¿Más protección, menos tiempo, todo a la vez? Un dermatólogo explica qué hacer el primer día que tomas el sol

La primera medida es usar una crema fotoprotectora.

Darío Pescador

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Llega la primera terraza del año, la primera tarde en el parque en manga corta o, directamente, el primer día de playa. La piel está blanca, el sol no parece tan fuerte como en agosto, y tenemos la guardia baja. Es exactamente el momento en que el sol nos puede hacer más daño, pero también el más fácil de prevenir con dos o tres gestos básicos.

La radiación ultravioleta tiene dos componentes principales con efectos distintos. La radiación UVB es responsable de las quemaduras visibles: el enrojecimiento, la inflamación y piel que se pela horas o días después de una exposición al sol.

La radiación UVA, la misma que se vendía en los centros de bronceado no hace tanto, es más insidiosa. Penetra más profundo en la dermis y es la principal responsable del envejecimiento cutáneo prematuro, de la aparición de manchas y de las alteraciones en el ADN de las células que, acumuladas durante años, aumentan el riesgo de cáncer de piel.

“Los filtros solares nos protegen de la radiación ultravioleta B y también de la ultravioleta A, que es la mayor responsable del daño al ADN de las células, de las mutaciones por alteraciones en los puentes de pirimidina. Cambios que son para siempre”, explica el doctor José Luis López Estebaranz, dermatólogo y director de la Clínica Dermomedic de Madrid.

La quemadura solar desaparece en unos días, pero el daño genético a las células se acumula. Cada quemadura solar en nuestra vida es una papeleta más en la lotería del cáncer. Según datos de la OMS, la exposición excesiva a la radiación UV es la principal causa prevenible de cáncer de piel. El melanoma, el más agresivo de los tumores cutáneos, está directamente relacionado con los episodios de quemaduras solares, especialmente los ocurridos en nuestra infancia y la adolescencia.

Qué tipos de piel tienen más riesgo

No todas las pieles responden igual a la radiación ultravioleta. El sistema de clasificación de Fitzpatrick divide las pieles en seis fototipos, según su capacidad de producir melanina (el pigmento que absorbe la radiación UV y protege las células), y su tendencia a quemarse.

Las pieles muy claras, con pecas, cabello rubio o pelirrojo y ojos claros (fototipos I y II) tienen menor capacidad de pigmentarse y se queman con facilidad incluso con exposiciones breves. Las pieles más oscuras (fototipos V y VI) producen más melanina y tienen mayor protección natural, aunque no son invulnerables al sol.

Además del fototipo, hay factores adicionales de riesgo. “Hay ciertos fármacos para la tensión arterial que hacen que uno sea más sensible a la luz y se queme más fácilmente. También algunos antibióticos, como las tetraciclinas, o ciertos antidepresivos, pueden provocar reacciones de fototoxicidad”, aclara el doctor López Estebaranz. “Hay que extremar la protección si se está tomando alguno de estos medicamentos”, añade.

Por qué el primer día de sol es el más peligroso

La melanina que nos pone morenos no es solo una cuestión estética, sino el único sistema de defensa natural de la piel frente a la radiación UV. Se produce en mayor cantidad como respuesta a la exposición solar continuada, y es lo que provoca el bronceado. Una piel bien bronceada tiene más melanina distribuida en la epidermis, lo que equivale a un cierto factor de protección solar natural de entre 2 y 4. Poco, si se comparara con los de las cremas comerciales.

El problema del primer día de exposición al sol es que esa melanina aún no está disponible. Después de los meses de invierno, cubiertos por la ropa, la piel está desprotegida. “Una piel muy blanca es más vulnerable, es más probable que se ponga roja y se queme”, confirma el doctor López Estebaranz. La misma cantidad de sol que podemos soportar en agosto nos quema el primer día de junio en un paseo por la calle.

Las zonas del cuerpo más vulnerables y cómo protegerlas

La cara es la zona de mayor exposición acumulada a lo largo de la vida, y por tanto donde los efectos del envejecimiento solar (arrugas, manchas, pérdida de elasticidad) y del daño crónico son más visibles. “Siempre recomiendo a las personas de piel clara que, al lavarse la cara y cepillarse los dientes, se pongan fotoprotector”, señala López Estebaranz. “Protege del sol, de las quemaduras, del envejecimiento y de las manchas, y además hidrata”, añade.

Las otras zonas de riesgo elevado son las que permanecen cubiertas todo el invierno y se exponen bruscamente al inicio de la temporada: cuello, hombros, escote, parte alta de la espalda y la parte superior de los pies.

La primera medida es usar una crema fotoprotectora, y aquí parece que cuanto mayor sea el índice de protección SPF, menor será el riesgo. Sin embargo, a pesar de que el precio puede duplicarse, la diferencia entre SPF 30 y SPF 50 no es tanta como parece.

“Un factor 30 y un 50 no significa que uno proteja 20 puntos más”, aclara el doctor López Estebaranz. “Es una curva de Gauss: a partir del 30 se protege prácticamente igual contra la radiación UVB. El 50 solo filtra un 2-3% más. Por eso es más útil hablar de protección baja, media, alta y muy alta: a partir del 30 ya hablamos de alta o muy alta protección”, añade.

Un fotoprotector de SPF 30 aplicado en cantidad suficiente y reaplicado cada dos horas protege mejor que el de SPF 50 aplicado de forma insuficiente. La constancia y la cantidad importan más que el número en la etiqueta.

Pero el fotoprotector más eficaz es uno que a menudo pasamos por alto: la ropa. “La protección con prendas es una protección magnífica”, explica el doctor López Estebaranz. “Una camiseta de algodón blanco y fino deja pasar la luz, pero si es de color, filtra mejor la radiación UV. Hoy en día incluso existen prendas deportivas etiquetadas con su índice de protección frente a la radiación”.

Tampoco podemos olvidar lo mucho que nos puede proteger la cara un sombrero de ala ancha, o una gorra. Las gafas de sol con filtro UV certificado no solo protegen la retina, sino también la delicada piel delicada del contorno del ojo, que es además una de las zonas donde el melanoma puede aparecer. La piel tiene memoria, y nuestro ADN recuerda cada día que nos olvidamos de protegerlo.

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