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“Fue aterrador”: dos trabajadoras sociales de Uganda relatan el ataque que sufrieron durante los disturbios racistas de Belfast

Un agente de policía investiga una zona arrasada por los disturbios ultraderechistas en Belfast.

Hannah Al-Othman

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Durante cuatro horas, dos cuidadoras ugandesas, Sumayah Nakazibwe y Stella Ariokot, permanecieron atrincheradas en su casa, cerca de Crumlin Road, al norte de Belfast, mientras el humo se colaba en el interior y las llamas lamían las paredes de las propiedades vecinas.

“Todo empezó como si la gente simplemente estuviera manifestándose, chicos jóvenes de entre nueve y veinte años”, cuenta Nakazibwe. “Todos iban vestidos de negro y llevaban máscaras”.

Desde su ventana vieron cómo la turba prendía fuego a los neumáticos de un autobús. “Y luego recogieron los contenedores de basura que había fuera y empezaron a quemarlos también”, cuenta. “Entonces pensamos: ”Quizá la cosa no vaya a más“.

Pero entonces la multitud giró hacia su calle, donde también viven familias rumanas y nigerianas junto a familias británicas e irlandesas.

“Empezaron a prender fuego a los coches y a lanzarles cócteles molotov”, dice. “Así que, cuando empezó a salir el humo, se dirigía directamente hacia nuestras casas. Por eso llamamos a la policía y a los bomberos”.

"Cuando llegué allí, la verdad es que era espantoso: cuatro camiones de bomberos, agentes de policía antidisturbios, un grupo de tipos de pie, enmascarados con ladrillos en las manos y una ambulancia que tuvo que aparcar bastante lejos

Jack McKee pastor de la New Life City Church

Había tantos incendios por toda la ciudad que los bomberos tardaron unos 30 minutos en llegar.

“Fue aterrador”, dice Nakazibwe, mientras las mujeres veían cómo las llamas se apoderaban de las casas vecinas. Los servicios de emergencia les dijeron que era demasiado peligroso intentar salir y les sugirieron que se pusieran sus uniformes de cuidadoras, por si eso servía para calmar a los alborotadores que entraran en la casa.

“Quien participa en los disturbios no sabe que la persona a la que ataca está cuidando de su madre o de su abuela”, dice Nakazibwe. “Por mi parte, dejé a mi madre en casa”.

En un momento dado, Nakazibwe se desmayó del susto. “Cuando empezaron a lanzar piedras contra nuestras ventanas, se desmayó”, explica Ariokot. “Tuve que quedarme al teléfono hablando con los de la ambulancia, que me iban indicando qué hacer, pero, gracias a Dios, se despertó”.

Solo cuando el párroco de su iglesia llegó al lugar y habló con los hombres, se consideró que era lo suficientemente seguro como para que fueran evacuadas de su casa.

El pastor Jack McKee, de la iglesia New Life City Church, no quería salir a la calle cuando comenzaron los disturbios, pero al enterarse de que uno de los feligreses estaba en apuros, se puso en marcha en su coche para acudir en su ayuda.

Quien participa en los disturbios no sabe que la persona a la que ataca está cuidando de su madre o de su abuela

Sumayah Nakazibwe

“Cuando llegué allí, la verdad es que era espantoso: cuatro camiones de bomberos, agentes de policía antidisturbios, un grupo de tipos de pie, enmascarados con ladrillos en las manos y una ambulancia que tuvo que aparcar bastante lejos, en la calle, porque ni siquiera podían llegar hasta la casa”, dice.

“Una casa quedó completamente calcinada; tuvimos que pasar por debajo de las mangueras para poder entrar en la casa y sacar a esas mujeres”, añade.

“Había como veinte tipos, todos enmascarados, con ladrillos en las manos, y parecía que estaban allí para armar jaleo, así que tuve que acercarme a hablar con ellos”, recuerda. “Les supliqué que me dieran diez minutos para sacar a esas mujeres de allí y subirlas a mi coche”.

“Me dieron esos diez minutos”, cuenta. “Algunos incluso dejaron caer los ladrillos al suelo, me dieron esos diez minutos y me dejaron subirlos al coche”.

Las mujeres, que pasaron la noche con McKee y su familia estaban “completamente traumatizadas”, dice. “Nunca pensé que tendría que ir a rescatar a cristianos que estaban siendo atacados en una comunidad protestante”.

“Entiendo que hay gente buena ahí fuera; las personas que realmente están provocando disturbios no representan a toda la comunidad… del mismo modo que el inmigrante que realmente cometió ese [ataque] no nos representa a todos”, dice Nakazibwe. Sin embargo, añade: “Yo no saldría. No es seguro”.

“Para mí era un lugar muy tranquilo hasta ayer”, explica. “Me ha hecho cambiar de opinión por completo. Es demasiado; sentí que quizá estaba tirando la toalla, que quizá ya era hora de volver a casa”.

En la calle que sale de Shankill Road, donde una familia rumana se vio obligada a abandonar su hogar, abundan los indicios de los disturbios de la noche anterior. En la calle se ve el chasis de un coche calcinado, que según los vecinos pertenecía a la familia, mientras que algunas ventanas están destrozadas y otras tapiadas.

Manifestantes se concentran frente a un hotel que acoge a solicitantes de asilo en Southampton.

Según los vecinos, la casa ya había sido objeto de ataques en dos ocasiones anteriores, la más reciente hace un par de meses. “Y no se marchaban, así que anoche fue la gota que colmó el vaso”, comenta uno de ellos.

El martes por la noche lanzaron ladrillos contra la casa y metieron fuegos artificiales encendidos por el buzón. Otro vecino ayudó a la familia a escapar después de que unos hombres encapuchados derribaran la puerta.

“Les dijeron que se marcharan, los echaron dos veces y no se fueron”, dice la vecina. Afirma que no sabía adónde habían trasladado a la familia y añade: “Ahora ya no es nuestro problema, ya no están aquí”.

La casa de al lado, donde vive una familia negra, también tiene las ventanas rotas y tapiadas, y los vecinos afirman que el fuego se extendió hasta allí. Esa familia también huyó y un vecino puso su coche a salvo.

Al otro lado de la ciudad, en el este de Belfast, junto a Newtownards Road, varias casas han sido tapiadas, mientras que los escombros calcinados cubren las calles.

Según los vecinos, entre las personas que tuvieron que abandonar sus hogares había familias rumanas y sudanesas. “Había una turba en la calle y a la policía… la echaron de la calle. ¿Cómo es posible que, teniendo armas y todo eso, alguien te eche de una calle?”.

Un trabajador de una organización benéfica afirma que la policía ha puesto a salvo a las familias y que estas permanecieron con los agentes hasta que se les encontró un alojamiento temporal.

Un vecino afirma que se había atacado específicamente a viviendas en las que vivían familias pertenecientes a minorías étnicas y que algunos católicos habían acudido a esa zona, mayoritariamente unionista, para sumarse a los actos de violencia. “Es la primera vez que pasa”, dice el vecino mientras destaca que ambos grupos llevan 30 años luchando entre ellos.

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