“No hay que avergonzarse de ser vanidoso”: el auge de los estándares de belleza masculina imposibles
Las imágenes son familiares: hombres blancos de mandíbula cuadrada, rostros severos, que transmiten fuerza y autoridad. Durante la última semana, mientras Estados Unidos intensificaba su campaña militar en Oriente Medio, el rostro del secretario de Defensa Pete Hegseth ha aparecido en una pantalla tras otra pronunciando la retórica del patriarca guerrero. Es un rostro ya conocido por otras actuaciones: posando en el gimnasio junto a Robert F. Kennedy Jr. para el canal de YouTube del Departamento de Guerra; dando una charla a los militares sobre los «generales gordos»; presentando un programa de fin de semana en Fox News.
Pero aquí, aprovechando la gloria de las tropas, Hegseth presentó la máscara del general —la mandíbula prominente, la mirada inquebrantable— aunque, según sugieren algunos críticos, sin la experiencia militar ni el juicio estratégico que suele acompañar a esa imagen. Donald Trump también ha ofrecido su propia versión del rostro del hombre fuerte: la presencia imponente, blanca e inflexible, aunque últimamente la gente se ha fijado más en su nueva erupción del cuello.
Trump y su gabinete están ejerciendo el poder militarista en el momento preciso en que el rostro masculino blanco se ha convertido en su propio escenario de autoridad. Otros iconos del movimiento Maga (Make America Great Again), como Elon Musk, también han tenido «cambios radicales» públicos. Incluso JD Vance se reinventó políticamente con una barba durante su candidatura al Senado en 2022 para enfatizar su rudeza de clase obrera. Ahora se le conoce en el TikTok chino como el «hombre del eyeliner».
Los rostros de los hombres están más escrutados que nunca, tanto en posiciones de poder cultural como político: en las alfombras rojas, en los primeros planos de la prensa sensacionalista, en las redes sociales y en las películas, series de televisión y anuncios. Sus rasgos son objeto de especulaciones, analizados y diseccionados. ¿Bradley Cooper se ha puesto relleno? ¿Brad Pitt tiene una nueva mandíbula? ¿Ese es Jim Carrey?
El escrutinio del rostro no es nada nuevo, pero históricamente han sido los rostros de las mujeres los que han acaparado la atención de los medios, que suelen cuestionar si se han sometido a cirugía estética y quién parece más mayor, más joven, más gorda o más delgada. En el caso de las mujeres, la homogeneización de los estándares de belleza está bien documentada: antes de tener la «cara Mar-a-Lago» —que sirve para mostrar el trabajo, la riqueza y la blancura que conlleva estar tan pulida, tonificada y conservada—, teníamos la cara de Instagram, con un repertorio de rasgos estereotipados que dificultaban distinguir un rostro de otro.
Pero también se ha producido un cambio paralelo en los rostros de los hombres, hacia algo más esculpido, cuidado y consciente de sí mismo. En los últimos años hemos asistido a una explosión de productos de cuidado personal, «gymfluencers», “body hacks”, carillas dentales («dientes turcos» en Reino Unido, «dientes mexicanos» en Estados Unidos). La cirugía estética también ha entrado en la esfera pública para los hombres, sobre todo en 2021 con el lifting facial del diseñador Marc Jacobs. «No hay que avergonzarse de ser vanidoso», anunció Jacobs, subiendo selfies en los que se veían tubos de drenaje llenos de sangre a ambos lados de su cabeza vendada.
Pero, ¿esto es vanidad? La búsqueda de mandíbulas marcadas y «ojos de cazador» explica en parte el aumento de la proporción de intervenciones de cirugía estética masculina, que han contribuido a un incremento global del 40% desde 2020. Los hombres se preocupan más que nunca por su rostro. Pero, ¿qué es lo que les preocupa?
Esa pregunta le hice a Dan Saleh, destacado cirujano plástico y estético y fundador de The Face Institute en el Beverley Hospital and Clinic de Gateshead. Tras la pandemia, la clínica de Saleh experimentó un notable aumento de las consultas masculinas en comparación con las femeninas: una de cada cinco, en lugar de una de cada diez antes de la pandemia. A sus clientes les preocupan las bolsas en los ojos, la flacidez de la piel y la «papada de Zoom», que se convirtió en un problema con el auge de las videollamadas. Los estiramientos faciales también tienen más demanda, a menudo relacionados con medicamentos GLP-1 como Ozempic, que provocan flacidez en el rostro. Saleh no cree que los hombres se estén volviendo más vanidosos, sino que la cirugía estética forma parte ahora más firmemente del ámbito del «bienestar» y una opción de consumo.
Sin embargo, en este mercado, no todos los rostros son iguales. El contorno de la mandíbula, los ojos de cazador y los rasgos angulosos que impulsan el debate sobre la belleza masculina representan una estética occidental europea que se está universalizando a través de los algoritmos de las redes sociales y la cirugía estética. Si interpretamos el nuevo interés por los rostros masculinos como vanidad, como un producto inevitable de las redes sociales o incluso como una especie de schadenfreude basado en el género —con los hombres experimentando lo que las mujeres han soportado durante siglos—, estamos pasando por alto lo importante. Y es que, aunque el rostro se ha convertido en un objeto de consumo tanto para hombres como para mujeres, los motivos y las consecuencias son diferentes.
Los rostros de las mujeres siempre se han valorado en términos de belleza. Los rostros de los hombres pueden ser admirados por su atractivo visual, pero también son figuras representativas, tanto literal como simbólicamente, y centros de poder político. Incluso más que la cara Mar-a-Lago, los rostros masculinos nos muestran el impacto del neoliberalismo en nuestra política, en nuestras pantallas y en las consultas de nuestros cirujanos.
No podemos entender ni explicar esto sin recurrir a la historia olvidada del rostro humano. Durante siglos, como muestro en mi libro The Face: A Cultural History [El rostro: una historia cultural], los rostros se han utilizado para evaluar el valor humano. Antes de la «raza», la blancura y la simetría se celebraban en la Biblia y en el mundo clásico; Isaías 1:18 proclama «aunque vuestros pecados sean como la grana, quedarán blancos como la nieve», mientras que Aristóteles afirmaba que la piel negra era sinónimo de cobardía. La fisonomía también encontró «pruebas» de que la moralidad, la inteligencia y la virtud de una persona se reflejaban en la forma de su nariz y la curva de su frente.
Estas reglas se introdujeron en el arte y la cultura, así como en la acuñación de monedas. Aristóteles decía que los hombres con ojos pequeños carecían de visión y que los que tenían barbillas débiles eran malos líderes; en consecuencia, la acuñación de monedas de su discípulo, Alejandro Magno, mostraba de perfil la mirada abierta y la mandíbula decidida del líder.
Las figuras decorativas no pretendían capturar el realismo, la personalidad o la belleza convencional. Las arrugas, las cejas fruncidas y la piel flácida eran signos de autoridad, reflejando la convención artística del verismo —la representación hiperrealista de cada línea, arruga e imperfección— que en el retrato romano hacía de la edad y la experiencia signos visibles de autoridad y aptitud para gobernar. No era así en el caso de las mujeres, que ocasionalmente eran esculpidas, pero en gran medida como adornos para los hombres, con rostros estilizados a imagen de las diosas.
Aparte de los gobernantes, muy pocas personas veían representados visualmente sus rostros en la antigüedad. Tampoco estaban familiarizadas con sus propios rostros: antes del siglo XVI, la mayoría de las personas nunca se habían visto en un espejo (no sería hasta el siglo XIX cuando la producción en masa lo popularizó).
A partir del Renacimiento se prestó más atención a los rostros, ya que el humanismo los consideraba reflejos de la verdad interior. El retrato pasó a centrarse en el parecido psicológico; la fisonomía era importante, pero también lo era el realismo. Un mentón fuerte, una mirada firme y la simetría seguían siendo signos de juicio, racionalidad y liderazgo. Lo mismo ocurría con la blancura: a medida que la expansión colonial revelaba rostros humanos más diversos, la blancura se codificó como un signo de «civilización».
Esta codificación se intensificó en el siglo XVIII, cuando el retrato presentaba la blancura como biológica y moralmente superior. Los mercados masivos del consumismo y la cultura urbana reforzaron el «cuidado personal» como prueba de la civilidad masculina: una barba y unas cejas bien cuidadas eran, junto con la piel blanca, signos de riqueza, ocio y respetabilidad.
A medida que surgían nuevas tecnologías relacionadas con el rostro, estas se extendían por todas las jerarquías existentes, al igual que lo harían las redes sociales. Las jerarquías raciales y de belleza tradicionales se vieron reforzadas por la fotografía, lo que permitió a los antropólogos crear mediciones cada vez más elaboradas para respaldar las nociones de supremacía blanca. Francis Galton, fundador de la eugenesia, utilizó la fotografía compuesta para crear «tipos criminales» y «tipos raciales», clasificando el valor humano según los rasgos faciales. Los rostros negros se interpretaban como prueba de «salvajismo», mientras que los rostros blancos significaban «civilización», códigos que se han incorporado a los algoritmos sesgados del reconocimiento facial moderno.
El nacimiento de Hollywood y de la publicidad amplificó la celebración del rostro perfecto. El primer plano lo cambió todo. Pionero en los inicios del cine, aportó una intimidad sin precedentes a los rostros, revelando poros, asimetrías y los más mínimos destellos de emoción: un labio tembloroso, un ligero temblor. Esto se vendió como autenticidad, pero también magnificó cada defecto y estableció nuevos estándares imposibles. El primer plano prometía verdad al tiempo que exigía perfección, y la industria respondió con nuevas tecnologías de control: maquillaje, iluminación, lentes de enfoque suave y, en la década de 1950, cirugía estética.
Hoy en día podemos observar los mismos factores en la valoración de la belleza masculina. Instagram promueve ideales fisiognómicos pseudocientíficos, como las mandíbulas cuadradas en los hombres, como «naturales» y deseables, alegando que utiliza el antiguo principio de la «proporción áurea» para definir lo que se considera atractivo, centrándose en la forma y la posición de la nariz, la mandíbula y los ojos para determinar el rostro ideal y simétrico.
Esta información también se ha incorporado a los sistemas de IA, dando forma a sus algoritmos, y ha sido adoptada por muchos cirujanos plásticos como la verdad absoluta. Pero debe ser desmentido: la simetría no es lo único que hace que un rostro sea atractivo, y la proporción áurea es un concepto estético occidental europeo obsoleto.
La fisonomía también ha vuelto injustificadamente: cada día juzgamos quién es digno de confianza y quién no, basándonos en marcadores aceptados que a menudo son fundamentalmente racistas. También está presente en forma digital, en los algoritmos de IA desarrollados para «leer» los rostros e inferir emociones, rasgos de carácter, orientación sexual y criminalidad. Cesare Lombroso, el criminólogo italiano del siglo XIX que creía que los «criminales natos» eran identificables por su estructura facial, estaría orgulloso.
Junto con los cirujanos plásticos y los influencers de las redes sociales, los psicólogos evolutivos han reforzado y reciclado los valores faciales tradicionales, afirmando que las mujeres se sienten «naturalmente» atraídas por los ojos de cazador, los mentones marcados y los niveles elevados de testosterona. Se presentan ideales históricos específicos como algo natural e inmutable. Pero la suposición de que los rasgos «depredadores» equivalen a aptitud genética dice más de nuestro momento cultural que de la naturaleza humana.
Seamos realistas, si la atracción estuviera programada genéticamente, todos seguiríamos enamorándonos de las pantorrillas bien torneadas y cubiertas de seda de un comerciante del siglo XVIII y encontraríamos que las pelucas empolvadas son lo más sexy. Las barrigas gordas eran deseables en épocas de escasez, y las patillas eran deseables en los caballeros victorianos mucho antes de que las recuperaran los hipsters de Hoxton.
La tendencia actual hacia un ideal juvenil y abiertamente masculino es un signo de nuestros tiempos. La lógica del neoliberalismo es que nos tratemos a nosotros mismos como proyectos que requieren una inversión y una mejora constantes. No es de extrañar que haya transformado el rostro masculino en capital: es un activo comprensible (pero depreciable), como las criptomonedas, en un mundo en el que el poder se percibe como algo abstracto y fuera de nuestro alcance.
La lógica del neoliberalismo es que nos tratemos a nosotros mismos como proyectos que requieren una inversión y una mejora constantes. No es de extrañar que haya transformado el rostro masculino en capital: es un activo comprensible (pero depreciable),
Por eso no es solo el rostro masculino, sino un tipo concreto de rostro masculino, el que acapara toda la atención. La «experiencia» que se refleja en las arrugas no es necesaria en la era de las startups; el estatus ya no está garantizado por la experiencia, la propiedad de tierras o los cargos institucionales.
Esta lógica es especialmente poderosa en la «manosfera», donde existe un nexo entre el «looksmaxxing» [maximización de la apariencia] y el nacionalismo blanco. Pero incluso fuera de la «manosfera», la blancura sigue siendo influyente. Puede que todos los rostros sean mercancías, pero no todos tienen el mismo valor a la hora de vender un producto, una película o una ideología.
Los rostros blancos, por haber sido siempre la norma con la que se juzga a los demás, se consideran neutros y más fáciles de dotar de significados diversos. Quizás por eso la nueva generación de galanes de Hollywood —Jacob Elordi, Timothée Chalamet, Austin Butler— encarna una estética masculina similar: blanca, simétrica y angulosa. Además, todos ellos han sido elegidos para interpretar a protagonistas románticos melancólicos, en Saltburn, Bones and All y The Bikeriders, respectivamente, que proyectan una fantasía de depredación: deseables, pero peligrosos. Estos rostros no son del todo nuevos. Se hacen eco de un arquetipo más antiguo —la autoridad impasible y cincelada de un Clint Eastwood antes de que el tema del género se complicara—, filtrado a través de los algoritmos de Instagram y optimizado para una época que exige que el poder masculino sea inflexible y se pueda comprar.
No todos los rostros se ajustan al tipo. Por cada Jacob Elordi habrá un andrógino David Bowie, un Steve Buscemi «feo-sexy» y un musculoso Dwayne «The Rock» Johnson. Pero el rostro blanco, anguloso y de Europa occidental que representa el neoliberalismo moderno se considera lo suficientemente neutro como para ocupar el espacio central. También es lo suficientemente fluido como para convivir con las contradicciones.
Lo cual nos lleva de nuevo a JD Vance. Esa barba tan cuidadosamente recortada podría transmitir una masculinidad ruda a una base política que idealiza los roles de género «tradicionales» y se burla de la idea del género como algo que se representa. Pero el propio rostro de Vance —y sus ojos, aparentemente marcados por las arrugas— es pura representación. En un registro diferente se sitúa el de Hegseth: un cuerpo esculpido en el gimnasio, una mirada fija, listo para las cámaras. El propio rostro de Trump cuenta una historia diferente —el bronceado de los años 80, el pelo a punto de caer, la base de maquillaje que se detiene en la línea de la mandíbula—menos guerrero de mandíbula cuadrada que soberano pintado. El rostro masculino de la autoridad nunca es solo naturaleza, sino también teatro, mercado, significado y espectáculo.
La doctora Fay Bound-Alberti es profesora de Historia Moderna en el King’s College de Londres y su libro The Face: A Cultural History ha sido publicado por Allen Lane en Reino Unido.
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