Vamos al galope en un Ford Mustang Dark Horse

Aspecto del Ford Mustang Dark Horse en la prueba

Toni Fuentes

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Si esto fuera Miami, California o cualquier carretera secundaria de Estados Unidos, encontrarse con un Ford Mustang no tendría nada de extraordinario. Aquí, en cambio, la escena resulta bastante más exótica. Estamos en el paseo marítimo de Badalona, con el Mediterráneo como telón de fondo, pero al volante tenemos uno de los grandes iconos de la cultura automovilística estadounidense: un Ford Mustang Dark Horse. El caballo negro. El más gamberro, musculoso y deportivo de la gama excluyendo las versiones de competición. Y aunque el escenario no sea americano, el coche no puede serlo más.

  • Valoración Ford Mustang Dark Horse: diseño, 9; interior, 8; motor, 9; conducción, 9,5; global, 8,875

El Mustang acaba de entrar en su séptima generación, pero mantiene intacta una personalidad que nació en 1964 y que, seis décadas después, sigue girando alrededor de una fórmula cada vez más difícil de encontrar: un deportivo de gran tamaño, propulsión trasera y un enorme motor V8 atmosférico de 5,0 litros. En una época en la que el automóvil parece avanzar inevitablemente hacia la electrificación y la reducción de cilindrada, conducir algo así tiene casi el punto de estar manejando una pieza de otra época.

Pero el Dark Horse no es simplemente un Mustang GT con una estética más agresiva. Ford ha querido convertirlo en la versión de carretera más deportiva de la familia, con una puesta a punto específica, mejoras en suspensión, refrigeración y aerodinámica y un motor V8 de mayor rendimiento. La propia marca lo plantea como la base para sus programas de competición derivados del Mustang.

Un caballo que enseña los dientes

La primera impresión llega mucho antes de arrancar el motor. El Dark Horse tiene una presencia que resulta difícil ignorar. Mantiene las proporciones clásicas del Mustang, con ese capó largo, la cabina retrasada y una zaga ancha y poderosa, pero añade una colección de detalles que dejan claro que estamos ante algo diferente. El negro es el gran protagonista: aparece en el emblema del caballo, en las entradas de aire, las llantas, los retrovisores, los faldones laterales y diferentes elementos de la carrocería. Sobre el capó, las bandas decorativas terminan de darle ese aspecto de coche preparado para entrar en un circuito o en las interminables carreteras que atraviesan Estados Unidos.

Y después está el alerón trasero fijo. No es solo un elemento decorativo que pueda pasar inadvertido: domina la zaga y contribuye, junto con los faldones y el difusor, a mejorar el comportamiento aerodinámico. Ford ha buscado que el Dark Horse parezca un coche de carreras incluso cuando está aparcado. Las pinzas de freno Brembo en rojo ponen el contrapunto perfecto al conjunto negro. Detrás, los cuatro escapes y el difusor completan una trasera que transmite una amenaza bastante más seria de lo que podría sugerir cualquier cifra del catálogo oficial.

Y eso que seguimos hablando de un coche perfectamente utilizable en carretera. Con 4,81 metros de longitud, el Mustang tampoco renuncia a su faceta práctica. El maletero es profundo y permite afrontar un viaje con varias maletas sin tener que hacer demasiados malabarismos. Porque este Dark Horse puede jugar a ser coche de circuito, pero también permite utilizarlo como un gran turismo, aunque las plazas traseras son reducidas y de acceso un tanto laborioso para un coupé de tres puertas deportivo como este..

Cinco litros que todavía respiran

Lo verdaderamente especial está debajo del capó. Un V8 atmosférico de 5,0 litros que desarrolla 453 CV y que representa una especie de declaración de principios. Ford mantiene aquí una receta que cada vez es más difícil de encontrar en Europa. No hay un pequeño motor turbo intentando generar grandes cifras de potencia ni una asistencia eléctrica tratando de llenar los huecos de entrega. Hay ocho cilindros, cinco litros y una respuesta inmediata al acelerador que se acompaña de un sonido que forma parte inseparable de la experiencia.

El Mustang incorpora un sistema de doble admisión para favorecer la respiración del motor y un escape activo capaz de variar el volumen del sonido. Ford ofrece incluso una configuración pensada para circular por zonas urbanas sin convertir cada aceleración en un acontecimiento acústico. Aunque, siendo sinceros, cuesta resistirse a escuchar ese V8.

Diseño de la zaga del Ford Mustang Dark Horse

Nuestra unidad equipa la transmisión automática de 10 velocidades, una opción que abre el eterno debate entre cambio manual y automático cuando hablamos de un deportivo. Para quienes quieran mantener una mayor conexión con la mecánica existe también un manual TREMEC de seis velocidades. El automático tiene una ventaja evidente: permite concentrarse en la conducción y aprovechar con mucha facilidad el potencial del V8. También dispone de modo secuencial y levas en el volante. Eso sí, las levas podrían ser algo mayores y ofrecer más superficie para encontrarlas y accionarlas con rapidez.

Un interior que mezcla músculo y tecnología

El habitáculo también se aleja del Mustang más clásico. El coche conserva algunos guiños a la tradición, pero la instrumentación es completamente digital y está acompañada por una pantalla central de 13,2 pulgadas. Ford ha creado una especie de puesto de mando inspirado en una cabina de avión, con gráficos y animaciones desarrollados mediante Unreal Engine.

En el Dark Horse, además, el ambiente se vuelve todavía más oscuro. Los cromados dejan paso a superficies negras y acabados de aspecto metálico, mientras que las costuras en azul índigo recorren el salpicadero y los asientos. Es una combinación que consigue transmitir deportividad sin necesidad de llenar el habitáculo de adornos.

Y hay un detalle especialmente curioso: la palanca del freno de mano tradicional sigue estando ahí visualmente, aunque en realidad el sistema sea eléctrico. No es simplemente una licencia estética. Ford ha desarrollado una función específica asociada al sistema de control electrónico que permite jugar con el eje trasero y practicar drifting en un entorno controlado. Es una de esas decisiones que explican perfectamente qué pretende ser el Dark Horse: un coche digital por dentro, pero con alma analógica.

Telemetría de carreras

La digitalización alcanza aquí un nivel curioso. Porque el Mustang no se limita a mostrar los datos habituales de consumo, autonomía o temperatura exterior. Puede convertirse prácticamente en una pequeña estación de telemetría. En sus pantallas podemos consultar parámetros como la temperatura de admisión, la relación aire-combustible, la temperatura de la culata, la temperatura del aceite del motor, la del aceite de la transmisión y del eje o la presión de aceite.

Probablemente para muchos conductores sea información completamente prescindible. Para un aficionado a la conducción deportiva o un ingeniero, en cambio, es casi un juguete. También hay diferentes modos de conducción, entre ellos los destinados a sacar partido al coche en condiciones deportivas. El sistema permite modificar la respuesta del Mustang y adaptar diferentes parámetros para carretera, superficies deslizantes o circuito. Ford ofrece hasta seis modos de conducción, además de configuraciones personalizables.

Interior del Ford Mustang Dark Horse

Y el Dark Horse añade una puesta a punto específica de suspensión y mejoras destinadas a aumentar el control cuando el ritmo sube. Los frenos Brembo y el diferencial autoblocante forman parte del paquete de prestaciones, mientras que la suspensión MagneRide, disponible según configuración, puede ajustar su respuesta hasta mil veces por segundo.

Divertido, contundente y nada discreto

En carretera es donde todas estas piezas empiezan a tener sentido. El Mustang Dark Horse no es un deportivo que intente esconder su tamaño ni su peso. Se siente grande. La suspensión es firme, como corresponde a un coche que pretende mantenerse pegado al asfalto cuando se conduce rápido, y los baches llegan al habitáculo con bastante más claridad que en un turismo convencional.

Pero precisamente ahí está parte de su encanto. El Dark Horse no pretende ser un deportivo quirúrgico que desaparece debajo del conductor. Tiene presencia, carácter y una personalidad muy marcada. Y después está el sonido.

El rugido del V8 es probablemente el elemento que más contribuye a convertir cada desplazamiento en una experiencia que trae numerosas miradas de curiosos. El escape activo permite regularlo y, cuando llega la noche y toca respetar el descanso de los vecinos, existe incluso un modo que reduce considerablemente el volumen. No lo silencia por completo, pero sí consigue que el caballo negro relinche menos. Una función muy útil, aunque probablemente no sea la que más apetezca utilizar.

¿Y el consumo?

Aquí toca hablar de una cifra que, en cualquier otro coche, ocuparía mucho más espacio en la prueba. Nuestro consumo medio durante los días de prueba se situó alrededor de los 14 l/100 km. Es una cifra elevada, pero tampoco sorprendente cuando bajo el capó hay un V8 de cinco litros y 453 CV y, además, se utiliza el coche como lo que es: un deportivo.

La cifra oficial de Ford para el Mustang 5.0 V8 se sitúa entre 12,0 y 12,4 l/100 km WLTP, con unas emisiones de CO₂ de entre 274 y 282 g/km, dependiendo de la variante. La diferencia entre nuestra cifra y la homologada tiene una explicación bastante sencilla: durante una prueba de este tipo el acelerador se utiliza de una manera que difícilmente reproduce un ciclo de homologación. Por eso, comprar un Mustang Dark Horse esperando que sea eficiente sería no haber entendido el coche.

Un anacronismo con magnetismo

Después de varios días con él, la sensación que queda es que el Mustang Dark Horse pertenece a una categoría cada vez más reducida: la de los coches que no piden disculpas por ser lo que son. Es grande, consume mucho, tiene una suspensión firme, sus neumáticos y frenos no están precisamente pensados para ahorrar costes y, cuando se pulsa el acelerador, cinco litros y ocho cilindros recuerdan que todavía existen automóviles concebidos alrededor de la emoción de la combustión.

Pero también es tecnológico, está conectado, tiene un puesto de conducción digital, diferentes modos de conducción, telemetría, cambio automático de 10 velocidades y un escape capaz de adaptarse incluso a los entornos urbanos. El Mustang no se ha quedado anclado en 1964. Ha evolucionado con los tiempos sin renunciar a aquello que lo convirtió en un icono.

Y quizá esa sea la clave del Dark Horse. En un mercado en el que cada vez cuesta más encontrar deportivos con personalidad propia, Ford ha decidido conservar uno de los grandes símbolos de América y darle una vuelta de tuerca. El resultado es un Mustang que sigue teniendo algo de rebelde, algo de excesivo y mucho de divertido.

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