lo importante no es llegar pronto, sino llegar sano y salvo”, explica. Por eso prevé detenerse donde sea necesario y esperar a que las condiciones sean favorables. Antes, en septiembre de 2027, realizará una vuelta a Mallorca que está previsto que dure unos 15 días.

Lo importante no es llegar pronto, sino llegar sano y salvo

Juan Antonio Olivieri Deportista y explorador

La segunda etapa será de unas 800 millas, desde Cádiz hasta Canarias, con una escala estratégica en Madeira y posterior llegada a La Gomera. Será el primer anticipo del Atlántico y la intención es aprovechar la corriente de Canarias. El tramo puede durar alrededor de 15 días y, una vez en puerto, Oli prevé descansar unos 15 días para reparar y acondicionar la embarcación antes del gran cruce. Esperará en Canarias la ventana adecuada de vientos. El calendario es aproximado y está supeditado a la meteorología: el propio proyecto contempla que la travesía se inicie a mediados de septiembre de 2027 y que el cruce atlántico comience una vez terminada la temporada de huracanes.

La tercera etapa será el cruce del Atlántico propiamente dicho. Desde San Sebastián de La Gomera pondrá rumbo suroeste siguiendo los alisios hacia Barbados o Antigua, con Martinica como alternativa. Son unas 3.000 millas náuticas y la estimación concreta que figura en el proyecto sitúa la llegada entre 120 y 140 días después de la salida de La Gomera. Será entonces cuando Olivieri quede completamente solo frente al océano, sin motor, sin vela y sin asistencia exterior. “Una gesta que a día de hoy sigue siendo una utopía, un sueño”, reconoce. Pero inmediatamente vuelve a una idea que le acompaña desde el principio: “Toda aventura empieza siempre soñando”.

La expedición está planteada en tres grandes etapas y siempre estará condicionada por la meteorología

Después del Everest, el océano

El proyecto también es una continuación de la trayectoria de un hombre que nunca ha entendido la aventura únicamente como competición. En 2006, Olivieri y Tolo Calafat se convirtieron en los primeros mallorquines en coronar el Everest. Ahora se cumplen 20 años de aquella ascensión y el explorador reivindica que los isleños se animen a afrontar también las grandes montañas de 8.000 metros. Percibe, eso sí, “un salto generacional”, un cambio “muy importante” en las tendencias y prácticas relacionadas con este tipo de aventuras. Él ha seguido buscando otros escenarios y otros desafíos.

En 2006, Olivieri y Tolo Calafat se convirtieron en los primeros mallorquines en coronar el Everest. Ahora se cumplen 20 años de aquella ascensión y el explorador reivindica que los isleños se animen a afrontar también las grandes montañas de 8.000 metros

Ahora el escenario es el océano y el desafío también tiene que ver con cómo viajamos. Olivieri critica que la tecnología permita conocer prácticamente un lugar antes de haber estado allí. “Estamos tan inmersos en la tecnología, que cuando salimos de viaje ya conocemos de antemano todo en fotos, vídeos; lo sabemos ya todo antes de que pase”, sostiene. A veces, explica, la realidad incluso decepciona frente a la imagen previa. “Hemos perdido la búsqueda por la sensación o emoción de descubrir nuevos lugares”. Para él, la aventura consiste precisamente en recuperar esa incertidumbre y ponerse ante algo que no puede controlar por completo.

Interior del Rannoch 25

También cuestiona que la fortaleza física actual se traduzca necesariamente en una búsqueda de experiencias extremas. “Vivimos en una época en la que las personas están muy fuertes físicamente, pero eso no se traslada en muchos casos a la aventura”, afirma. Su propia vida ha estado marcada por esa voluntad de ponerse a prueba: desde el Aconcagua hasta el Everest, desde la Ruta de la Seda hasta Siberia. Ahora quiere llevar esa misma lógica al océano y hacerlo además con un proyecto que pretende reducir al máximo el impacto ambiental.

“No a un superhéroe, sino a una persona con dudas y miedos”

El barco se llama Misogi, un nombre que Olivieri ha elegido para esta nueva etapa y que en psicología y desarrollo personal hace referencia a un desafío extremo y elegido de forma voluntaria, cuyo propósito es romper con las rutinas habituales, enfrentarse al miedo al fracaso y ampliar de manera significativa los límites de nuestra zona de confort.

El barco se llama Misogi, un nombre que Olivieri ha elegido para esta nueva etapa y que en psicología y desarrollo personal hace referencia a un desafío extremo y elegido de forma voluntaria cuyo propósito es romper con las rutinas habituales y enfrentarse al miedo al fracaso

La embarcación permanece en Mallorca mientras su propietario prepara los equipos, aprende los sistemas y realiza las primeras navegaciones. Durante 2026 está previsto completar la adaptación de los equipos de navegación, comunicación, salvamento y desalinizadora, además de hacer pruebas por las costas de Baleares. En la primera mitad de 2027 llegarán las travesías más largas, como Mallorca-Península-Mallorca, y los ajustes de los patrones de sueño y remo. También tendrá que cerrar permisos, estudiar corrientes y meteorología, preparar la alimentación y completar el entrenamiento físico y psicológico.

Olivieri está además buscando patrocinadores para hacer realidad la expedición y tiene previsto poner en marcha un crowdfunding. “Creo que es importante que se vea que hay mallorquines que se mueven por el mundo de una forma distinta”, afirma. No quiere que el proyecto sea solamente una historia individual: su intención es que el mensaje que salga de Mallorca llegue más lejos que el propio barco y sirva para cuestionar la relación que mantenemos con los mares y océanos. “Te invito a cuestionarte conmigo cómo nos relacionamos con nuestros mares”, plantea.

Y tampoco quiere presentarse como un héroe invulnerable. Después del infarto, sabe que el reto tiene una dimensión personal evidente, pero rechaza convertirlo en una simple historia de superación. “Te invito a seguir no a un superhéroe, sino a una persona con dudas y miedos y un compromiso inquebrantable”, dice. El objetivo, insiste, no es conquistar el océano, sino relacionarse con él desde otra perspectiva. “Expedición Zero no es solo un reto físico, es la demostración de que podemos relacionarnos con el mar desde la admiración y no desde la explotación”. El sueño, de momento, está en tierra. En 2027 tendrá que demostrar que también puede flotar.

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