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Mesa para uno: por qué es tan difícil comer bien cuando se viaja solo

Edward Norton en 'El club de la lucha'.

Anxo F. Couceiro

26 de agosto de 2026 21:09 h

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Sabemos bien que España es un país para caminarlo e ir comiendo. Lo dice así nuestra historia, marcada por la hospitalidad quijotesca de quien acoge al trotamundos solitario –tradición continuada por todas esas barrigas andantes que han descubierto el país a golpe de mesonada, de Cela a Echanove pasando por Pla, Cunqueiro o Labordeta–, y lo dice también la estadística, que atribuye ya a un 12% de los viajes realizados dentro de España a personas que emprenden solas su camino, según el INE. Pero, en un país adicto a sintetizar su gastronomía en la unidad de la miniatura, bien sea bajo la forma de tapa o ración, se da la paradoja de que el viajero solitario se encuentra cada vez con más obstáculos para, en fin: comer.

“Cuesta entenderse con los hosteleros cuando viajas sola”, lamenta Ángeles, de 42 años. “Muchas cartas no están adaptadas a todos los tipos de cliente. El hecho de que gran parte de nuestra gastronomía se distribuya en raciones a priori podría ser interesante para los que viajamos solos, pero acaba siendo problemático porque son enormes, sobre todo en el norte. Si pides tres raciones de algo típico en Galicia, Asturias o Cantabria, acabas gastando mucho y dejando la mitad en el plato, porque sola no puedes con todo. Al final, acabas viéndote obligada a comprometerte con una sola ración mientras fantaseas con lo mucho que podrías haber disfrutado de un menú más variado. En ese sentido, creo que Andalucía es más agradecida”.

Pilar de 36 años, comparte este pesar. “Yo he recorrido el país por trabajo y me he llevado varias decepciones por culpa de afrontar mis viajes sola. En Bilbao, por ejemplo, pensé que no iba a ser tan conflictivo gracias a la cultura del pintxo, y me fui igualmente con la sensación de que no acabé abarcando la parte más interesante de su gastronomía. Yo, cuando viajaba por trabajo, entendía el momento de ir a comer como mi oportunidad para desconectar y comer algo rico, tranquila, pero me encontraba con que eso no podía ser, porque ‘algo rico’ no es comerte un plato de una sola cosa, sino probar varios platos, o al menos un plato fuerte y varios acompañantes. En Portugal y Reino Unido es lo que se hace, hay una serie de platos fuertes y luego varios acompañantes. Aquí eso no existe: todo son platos fuertes y tienes que elegir uno si no quieres acabar con ardor de estómago”.

Me marché de Valladolid con pena de no probar los torreznos porque era imposible pedir un plato que no fuera excesivo para una sola persona. Las raciones están diseñadas para compartir entre varios

Pilar 36 años

El dolor anímico suple al dolor intestinal, y Pilar recuerda con especial pellizco la renuncia que tuvo que hacer en su visita a Valladolid. “Coincidió en la época del furor por ‘Paquita Salas’ y me marché con pena de no probar los torreznos porque era imposible pedir un plato que no fuera excesivo para una sola persona. Las raciones están diseñadas para compartir entre varios”.

María, de 43 años, añade un obstáculo más a este desaguisado: encontrar mesa para uno. “Me ha pasado varias veces el ir a un restaurante sola y que no te den mesa o lo hagan con recelo. Me ha fastidiado porque yo sola me puedo gastar más dinero que una pareja que no pide vino y solo quiere algo para compartir”. Lleva diez años viajando sola por nuestro país, Portugal, Reino Unido, Dinamarca, Francia… “Y todas las veces que me ha pasado lo de que no me den mesa habiendo libre ha sido en España”, protesta. A la pregunta de por qué cree que lo hacen, tira de experiencia, pues ella misma ha trabajado en hostelería: “Piensan que no es rentable, que voy a gastar menos que si entran dos. Y yo te digo que eso no es verdad porque hay parejas que van justas de dinero y no consumen mucho”. María asume ya que viajar sola implica hacer estas renuncias y va afinando sus estrategias. “Lo que suelo hacer es preguntar si hay medias raciones. Si aun así acaba sobrando comida, la pido para llevar y me la tomo al día siguiente. Y si es algo que se puede comer sin calentar y no se estropea, se lo he dado a otras personas”.

La respuesta del sector hostelero

El sector hostelero es consciente de que nos encontramos ante un cambio de paradigma, pero no todos parecen compartir diagnóstico ni solución. Samuel fue socio de un bar de comidas en Vigo que se vio abocado a cerrar tras la pandemia. “Quizás habría que ver el problema desde la otra perspectiva. ¿Qué haces ante los clientes que te piden cambiar el modelo de las raciones? Porque los restauradores, especialmente los más pequeños, necesitamos hacer un cálculo, una previsión de lo que vamos a ofrecer. Si una ración lleva seis langostinos, y un cliente nos pide tres, o incluso dos, no pasa nada, pero si lo hacen cinco clientes al día, eso acaba teniendo una repercusión económica sobre nuestra propia planificación. Al final, es lo de siempre: esa flexibilidad se la puede permitir una gran cadena, no los negocios humildes”.

Me ha pasado varias veces el ir a un restaurante sola y que no te den mesa o lo hagan con recelo. Me ha fastidiado porque yo sola me puedo gastar más dinero que una pareja que no pide vino y solo quiere algo para compartir

María 43 años

Opina lo mismo sobre el declive de las tapas gratis: “La gente se queja mucho de que ya no haya tantas como antes, pero hay que recordar que la tapa es una cortesía, no una obligación. Su supuesta desaparición, y digo supuesta porque siguen siendo gratuitas en muchos establecimientos, tiene que ver con el aumento de costes. Ahora mismo sólo los bares que funcionan como un tiro llueva o nieve pueden permitírselas. Si estás empezando, pones tapas y después de dos meses malos dejas de hacerlo, eso te hunde de cara al cliente, pero es que tres meses a pérdidas te obligan directamente a cerrar”.

Diana Londoño, directora de operaciones del grupo Barcelona Foods –marca bajo la que se cobijan las franquicias Paellería y Dalirium–, constata que han percibido el incremento de este tipo de cliente, especialmente en sus restaurantes ubicados en zonas turísticas. “Cada vez recibimos más viajeros que comen solos, algo que antes era mucho menos habitual. El cliente individual, que hace unos años era prácticamente residual, con menos del 2% de nuestros tiques, puede llegar a representar actualmente entre un 8% y un 10% del volumen total de tiques en temporada alta. Ya no hablamos de una excepción, sino de un perfil cada vez más habitual en la restauración y con un peso creciente en determinados momentos del año”. Admite que la principal dificultad de absorber las preferencias del individuo frente al grupo está en el modelo tradicional de las raciones grandes. “Si una ración de croquetas trae cuatro unidades y los calamares son abundantes, una persona sola puede quedar satisfecha con dos platos y, sin embargo, perderse buena parte de la variedad que ofrece nuestra gastronomía”, reconoce. La solución que han abordado en sus negocios es “ofrecer paellas individuales”.

Los restauradores, especialmente los más pequeños, necesitamos hacer un cálculo, una previsión de lo que vamos a ofrecer (...) Al final, es lo de siempre: esa flexibilidad se la puede permitir una gran cadena, no los negocios humildes

Samuel hostelero

¿Se trata esta funkopopización de la paella de una puñalada capitalista a nuestra gastronomía o una medida necesaria para flexibilizar la tradición al gusto del viajero contemporáneo? Quizás, ni una cosa ni la otra: sólo negocio. Londoño da la razón a María –la excamarera reconvertida en solo traveller enemiga de los restaurantes que la dejan sin mesa por prejuicios– en cuanto al gasto que el comensal solitario suele hacer en comparación con los grupos. “En algunos casos, el tique medio por persona puede ser entre un 15% y un 20% superior al de un comensal que viene en grupo. Cuando encuentra un buen producto y una experiencia que considera excelente, muchas veces no repara tanto en el precio”.

Londoño opina que “el sector tiene que adaptarse a esta realidad sin perder de vista la rentabilidad”. Para ello, propone incorporar “medias raciones, formatos individuales y propuestas más adaptadas a distintos tipos de clientes”, pero también repensar los espacios. “No tiene sentido que una persona que come sola ocupe siempre una mesa pensada para cuatro comensales. Contar con barras, mesas altas o zonas para uno o dos clientes permite ofrecer una mejor experiencia y aprovechar de forma más eficiente la capacidad del restaurante”, plantea.

“Tiro mucho de japonés, por ejemplo, que en cuestión de precio son los chinos de allí, son económicos y no te juzgan, les parece bien, conocen la soledad del alma y no tienen prisa”, cuenta el escritor Rubén Lardín sobre sus viajes a París.

Consejos de un comensal solitario

Si hablamos de una tendencia al alza, ¿por qué seguimos viendo al viajero que va a su aire con ojos entrecerrados por la sospecha? Viajar y comer fuera es algo que se hace en dúo o en grupo: nos lo ha enseñado así la vida, entendiendo “vida” por eso que llamamos “sociedad” o “cultura”, y ni todas las estadísticas de los clusters hoteleros o las agencias vacacionales pueden acabar de volver moldeable barro lo que ya es roca sedimentada por el afán de los siglos.

Ni siquiera hace falta introducir el viaje en la ecuación: basta con hablar del comer. Pensemos en el cine, que es a su vez lo que nos piensa a todos nosotros. Jesse y Celine viajan solos para encontrarse, aunque ellos –al principio de la película– no lo sepan: viajan para poder terracear y filosofar con alguien; y el negativo de esa dama y ese vagabundo que encuentran sus labios al final de un espagueti, o de ese Wallace y ese André que se pelean con el sentido de la vida a los postres, es Jack Nicholson con Trastorno Obsesivo Compulsivo llevándose los cubiertos de casa. Hollywood no ha hecho sexy comer solo: hasta los sicarios de Melville y Fincher comen deprisa y con más funcionalidad que placer.

Ahora bien: comer sin necesidad de negocio alguno con la alteridad tiene también su propia música. Así lo ve el escritor Rubén Lardín, célebre flâneur que preconiza el encanto asceta de la soledad. “Algunas cosas buenas, y esto sonará hosco y te dirán que no, pero yo creo que sí, son preferibles a solas. Una película, mirar, el desamor, comer bien... Cualquier cosa buena específica se amortigua en compañía, o al menos se convierte en otra cosa. Yo, si puedo, elijo las dos opciones, o al menos reivindico la primera porque tiene mala fama, a menudo viene tocada de circunstancia, de orfandad, se la teme como a un agujero negro. Y no. Se está bien. Se come bien”.

Si te marean con los turnos, si no te quieren servir una caña, solo un doble, pues te levantas y te vas. Esto último, por ejemplo, son modales que Madrid le viene copiando a Barcelona, cosas de la codicia a las que hay que resistirse (...) Es algo que se hace muy bien solo, el irse de los sitios

Rubén Lardín escritor y autor de 'Maldito Éclair'

Natural de Barcelona y afincado desde hace unos años en Madrid, Lardín viene de publicar un librito luminoso sobre sus visitas a París que no se parece a ningún libro de viajes, Maldito Éclair (editado por Libritos Jenkins y cuyo origen, por cierto, está en unas crónicas aparecidas precisamente en este diario). En todas estas ciudades, Barcelona, Madrid y París, Lardín ha aprendido a cultivar un criterio a prueba de toda clase de hostilidades urbanas. “Están los mínimos de siempre: si la carta está en inglés, pues no entras. Si te marean con los turnos, a cagar a la playa, si no te quieren servir una caña, solo un doble, pues te levantas y te vas. Esto último, por ejemplo, son modales que Madrid le viene copiando a Barcelona, cosas de la codicia a las que hay que resistirse. No hay que aceptar nunca, bajo ningún concepto, porque las consecuencias serán catástroficas para el barrio, para la ciudad, para las personas humanas. Te levantas y te vas. Y esto es algo que se hace muy bien solo, el irse de los sitios”.

Sobre las diferencias entre las dos grandes ciudades de nuestro país, apunta que Barcelona “es una tragedia, hay que ir informado, saber de antemano dónde comemos, porque en general la restauración ya no existe, solo se quiere hacer caja”, mientras que en Madrid “todavía no me he encontrado una mala cara por ser un comensal solitario, ni en los barrios ni junto al Congreso, y esto supongo que es porque todavía hay vanidad en la hostelería, les gusta festejarte, que te vayas contento, estás en su casa”. En cualquier caso, él no es partidario de reservar: “Eso es de pollopera. Hay que caminar y hacer hambre y el truco es no sentarse nunca en un restaurante donde el dueño no esté también sirviendo mesas o al menos cantándote el menú”.

De París, Lardín dice conocer “cuatro sitios” e ir a piñón fijo por razones horarias (“a las dos ya es tarde para ellos”) y monetarias (“es muy caro para un español, al menos para un español pobre como yo, hay que ir asesorado”). Por esta razón, no le veremos tanto degustando platos cocinados a la mantequilla como en restaurantes exóticos bien escogidos. “Tiro mucho de japonés, por ejemplo, que en cuestión de precio son los chinos de allí, son económicos y no te juzgan, les parece bien, conocen la soledad del alma y no tienen prisa”. De nuevo, la maldición: viajar solo impide penetrar la capa profunda de la cultura local; pero ¿y si ese orillarnos hacia lo posible, que no lo ideal, fuera otra forma de viajar mucho más honesta que la hubris turística de quien aspira a desentrañar una cultura entera a golpe de tenedor entre ryanairs, Google Maps y caminatas con Hoka?

Viajar solos nos obliga a menudo a renunciar a una parte de lo que podríamos probar, pero también nos concede la posibilidad de dejar de perseguir folclore alimenticio como quien completa una colección de cromos.

Japón, dice Lardín. “Conocen la soledad del alma y no tienen prisa”. Bien: hagámosle caso y vayamos a Japón. Gorō Inogashira es un comercial japonés que viaja por todo su país cerrando ventas, manteniendo reuniones, haciendo esa vida tan gris como operativa que se presupone a los llamados “viajantes”, hasta que la tripa ruge y llega el momento de hacer un alto en la inercia laboral para despertar ese olfato y ese oído que sólo la calle entonan y elegir un restaurante donde comer solo y dejar al vendedor en la puerta y convertirse en un sensual Proust de la experiencia gastronómica.

Gorō Inogashira no es, por desgracia, la última y decisiva fuente de este reportaje que a continuación pasará a narrarnos su estilo de vida con ilustrativos entrecomillados, sino el personaje de ficción que protagoniza El gourmet solitario, manga escrito por Masayuki Kusumi y dibujado por Jiro Taniguchi donde el rito de comer solo mientras se viaja florece ante nosotros como una delicada magnolia de hoja perenne. Las historietas ideadas por Kusumi son aconflictivas, casi antinarrativas en su placidez: no hay héroes ni enemigos ni objetivos ni obstáculos: hay sushis y rámenes y pizzas que nuestro protagonista, simplemente, se sienta a degustar y a pensar y a vincular con sus recuerdos y sus temores y pensamientos y cosas. Esa ceremonia preciosa, que conoce el que ha estado ahí, el que deambula y come solo por calles inhóspitas, se vuelve lírica en manos de un japonés, si bien tiene cada vez más difícil traslado a la economía social de nuestro país.

Puede que el verdadero lujo de viajar solo consista precisamente en dejar de aspirar a conocerlo todo y aceptar que una gastronomía no se agota en sus platos más célebres, del mismo modo que una ciudad no se conquista por haber seguido durante tres días las recomendaciones de Google Maps (o peor: de ChatGPT). Al fin y al cabo, también hay algo perversamente turístico en convertir cada comida en un safari culinario donde ir haciendo checks a cada especie avistada o degustada. Inogashira no pretende desentrañar Japón: el tío observa, escucha, tantea, elige, se sienta; después come, piensa un poco y sigue su camino. No hay en ello ninguna épica de la experiencia ni voluntad de apropiarse del lugar, sino algo más modesto y quizá placentero: estar allí. Viajar solos nos obliga a menudo a renunciar a una parte de lo que podríamos probar, pero también nos concede la posibilidad de dejar de perseguir folclore alimenticio como quien completa una colección de cromos. A veces conocer menos es una forma bastante digna de disfrutar más.

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