Por qué fumar es tan adictivo y cuál es la mejor forma de dejarlo
Fumar es malo para la salud y no deberías hacerlo. Por supuesto, ya sabes ambas cosas: te lo han dicho en el colegio, en la televisión y la radio, los médicos y a través del horror corporal al estilo Cronenberg de los propios paquetes de cigarrillos. Sin embargo, vale la pena reiterarlo por dos razones: en primer lugar, porque los efectos de dar una calada rápida fuera de un bar no son solo una apuesta a largo plazo para tu salud, sino una forma inmediata de empeorar tu vida; y en segundo lugar, porque los cigarrillos siguen siendo tremendamente, increíblemente adictivos. Algunas investigaciones sugieren que hasta dos tercios de las personas que prueban un cigarrillo se convierten, al menos temporalmente, en fumadores diarios, mientras que una encuesta reciente reveló que menos de una quinta parte de los fumadores del Reino Unido que intentan dejarlo lo consiguen realmente [En España las cifras llevan estancadas más de una década]. Las estimaciones sobre el número medio de veces que la gente intenta dejarlo antes de conseguirlo oscilan entre media docena y más de cien. Entonces, ¿qué confluencia de factores hace que sea tan difícil dejar el tabaco, y qué significa eso para alguien que quiere dejarlo?
«Lo primero que ocurre cuando fumas un cigarrillo es que inhalas en los pulmones una mezcla nociva de nicotina, diversos irritantes y sustancias cancerígenas, lo 'paraliza' tus cilios —esas diminutas proyecciones similares a pelos que recubren las vías respiratorias— y hace que desempeñen su función con menor eficacia», explica Lion Shahab, profesor de psicología de la salud en el University College London. «Lo otro que ocurre muy, muy rápidamente es que la nicotina se absorbe a través de los pulmones hacia los alvéolos, pasa al torrente sanguíneo y, a continuación, se transfiere al cerebro. Es entonces cuando empiezas a sentirte bien, y también es un factor clave que te mantiene adicto».
Básicamente, la nicotina se conecta a las vías de recompensa del cerebro y comienza a liberar dopamina y serotonina entre 10 y 20 segundos después de la primera calada, lo que te proporciona muy rápidamente la respuesta de «placer» asociada al tabaco. («Si esa liberación de dopamina tardara un par de horas, probablemente la gente no se volvería adicta», afirma el profesor Shahab). Al mismo tiempo, la nicotina «desbloquea» las glándulas suprarrenales, vertiendo epinefrina (adrenalina) y norepinefrina (otra hormona vital para la respuesta de estrés de «lucha o huida») en el torrente sanguíneo y provocando una breve sensación de euforia. Los niveles de nicotina en sangre alcanzan su máximo tras unos 20 minutos, y luego todo va en descenso.
La nicotina se conecta a las vías de recompensa del cerebro y comienza a liberar dopamina y serotonina entre 10 y 20 segundos después de la primera calada, lo que te proporciona muy rápidamente la respuesta de 'placer' asociada al tabaco
«En el caso del tabaco, los síntomas de abstinencia aparecen muy rápidamente, ya que la vida media —el tiempo que tarda el organismo en metabolizar y eliminar el 50% de la nicotina— es de unas dos horas», explica el profesor Shahab. «Al mismo tiempo, la mayoría de los fumadores tienen receptores de dopamina que se han ido desensibilizando poco a poco. Así que tienes esa expectativa de que se libere dopamina, no obtienes tanta, y la sensación de satisfacción desaparece muy rápidamente. Lo interesante es que la gente suele afirmar que se siente mejor cuando fuma un cigarrillo, pero eso es un error de interpretación de lo que ocurre realmente. Fumar básicamente te devuelve al nivel de referencia en el que deberías haber estado si nunca hubieras fumado».
Una consecuencia clave de esto es que fumar suele tener un profundo impacto en la salud mental, porque, en esencia, estás en un estado de abstinencia constante si no tienes un cigarrillo en la mano. La relación entre el tabaquismo y la ansiedad y la depresión es complicada, porque es bidireccional —lo que significa que las personas que padecen estos trastornos pueden ser más propensas a empezar a fumar—, pero al menos un estudio a gran escala sugiere que, si dejas de fumar, tu salud mental puede mejorar de forma apreciable en un plazo de tiempo bastante corto.
Por supuesto, fumar tiene muchas otras desventajas. En resumen: empeoramiento de la salud reproductiva; empeoramiento de la salud bucodental; mayor riesgo de padecer enfermedades como el ictus, el infarto de miocardio, la diabetes tipo 2 o la neumonía; deterioro de la salud ósea y del sistema inmunitario; envejecimiento prematuro y deterioro cognitivo. Tus glóbulos rojos «prefieren» el monóxido de carbono del humo al oxígeno, lo que significa que llega menos oxígeno a tus tejidos: a corto plazo, esto puede provocar dificultad para respirar, pero a largo plazo supone una carga para el corazón. Tus vasos sanguíneos se endurecen y el revestimiento de las arterias se daña, lo que facilita la acumulación de placas de grasa. Tus cilios mueren (aunque pueden recuperarse, hasta cierto punto).
Y, por supuesto, está el factor más importante.
«Nunca se sabe qué nivel de tabaquismo causará un daño en el ADN que no pueda repararse y que, por lo tanto, provoque cáncer», afirma Shahab. “Se puede comparar con una gran partida de ruleta rusa: algunas personas pueden fumar durante 50 años, y es el cigarrillo número 200.000 el que les mata”. Para otras, el daño comienza mucho, mucho antes. “Es una campana gaussiana, pero tenemos estudios que muestran muy claramente que, de media, un fumador muere 10 años antes que un no fumador, y que los fumadores padecen las enfermedades de la vejez antes”.
Fumar suele tener un profundo impacto en la salud mental, porque, en esencia, estás en un estado de abstinencia constante si no tienes un cigarrillo en la mano. La relación entre el tabaquismo y la ansiedad y la depresión es complicada, porque es bidireccional
La buena noticia es que muchos de estos efectos son reversibles: las mejoras estéticas se notan muy rápidamente, mientras que el resto de tu salud puede recuperarse notablemente con el tiempo. Pero para que eso ocurra, tienes que dejarlo. Y, por todas las razones expuestas anteriormente, no es fácil. Entonces, ¿qué dice la ciencia de la adicción sobre dejar de fumar?
Pues bien, según una revisión de Cochrane de 2023, las probabilidades de conseguirlo son menores si se deja de golpe: de media, de cada 100 personas que intentan dejarlo, seis lo consiguen sin ayuda. Los parches de nicotina, que ralentizan la liberación de la sustancia (y, por lo tanto, su pico de adicción), son ligeramente mejores: unas nueve de cada 100 personas lo consiguen con ellos, una cifra que asciende a 12 si se utilizan junto con otras ayudas.
Esto deja a los cigarrillos electrónicos/vapeadores y a los medicamentos con receta vareniclina y citisina como las ayudas con mayor respaldo científico. Los primeros son eficaces, ya que permiten mantener el ritual de la «pausa para fumar» sin el monóxido de carbono y el alquitrán del tabaco, pero puede resultar difícil dejar de usarlos. La vareniclina y la citisina son agonistas parciales: se unen a los receptores del cerebro a los que normalmente se adhiere la nicotina y también provocan la liberación de dopamina y serotonina, por lo que no se experimentan tantos síntomas de abstinencia. Pero hay una segunda capa en sus efectos: cuando luego se fuma un cigarrillo, no se obtiene ningún efecto gratificante, porque los receptores de nicotina están ocupados. En efecto, se está rompiendo el vínculo psicológico entre el hábito y el «placer». Pero, según los estudios, las posibilidades de éxito siguen siendo solo del 14%.
«Fumar es muy, muy adictivo; según algunos indicadores, más que la heroína o la cocaína», afirma Shahab. «No renuncies a dejarlo. Permítete fracasar y volver a intentarlo». Y recuerda: un exfumador siempre gusta.
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