Belén Caramelo, oncóloga: “Nos preocupa el táper de plástico pero infravaloramos riesgos como la exposición solar sin protección”
Desde el táper de plástico, hasta el champú, pasando por los ambientadores o la propia crema solar... No es difícil encontrarse con mensajes en redes o titulares que alertan sobre el potencial cancerígeno de cualquiera de los productos que nos rodean en el día a día. ¿Qué opina sobre esto la comunidad médica? ¿Hay motivos para extremar la precaución con ciertos productos?
“Decir que algo puede causar cáncer puede resultar alarmante y, muchas veces, habría que matizar que lo que realmente se ha observado es que una exposición prolongada o un consumo excesivo podrían asociarse a un mayor riesgo de determinados tipos de cáncer”, establece Belén Caramelo, oncóloga del Hospital Universitario Marqués de Valdecilla, en Santander, y divulgadora en el podcast Oncovecinas. Caramelo aboga en estos casos por un enfoque basado en el rigor, ya que no todas las sustancias tienen el mismo nivel de evidencia científica.
“Cuando hablamos de un carcinógeno, quiere decir que existe una relación directa y bien demostrada con el desarrollo de cáncer; el ejemplo más evidente es el tabaco. Sin embargo, existen otros elementos o sustancias que, en condiciones normales y exposiciones bajas, no son necesariamente dañinos para la salud, pero que podrían aumentar el riesgo si la exposición es intensa y mantenida en el tiempo”, aclara la oncóloga. Uno de los mayores retos para quienes no son expertos en la materia es, por tanto, saber distinguir entre un carcinógeno probado y una sustancia bajo sospecha.
“Debemos interpretar este tipo de informaciones con prudencia, evitando tanto el alarmismo como la banalización, y siempre contextualizando el riesgo real de cada exposición”, recomienda la especialista. En este mismo sentido, lanza un mensaje de calma respecto a los productos que están en el mercado: “Hoy en día existen regulaciones muy estrictas sobre el uso de sustancias químicas en productos de limpieza, cosméticos y pinturas”, por lo que, en condiciones normales, el riesgo es bajo.
Para Caramelo el error más común es demonizar pequeñas exposiciones cotidianas, mientras se infravaloran peligros con una evidencia científica aplastante. “Por ejemplo, existe una gran preocupación social por el uso ocasional de un táper de plástico o por determinados conservantes, pero seguimos infravalorando riesgos claramente demostrados como el tabaco, el alcohol, la obesidad o la exposición solar sin protección, que tienen un impacto muchísimo mayor en el desarrollo de cáncer”, subraya la oncóloga.
“Sigue siendo alarmante la cantidad de personas que todavía no perciben realmente el peligro del tabaco o del alcohol”, insiste la especialista, que ve con preocupación cómo su consumo se inicia a edades tempranas.
Por este motivo, la recomendación clave de la especialista es mantener una actitud crítica ante opiniones o mensajes sin base científica que circulan en redes sociales. Además, advierte de que muchas de las alarmas sociales nacen de estudios en laboratorios que no siempre pueden traducirse fielmente a la vida real.
“Muchas veces los estudios experimentales utilizan dosis muy superiores a las reales, y eso puede generar una alarma desproporcionada”, explica Caramelo, que cita el ejemplo de los metales pesados en el pescado, que aunque “pueden aumentar el riesgo de cáncer, eso suele referirse a consumos muy extremos, muy alejados de los hábitos habituales de la mayoría de la población”, matiza.
La oncóloga recuerda que el cáncer es una enfermedad multifactorial, que no surge por una exposición aislada, “sino por la combinación de factores como la genética, los hábitos de vida, la edad, el medio ambiente y distintas exposiciones acumuladas a lo largo del tiempo”. Además, para una prevención efectiva, llama a participar en los programas de cribado que correspondan por edad, como los de cáncer de colon, mama o cérvix.
“Es especialmente llamativo la cantidad de personas que todavía no participan, y sabemos que son herramientas que salvan vidas y permiten diagnosticar tumores en fases mucho más precoces”, concluye.
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