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París: que si quiero o que si tengo

La nueva normalidad ha devuelto el paso a la normalidad corriente

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En el viaje he estado leyendo el segundo tomo de Welcome Back, Alice (Milky Way Ediciones), un triángulo amoroso sobre dos chavales de instituto, la chica que les gusta, travestismo, masturbación, torpeza y culpa. Un romance táctico que ríete tú de Choderlos de Laclos. Lo dibuja Shuzo Oshimi, un japonés tartamudo, fan de Odilon Redon, de los decadentistas franceses y de los simbolistas todos. Uno de los nuestros.

Leer manga es como despachar una tajada de sandía a la buena sombra. Sacia, alivia, lubrica las articulaciones y envuelve el placer sensacional de su ascendencia esférica, de su color intrínseco y sus aspiraciones líquidas.

El manga es un tipo de tebeo particular que me lleva a cavilar más allá del relato y me distrae en esos estándares que empiezan en los ojos grandes y terminan en la primera encomienda del folletín, que es atrapar al lector, hacer que olvide su realidad. En esas convenciones se diría que todos los mangas vienen del mismo lugar de la fantasía y que quizás no los dibuja nadie, y como lector exonero a sus autores de toda responsabilidad porque no detecto vanidad alguna y en sus páginas cualquier cosa parece posible. Creo que es por eso que tiene tanto poder de seducción con los jóvenes y entre el público adulto un poco inoperante, porque apela tan francamente a una respuesta refleja del lector, como solo hacen la música o la pornografía, que sus páginas acaban por convertirse en un lugar propio y estanco, un entorno íntimo, blindado y protector, que nos atañe solo a nosotros.

París nos pertenece

Es ya agosto. He venido en avión porque el tren resultaba carísimo. El avión también me ha salido carísimo, pero creo que para mí, a estas alturas, carísimo es todo. Como le escuché decir a Miguel Agnes en su espléndido pódcast El programa de Sita Abellán, si llego a saber antes que esto iba a ser así, ni en broma dedico mi vida a la cultura.

En fin, la nueva normalidad ha devuelto el paso a la normalidad corriente, la de la especulación, el lucro y la mala idea de toda la vida. “¡Saldremos mejores!”, decían hace un par de años los mismos que ahora no dicen ni pío.

Mientras los delincuentes habituales hacen el agosto, yo entiendo que a mí ahora se me permite escribir aquí por eso, porque es agosto, porque al otro lado no hay nadie, porque está todo el mundo haciendo la digestión de sí mismo, del año de mierda, de toda la temporada haciendo el ridículo tan grande que es trabajar.

París siempre me trae al recuerdo una película española que vi hace muchos años en San Sebastián titulada El sádico de Notre Dame, donde un exsacerdote sublimaba su libido asesinando mujeres. La dirigió Jesús Franco y es el remiendo de una película suya anterior a la que le quitó rutina erótica y le añadió escenas de paseo, de callejear sin rumbo el invierno parisino, porque la película misma tiene que desplazarse andando de una escena a la siguiente y es en ese deambular que encuentra su extraña y fascinante atmósfera eurotrash, muy superior a todo el cine galo.

Mi amigo Clément Milian, guionista y escritor rendido a la obra de Jesús Franco, suele burlarse de mi gusto por cierto cine francés y le ofende en particular mi tolerancia a las películas de Olivier Assayas, a quien él considera la antonomasia del bobo, que es contracción de bourgeois-bohème, esto es: una especie de profesional liberal con presunta conciencia estética —e incluso medioambiental— que personifica lo peor del urbanita parisino: un pijo, alguien sometido a su circunstancia sin ninguna verdad que decir sobre la condición humana.

En el dormitorio del pequeño apartamento en el que me alojo hay un cuadro con tres girasoles. Tres flores plebeyas que, en la oscuridad, cuando apago las luces, se me aparecen en la imaginación como tres brotes lumínicos. Me llevan a pensar que en la corola pueden estar alojando el día entero, el sol enorme de toda la jornada, y en esa posibilidad etimológica me están dificultando un poco el sueño.

La belleza interior

Dice David Cronenberg en Mad Movies, la revista con la que aprendí a desentrañar el francés, que atravesamos otro de esos momentos en que la gente tiene miedo a decir lo que piensa. Declinan sus propios sentimientos por razones políticas o presión social y temen provocar molestias en los demás. Un artista con miedo a molestar no es un artista verdadero, nos recuerda, será acaso un artista decorativo que tal vez producirá cosas bonitas, bisutería que, efectivamente, no alcanzará a decir nada sobre la condición humana.

En su última película, Crimes of the Future, que aquí lleva más de diez semanas en cartel (en España parece que se estrenará en salas en septiembre), la procesión va, literalmente, por dentro. En ella, Viggo Mortensen es un artista cargado de alergias con el talento de engendrar nuevos órganos corporales sin función conocida, parásitos internos que su asistente, Léa Seydoux, operando como la mujer escarlata de un mago, le extrae quirúrgicamente en rituales entre la performance y la ceremonia religiosa.

La película es un pequeño ensayo que contiene todo el discurso del autor canadiense. A sus 79 años, Cronenberg retoma los aperos de la vieja nueva carne para recordarnos la inmanencia que somos para nosotros mismos, algo que siempre ha hecho la ciencia ficción más avanzada. En un futuro evolucionado donde algunos humanos comen plástico, donde el dolor ha sido abolido y solo puede experimentarse en sueños, Mortensen encarna a un enfermo crónico, una anomalía, un artista verdadero cuya obra obedece a su propio conflicto.

Crimes of the Future no es una película confortable, pero es grata porque es melancolía post humana, humor sin señalizar y prospecto para un mundo en descomposición, características que en la obra de David Cronenberg orientan el pensamiento hacia zonas inexploradas en las que emanciparse.

La muerte en este jardín

Por la mañana me acerco al antiguo matadero donde Georges Franju filmó en 1949 La sang des bêtes, documental de profunda melancolía —también— que algunos usuarios de YouTube todavía denuncian con regularidad. El lugar es hoy un parque a la memoria de Georges Brassens y los fines de semana acoge un mercado de libros viejos al que vengo para darme a la caza errática que proponen rastros y encantes. Vengo buscando algo que no compré un día, hace años: un pedazo de papel dibujado, inconfundible su estilo, por Georges Pichard, el gran maestro del tebeo erótico. El papel se me apareció maltratado entre objetos de otra naturaleza, sin valor, una viñeta recortada de una página original por la que me pidieron 90 euros tristes que en aquel momento no era sensato permitirse porque le pertenecían a mi casero, porque ya entonces todo era carísimo para mí, ya me dedicaba a esto. Ojalá lo hubiera sabido antes. Creo que desde entonces solo vuelvo a este lugar lleno de fantasmas a por aquel retal.

Sábado 30 de julio. A las siete y media de esta mañana moría Jesús Cuadrado (1946-2022), director teatral, cineasta, faneditor, crítico de cómic y documentalista obsesivo del medio de la historieta, al que regaló trabajos titánicos y de confección inexplicable como la enciclopedia De la historieta y su uso 1873-2000, una obra que España nunca podrá pagar.

Jesús Cuadrado fue cojo temprano (la poliomielitis) y por tanto persona presta al bastonazo, de genio y figura. Vivió incapacitado para tolerar la mediocridad y tuvo el talento de, en dos, tres adjetivos ligados, dar la quintaesencia de un autor, un estilo, una intención o una biografía entera. De él aprendimos que el cómic era un lenguaje hondo y capaz.

“Usted escribe bien, compa”, me dijo un día siendo yo veinteañero (el ustedismo era su cercanía), pero le pierde el humor. En aquel momento lo encajé con reserva (¿el humor un estorbo?), pero la valoración me fue combustible durante mucho tiempo. Años más tarde, cuando un joven escritor de enorme talento y hoy buen amigo, Jorge de Cascante (su último libro se titula Una ciudad entera bañada en sangre), me preguntó por lo incierto y desconveniente del oficio, le entregué aquello mismo, le plagié a Cuadrado aquellas palabras que entonces ya había entendido: ojo con hacer reír a estos, nunca trates de gustar, no intentes anticipar la reacción del lector y de ningún modo te avengas a ella. Tú solo escribe.

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