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'Los justos': el sevillano Fer Pérez se asoma a la trastienda de la comedia española

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Alejandro Ávila

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A mediados de los 90, un joven de 24 años observaba con sus amigos la cola que se formaba a las puertas de un cine de Madrid. El chico acababa de cumplir su sueño: ser director de cine. Y su debut se llamaba Tesis. Por aquella época, un chiquillo, sevillano este, terminaba pronto de hacer los deberes para salir corriendo a la calle y mirar a escondidas los rodajes que abundaban por aquella época en su Carmona natal. Fue así como nació el sueño de Fer Pérez: ser director de cine, tomando como referente a Alejandro Amenábar, “que democratizó el cine y nos transmitió la sensación de que cualquier joven con ganas podía ser director cinematográfico”.

Aquel niño de Carmona ha cumplido por fin su sueño: acaba de estrenar en salas de cine su primera película como director, Los justos, una corrosiva, divertida y particular sátira de Doce hombres sin piedad (Sidney Lumet), encabezado por Carmen Machí y un completísimo reparto de intérpretes de primer nivel. Los justos es una comedia que mima cada detalle y explora la transversalidad social de la corrupción española, aplicando ritmo, humor y una inquietante y visceral banda sonora capitaneada por Beatriz López Nogales.

En la ópera prima de Fer hay ritmo… mucho ritmo. Su tempo perfecto atrapa al espectador, para enamorarlo con su humor, su lectura profunda sobre la España cotidiana, los grises humanos y la capacidad para renunciar a nuestros principios más inquebrantables cuando nos ponen por delante un millón de euros que hará más liviana nuestra sufrida existencia.

El álgebra de la comedia

Cuenta Fernando que esa ambigüedad, esa dudosa moralidad de los personajes, era el manual de estilo con el que, como en la vida misma, querían atravesar todos los géneros posibles: comedia, thriller y hasta unas gotitas de terror. “La vida es así, por la mañana estás en un género, por la tarde en otro y por la noche, en un tercero. Un solo género te ata demasiado”.

Para este sevillano, recién egresado, a comienzos del siglo XXI, de la Facultad de Comunicación de la Complutense (esa en la que Amenábar fantaseó con torturas filmadas hasta la muerte), Aída se convirtió en su mejor escuela de guion. Un máster de Globomedia le abrió las puertas de la serie de Telecinco que, sin que nadie lo sospechara cuando Pérez se incorporó en su 50º episodio, se convertiría en historia de la televisión española.

Como hemos dicho, el cine de Fernando mima al espectador: no deja que nunca se aburra. Y él mismo reconoce que Aída, y sus 230 capítulos, fueron la mejor escuela de aquel equipo de 15 jóvenes guionistas.

En Aída, Fernando aprendió lo que él llama “la geometría o álgebra de la comedia”. La comedia, sostiene, es pura matemática. Una disciplina que nunca obedece al caos, que busca la precisión del ritmo, la cuadratura, la sutileza… la perfección. Hacer comedia es, para él, un deporte que requiere de una práctica incansable que, cual Roger Federer de las letras, dé elegancia y letalidad en cada bola que supera la red.

Para dar su gran salto a la ATP del humor, el cine, Fer encontró hace diez años a su pareja ideal de dobles: Paco León. Lo conocía de sobra. Habían sido compañeros en Aída.

 En él encontró al cómplice ideal para machacar cada gag, cada giro con un remate ejemplar: Kiki, el amor se hace. Paco venía de hacer Carmina o revienta y Carmina y amén. De esa química, confianza y conexión inquebreantables nació, de la boca de Belén Cuesta, una cita histórica para la comedia española reciente: “Madrid parece moderna, pero Madrid no es moderna”.

De nuevo, pura matemática. En este caso, en un monólogo de una sensualidad, humor y ternura abrumadores.

Y, como telón de fondo, una de las claves del cine confeccionado por el tándem Pérez-León: asomarse a la trastienda. La que observaban dos sevillanos que, paseando, trabajando y viviendo por Madrid, comprendieron que la capital puede ser tan provinciana como cualquier otro rincón del país. La de Belén es, analiza Pérez, “la mirada de la decepción. La de un personaje que va buscando la libertad que podría haber encontrado en otro sitio y que termina viendo la parte de atrás del escaparte”.

Para el cineasta carmonense, Arde Madrid sigue siendo a día de hoy su “bandera creativa”. Una serie, en un desafiante blanco y negro, que volvió a romper los esquemas del cine -del audiovisual- español con una propuesta arriesgada, llena de humor, de detalles históricos y, como siempre, de esa ternura y esa profunda humanidad meridional de unos autores perfectamente sincronizados.

Arde Madrid se adentró sin complejos en los años vividos por la actriz Ava Gardner en el Madrid franquista, con un Paco León y una Inma Cuesta infiltrados en su servicio y en puro estado de gracia. Pura excelencia audiovisual. Un bendito milagro.

Una década después, todo ese savoir faire ha desembocado en obras cómicas tan perfectas como Los Justos (codirección y guion) o Aída y vuelta (guion), la locura cinematográfica que homenajea, entre el humor y la nostalgia, la serie que le dio los mimbres a Fernando para hacer alta comedia española.

¿Lo próximo? El descendiente, un proyecto avalado por el gran laboratorio del cine español, Lanza Abycine, y que versa sobre un taxista que circula por las calles del Madrid del 95.

Madrid. De nuevo Madrid. Que parece moderna, pero… un sevillano y su compadre descubrieron que, bueno… tampoco lo era tanto.

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