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La incómoda sensación de ser la única persona feliz en una pizzería argentina en la final del mundial

El ambiente en el interior de La Fugazzeta

Anxo F. Couceiro

Santiago de Compostela —
20 de julio de 2026 01:23 h

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Una historia es siempre el ángulo desde el que se cuenta. He aquí uno: España se ha proclamado campeona del mundo por segunda vez en su historia en el Metlife Stadium de Nueva Jersey ante Donald Trump, Tom Cruise y Shakira. Y he aquí otro: Argentina ha perdido en el campo el cuarto mundial que alimentaba sus sueños en La Fugazzeta, una pizzería de Santiago de Compostela donde el único que no vestía de albiceleste era este cronista, que termina ahora de aporrear su portátil sobre una de las mesas altas que el local tiene dispuestas contra la pared, ideales para “comer parado, al estilo porteño”. En los 107 minutos que trascurrieron desde el inicio de partido al gol de Ferran Torres que bordó la segunda estrella española, esta pequeña pizzería argentina pasó de Bombonera a tanatorio.

Antes de que la mozzarela volase enrabietada en La Fugazzeta, hablo por teléfono con mi amigo Alfredo Garófano, fotógrafo argentino que lleva cuatro décadas en España. Empezó su carrera como paparazzi y hoy es jefe de fotografía de la revista Lecturas. Por su objetivo ha pasado toda la crónica social imaginable, desde Lady Di hasta Anabel Pantoja. Es un hombre que no sólo lo ha visto todo sino que lo ha inmortalizado todo (entre otras cosas, al rey Juan Carlos desnudo, hito profesional que le hizo creer durante breves e ingenuos momentos que se haría rico). Pero hoy se siente raro. “Lo único que no había visto nunca de un partido es la necesidad de dar tantas explicaciones para decir que se va con uno u otro equipo. En Catalunya dicen ‘Voy con Messi para que los españoles se jodan’ o ‘Voy con España porque hay ocho del Barça’. Me parece una locura”. Todos los países tienen sus monstruos particulares, rarezas mutantes capaces de carcomer cualquier enfoque desde un lore indescifrable para el observador externo. El monstruo español es la rivalidad Madrid-Barça. Un argentino puede intentarlo, e incluso ponerle muchas ganas al empeño, pero nunca será capaz de hacer entender del todo El Peronismo a un español; del mismo modo que un español nunca será capaz de hacer entender a un argentino que un votante madridista de Vox obsesionado con la “prioridad nacional” en la política abjure de la Selección porque no hay jugadores de su club y sí muchos del rival.

Alfredo tampoco es inmune a paradojas. Cuando hablamos, faltan apenas dos horas para que el balón empiece a rodar y no sabe aún cómo sentirse. “A mí me pasa como a Alejo Stivel: en el momento en que el árbitro inicie el partido, yo ya gané un Mundial”, me dice. A lo largo de este Mundial, he recibido mensajes verdaderamente apocalípticos de Alfredo, hasta el borde de la apatridia. “Argentina y su selección me confirman todas las razones correctas por las que me fui de ahí hace 40 años y nunca jamás se me ocurrió volver”, me dijo cuando la albiceleste perdía 2-0 contra Egipto. Sus refunfuños llegaban con la misma rapidez con la que Argentina remontaba y el temperamento emocional de Alfredo corregía su curso en nuestro chat con un rosario de stickers de Messi. Él dice que no sabe a quién animar hoy, y yo le creo.

El camino a mi destino tiene ese aquel fantasmagórico de las grandes gestas deportivas. Apenas cuatro familias paseando a sus bebés y algún guiri despistado con maletas por la calle. Voy a ver el partido en La Fugazzeta, una pizzería argentina fundada por Alejandro Bigiovani hace cuatro años. Él lleva 27 en nuestro país y ha logrado convertir este negocio pequeño y encantador, de 125 metros cuadrados atestados de camisetas colgantes, en un templo canchero este Mundial. La tele canta los goles y él las pizzas: tiene un micrófono tombolero con el que anuncia cada pedido. “Yo el partido no puedo verlo. En cuanto empiece, me pongo detrás de la barra”, me dice. Está nervioso, mosca. No le ha gustado el papel de los suyos durante la competición. “Salvo en el partido frente a Inglaterra, que ahí sí”, dice con voz arenosa que recuerda al vídeo viral de El Coco Basile hablando del Blue Label como “un elixir”. Entre las mesas se respira una ilusión contagiosa, familiar.

Me llama la atención una pareja, él con la albiceleste y ella con la segunda equipación de la selección española, esa blanca que tanto se ve. Son Matías y Rochy. “Llevo 20 años en España, los mismos que hace que la conocí”, me dice ella. “’¡Algo tendrá España!”, bromea ella. Les acompañan sus dos hijos, ambos vestidos de azul y blanco pese a haber nacido en nuestro país. “¿Nunca os planteasteis venir hoy vestidos de la Roja?”, les pregunto. Los dos niegan con la cabeza, serios y hasta sorprendidos de que plantee la cuestión. Hablo también con Kiko Medarde. Como lleva la elástica de Messi, doy por hecho que es argentino. Error. “Soy de Santiago, pero voy con Argentina desde siempre. Me identifico con el país, con su pasión. Desde chaval me gustaban jugadores como Riquelme, Saviola, Aimar… Como culé, con Messi me volví loco. Lo adoro. Para mí, es lo máximo”. Hay gallegos que, por razones políticas o estéticas o sentimentales, no apoyarían nunca a España en una final. Le pregunto si es su caso. “En absoluto”, me aclara. Sus razones son puramente futbolísiticas. De hecho, me dice, tiene un blog de fútbol donde ha escrito una carta pública a Messi explicándole por qué esta noche le apoyará a él en lugar de a su país.

Matías y Rochy posan antes del inicio de la final

Otro que lleva la camiseta del 10 es Diego (mientras redacto esta frase me doy cuenta de lo tonta que suena, pero qué le vamos a hacer). Está en Compostela de paso. “He parado aquí de camino a Bilbao para asistir a la boda de mi hermano”. Viene en una autocaravana. En el camping donde duerme, preguntó por un bar donde ver la final y le recomendaron sin duda La Fugazzeta. “Estoy muy nervioso. Hoy quiero ganar, más que por mi país, por Messi. La forma en la que lo tratan en Argentina es muy injusto y ojalá se resarza”. Eric y Daniela viven en Lalín con su hijo de 10 meses. Están aquí, en Santiago y en La Fugazzeta, para vivir una noche grande. “Nos dijeron que aquí habría ambiente”. Con esa camaradería medio sobrenatural que nos brota a los padres primerizos, le cuento a Eric que yo también tengo un bebé. “¿Y te venís a trabajar con un muchacho en casa? ¿Encima entre argentinos?” Su bebé me mira y ríe.

En la previa, los cánticos interiores ensordecen la aparición de Tom Cruise. “Por Malvinas, por el Diego, por la última de Leo”, y etc. Cuando la realización pincha a Messi, el bar se viene abajo: tiembla. El plano de Lamine es recibido con abucheos. “A estos putos les tenemos que ganar”. Debo lucir arrugado en este momento como un pito encacahuetado por el frío, porque Evangelina, porteña de vacaciones en España, se compadece y me susurra al oído: “El argentino se acuerda de la madre, del origen, de la orientación sexual… vas a escuchar de todo, tenés que entenderlo”. A eso vengo, le digo. No sé dónde estará el bebé de Eric ahora pero seguro que también ríe. En el momento del himno, el bar se divide: algunos piden silencio y otros se acaban imponiendo para cantarlo. Los que hacían “shh” al principio acaban siendo los que más botan. “Esto España no lo tiene”, me comenta Kiko, el gallego messiánico. Diego nos escucha e intercede. En el inicio de su travesía para llegar a la boda de su hermano, pasaron por Madrid coincidiendo con la seminifinal España-Francia, y no se podía creer el pálido ambiente callejero. “No había nadie en la Plaza Mayor ni en la Puerta del Sol. Nosotros en Argentina tenemos una heladería y cuando pasamos a la final, dimos feriado. Nadie fue a trabajar”.

El exterior de La Fugazzeta cuando todavía había ganas de fiesta

El ánimo se templa cuando el balón empieza a rodar. Sorda tensión. Hay que esperar a la primera falta de Pedro Porro para oír a la Fugazzeta. El partido tiene todos los alicientes literarios posibles porque es rico en opuestos. Se enfrenta una España que ha perfeccionado el juego de posición contra la locomotora de emociones en la que se ha convertido una Argentina capaz de bascular entre susto y muerte con apenas segundos de diferencia; el mejor jugador de la historia, acariciando la que puede ser la última hazaña de su carrera, contra el joven aspirante que ya ocupa su trono en Can Barça y ahora aspira a hacerlo en el mundo entero. La tecnología sirvió un extra de tensión en la Fugazzeta. La conexión a Dazn del bar tenía un poco de delay con respecto a la de TVE de los bares vecinos. Por eso la ocasión que Lamine y un rebote endiablado brindaron a España en los cinco primeros minutos fue escuchada –que no vista– por este gap del espacio/tiempo como un tanto rival en La Fugazzeta; y por eso cuando Argentina rechazó el balón finalmente la parroquia lo celebró como un tanto propio.

Esas largas-pero-no-tan-largas posesiones españolas que se sucedieron en adelante fueron gestionadas por el público con rigor: celebraron cada falta táctica, cada despeje, cada balón con peligro de córner que la defensa argentina lograba minimizar en saque de banda. En cuanto a los insultos, fueron menos de los anunciados por Evangelina. Apenas un “gallego puto” que un joven encapado con el Sol de Mayo aplacó educadamente, no sé si por deferencia a mí. Cuando el mismo joven me preguntó, enmarcianados sus ojos, qué carajo hacía con el ordenador abierto en vez de siguiendo sin parpadear el partido del siglo, y le expliqué mi labor periodística, se alarmó un poco. Miró de reojo para el lado del bar del que había salido aquel “gallego puto” y me pidió que no pusiera en la crónica los exabruptos. Le dije que no lo haría, que se despreocupase, y al final ya ves que sí lo estoy escribiendo, chaval, en fin, tendrás que perdonarme: así somos los periodistas: ratas. Y, en realidad, tú eres el héroe de esta subtrama. De hecho, me llega por otra clienta que el ambiente que se vive en la Plaza Roja de Compostela, donde está instalada una pantalla gigante, es en realidad más hostil, con pocas excepciones entre la monocromía roja y abucheos al himno argentino.

La tónica del delay spoileroso vuelve a perturbar el partido cuando, en el minuto 38, el Dibu Martinez repele un tiro blando de Oyarzabal que da tibio fin a una gran jugada de España (y, particularmente, de Olmo, de menos a más en la primera parte). La atajada del portero se siente gol argentino por una Fugazzeta que temía lo peor. Al descanso, la sensación es la de un guión previsible. Una España que trenza jugadas sin garra y una Argentina paciente en su enclaustramiento a la que nada acaba de sorprender, tampoco las tímidas incursiones de un Lamine al que su equipo no parece buscar todo lo que podría. Escribe Alfredo mientras Shakira canta: “Ojo que Argentina tiene el partido donde quiere”. ¿Lo dice deliciándose o temeroso? Yo no lo sé y creo que él tampoco. En La Fugazzeta no hay aire acondicionado; la única ventilación que nos agracia es la de los clientes que se abanican con los cartones de las porciones de pizza. Cuando, tras la interminable pausa superbówlica, se vuelven a ocupar las localidades y me llega el aceitoso resto de alguno de esos aires, lo agradezco.

La Fugazzeta en los primeros compases de la noche

En la segunda parte, España intentó subir una marcha de su juego combinativo y logró amedrentar a la zaga argentina con dos jugadas casi consecutivas: un rizo demasiado rizado entre Oyarzabal y Fabián en el 54 que llegó al área chica y se trastabilló en sus propios pies y una veloz complicidad entre Olmo y Cucurella abortada inteligentemente por Montiel dos minutos después. El Dibu quiso dar emoción a estos intentos españoles llevando a córner en el 63 un inocente tiro lejano de Olmo y la posesión posterior volvió a meter en apuros a Argentina con un centro envenenado de Lamine. Pese a la falta de consecuencias de esta gota malaya, en La Fugazzeta cambió la temperatura. Se empezaba a masticar la sensación de asedio, confirmada en el 66 por el cabezazo a puerta de Ferran, recién incorporado a la fiesta en relevo de un afanoso pero gris Oyarzabal. El otro cambio de Luis de la Fuente, Pedri por Fabián, parecía buscar cierta fluidez en el juego, y como esa fluidez no acababa de encontrar el vértigo final que le diera sentido, en el 74 entraron Nico Williams y Mikel Merino por Baena y Olmo.

España siguió llamando a la puerta (en el 77, el Dibu volvió a recoger un tiro lejano y espeso, esta vez de Pedri) y en La Fugazzeta los cantos empezaron a ser sustituidos por los rezos silenciosos. La amenaza roja no era espectacular pero sí constante, y a los suyos empezaba a temblarles el físico. El ánimo acabó de hundirse ante la expulsión a Enzo Fernández en el 93 por segunda amarilla. “Qué mal compramos el Mundial”, se escuchó suspirar, aunque la amonestación fue poco discutida. El bar vibraba de pesimismo y en mi bolsillo vibraba Alfredo. “Ya sólo podemos guarrear”, me dice. Los ojos de Alfredo, con o sin objetivo mediante, han visto muchas cosas. Han visto el toples marítimo de Claudia Schiffer, han visto los primeros amores de las infantas, han visto un pene real tostarse al sol. Pero nunca antes habían visto a una Argentina que llevaba 90 minutos encerrada atrás condenada encerrarse aún más atrás por una expulsión atolondrada. “España merece ganar este partido desde el minuto 10”, se resigna.

La última acción antes de la prórroga, una falta en la frontal provocada por Ferran, se saldó con el primer disparo que obligó de verdad al Dibu a estirarse: un soberbio latigazo de Lamine. La parada fue celebrada por La Fugazzeta con cierta languidez, como mascándose que lo peor estaba por llegar. Era una sospecha fundada. Nico probó de nuevo al Dibu con un cabezazo nada más empezar la prórroga. El vasco volvió a machacar los nervios de La Fugazzeta con un gol anulado en el 97 por una falta previa de Merino (falta bastante discutible, pero no en esta pizzería, claro). El susto fue tan grande que la confirmación arbitral de la nulidad despertó el primer cántico en más de media hora: “¡No pasa nada, no pasa nada!”. Bares vecinos respondían: “Tongo, tongo”, en un diálogo más vinculado a la convivencia que a la mala sangre.

“¡Si llegamos a penales llamá al 061, que traigan un desfibrilador!”, grita Matías, el marido de Rochy, en el descanso de la prórroga. No hizo falta. Al inicio de la segunda parte de la prórroga, Nico Williams peina hacia atrás un centro de Porro y Ferran Torres la rompe hacia la red con rabia. Silencio eclesial en La Fugazzeta. Al inicio del partido, me sentía micróbico ante la euforia de la diáspora argentina. Ahora, en cambio, me siento pornográfico. Es incómodo ser la única persona feliz de una multitud, y una Copa del Mundo, descubro ahora, no palia esa incomodidad. Al final, me tiene que venir a consolar Alejandro, el dueño del local. “Nuestra bronca es con los ingleses, con los españoles nos da igual. Nosotros celebramos haber llegado hasta aquí”.

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