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Los que “venderían” a su propia abuela

Llados saliendo de su evento en el Casino de Aranjuez.
27 de septiembre de 2026 23:02 h

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Hay un ecosistema de personas que lleva días explicando que Maricarmen tendría que haber invertido mejor, que después de tantos años ahorrando podría haberse comprado una vivienda, que ninguna pena, que hay que planificarse. Son los mismos que te aleccionaban sobre cómo, de haber invertido bien en ETFs, ahora estarías desayunando en la terraza de tu penthouse de Singapur. Son los que descubrieron hace tiempo (y lo repiten hasta la saciedad) que el principal obstáculo para comprarse un piso no es el precio de la vivienda, ni el volumen de pisos turísticos, ni los salarios, ni la precariedad, sino la cañita. El viajecito. La suscripción a Netflix. La clasecita de pilates. Pedir comida un jueves porque has llegado a casa a las diez de la noche y no te apetece hervir unas judías mientras reflexionas sobre la importancia del trading. Si eliminas todos esos pequeños vicios, te explican, alcanzarás tu financial freedom como ellos y podrás ser propietario. O incluso multi.  

Es gente cuya mirada siempre funciona hacia arriba y solo en esa dirección. Si miran al que tiene cien pisos en propiedad ven talento, visión empresarial, eficiencia, un ejemplo, algo profundamente aspiracional. El empresario con cien viviendas es su Messi, su ejemplo a seguir. Si miran hacia abajo, sin embargo, sienten incluso un poquito de asco. Serían capaces de “vender” a sus abuelas, decía, porque de lo único que saben hablar es de vender, invertir, rentabilizar, holdear y optimizar. Han aprendido a poner precio a casi todo y valor a casi nada.  

Por eso ante un desahucio cualquiera, sin importar la edad o la condición de salud de la persona en cuestión, pueden llegar a sentir una profunda empatía, pero no por la persona desahuciada, sino por el mercado. Al mercado hay que tranquilizarlo, protegerlo y darle seguridad jurídica. El mercado es amigo. Hablan de él con tal cariño que por momentos parece que el mercado los llame después cada par de días para saber cómo están. Como si el mercado les hiciese tuppers de lentejas o sentara a su lado para escucharlos cuando están jodidos. 

Los “mercadolibers” son los que llevan todo el fin de semana también llamando perezosos a quienes hemos salido a la calle para exigir una vivienda digna mientras defienden con fervor el rentismo, que es probablemente la forma más cómoda (más perezosa siguiendo su terminología) de existir en una economía. El suyo es un pensamiento profundamente individualista, pero si lo piensas también es muy cómodo porque permite contemplar el sufrimiento ajeno sin sentirse nunca interpelado. Todo se reduce al mantra de que si a alguien le va mal es porque ha tomado malas decisiones. Y ellos, por supuesto, están a salvo de cualquier vaivén del sistema. 

Lo verdaderamente curioso de esta gente, de estos defensores entusiastas del orden económico y del libre mercado, es que muchos de ellos no pertenecen precisamente a la élite que imaginan estar defendiendo. Probablemente muchos son pura clase obrera, aunque tengan la autoestima de un fondo de inversión, así que defienden con pasión los intereses de quien, llegado el momento, les tratará exactamente igual que a Maricarmen. Y desde esa identidad confusa miran a quien está debajo con desprecio, sin darse cuenta de que el suelo que pisan es igual de inestable. 

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