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Pagarle los estudios a quien no tiene nada: “En todos lados hay talento, pero no en todos hay dinero”

Los alumnos premiados por la Fundación Dádoris, en 2023.

Gemma Barra

28 de septiembre de 2026 22:50 h

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Andrés Tamargo y Laura González querían estudiar una carrera universitaria, pero su situación económico-familiar era compleja. Pese a que eran excelentes alumnos en las etapas educativas inferiores, nadie les podía garantizar el acceso universitario: había talento, pero no dinero.

En un mundo alternativo, estos jóvenes podrían haber visto frustrados sus sueños, pero apareció Dádoris. Hoy Andrés es físico y trabaja en Zúrich y Laura es psicóloga en un hospital público de Madrid.

La fundación Dádoris nació en 2018 con el propósito de “apoyar el talento, el esfuerzo y la meritocracia” de aquellos que se encuentran en entornos económicos muy precarios —especialmente por debajo del nivel uno de pobreza de la administración—. “Comenzamos en 2018, que entregamos cinco becas a chicos de Castilla y León”, relata Pedro Alonso, presidente y uno de los cofundadores, que añade poco después la cifra de becados este curso: 103.

Uno de los becados de este curso es Álvaro Payo, un joven bailarín que estuvo a punto de quedarse sin una oportunidad en la English National Ballet School, una de las escuelas más prestigiosas, por la falta de recursos. Alonso explica que gracias a elDiario.es se enteraron de su caso: “Leímos la noticia, nos pusimos la pilas y contactamos con la madre del chico. Pensamos: 'No se puede perder este talento'. Y ya está en Londres, estudiando, bailando y aprendiendo”.

Álvaro Payo en el Gran Teatro de Cáceres

Andrés pertenece a la segunda generación Dádoris. Llegó a España desde Venezuela y comenzó el bachillerato. Aunque el proceso migratorio fue “sencillo”, la situación laboral de su padre era compleja: “Intentó buscar trabajo, pero tiene casi 70 años. No pudo encontrar y tuvo que regresar a Caracas”.

Aunque se quedó solo con su hermana en Madrid, encontró refugio en otra familia: “Iba a hacer selectividad y un amigo mío del instituto me ofreció quedarme en su casa, porque no teníamos ni un sitio donde quedarnos”. Gracias al ese amigo encontró la fundación: “La empresa de la madre de él colabora con ella y me comentó que al ser buen estudiante y tener pocos recursos, tenía que aplicar porque reunía las condiciones”.

Laura llegó a Dádoris algo más tarde y por una búsqueda intensa por internet. La joven dependía económicamente de sus hermanos, “sobre todo del mayor”, y cuando perdió el trabajo a raíz de la pandemia, tuvo que buscar alternativas para que pudiera continuar la carrera que ya había empezado: “Estudiaba en Salamanca y había que pagar el alquiler, más el de nuestra casa de Valladolid. Tuve miedo de no poder continuar, pero apareció la fundación”.

Las dotaciones económicas oscilan “entre los 5.000 y 6.000 euros”, según explica el presidente, lo que equivale a unos 600 o 700 mensuales, que suelen sumarse a las becas del Estado. Dependiendo del caso, algunos jóvenes pueden recibir 3.000 o 10.000 euros en total.

“Me impulsaba a sacar lo mejor de mí”

La ayuda va más allá de lo económico y se centra especialmente en apoyar a los jóvenes. “El 90% de ellos son los primeros universitarios en sus familias, con lo cual son terrenos ignotos para ellos. Entonces, les garantizamos tutorización”, relata Alonso. Mediante ellas asesoran a los chicos y les explican “lo importante que es formarse, aprender idiomas, hacer prácticas, mejorar el currículo, etc”.

Andrés y Laura tuvieron mentores y relatan que fue una gran experiencia. “Iba sacando las asignaturas, pero tenía miedo de que no me renovasen la beca, y siempre me comprendió”, cuenta Laura sobre su tutora Eva. Además, también le recomendaron que buscara una guía en su carrera: “Contacté con mi profesora de psicobiología y pude participar en proyectos, colaborar en investigaciones e hice el TFG con ella”.

Laura González, psicóloga de un hospital público de Madrid y una de las jóvenes que recibió la beca de la Fundación Dádoris

El mentor de Andrés, Luis, fue clave en su proceso. El joven relata que siempre estaba dispuesto a apoyarle: “Me guiaba en mi carrera profesional. Si algún examen me salía mal, ahí estaba él. Si me mudaba de piso, él me ayudaba”. Incluso le impulsó a realizar un Erasmus a Reino Unido: “Yo estaba dudando y él siempre me empujó. Me empujaba a sacar lo mejor de mí”, también a marcharse después a Suiza. A día de hoy mantienen una relación “excelente”, trata de “visitarlo cada vez que viene a Madrid” y es “casi un segundo padre”.

Un físico y una psicóloga

Andrés terminó Física en la Universidad Autónoma de Madrid y después se fue a Zúrich a cursar un máster a la ETH, también financiado por la fundación. Hoy tiene 26 años y continúa en la ciudad suiza trabajando a tiempo completo. El joven explica que sin Dádoris “no habría podido alcanzar ni el 50% del potencial” y las oportunidades en otros países habrían sido “imposibles” de aprovechar.

Andrés Tamargo, físico en Zurich y uno de los jóvenes que recibió la beca de la Fundación Dadóris.

Laura acabó en 2024 la carrera de Psicología y regresó a Valladolid. Decidió prepararse la oposición del PIR (Psicólogo Interno Residente) y se presentó a una primera convocatoria en enero de 2025, que suspendió “por el poco tiempo que llevaba estudiando”. Tras estudiar un segundo año intensamente y realizar “muchos simulacros”, logró obtener una plaza. La joven vallisoletana se mudó a Madrid y, en junio, comenzó a trabajar como psicóloga en un hospital público de la capital.

Sobre la fundación, Laura cuenta que sin ella “todo habría sido muy diferente” y, además de la ayuda económica, valora positivamente las amistades realizadas y destaca un momento concreto: “Hace dos años me propusieron hacer el himno de la fundación y fue muy guay, me hizo muchísima ilusión”.

El voluntariado desde la empatía y el relevo generacional

Dádoris se organiza única y exclusivamente con personas voluntarias y mediante aportaciones económicas de particulares y de empresas. Según el presidente, no se acepta financiación pública de ninguna instancia, con el fin de mantener la independencia: “Ni de ayuntamientos, ni de diputaciones, ni nada, en absoluto”.

No cuenta con empleados, ni contratados en ninguna de las áreas, puesto que “todos los fondos van destinados a los estudiantes”. Un total de 352 personas voluntarias lo organizan y, aunque admite que “era un desafío”, “no hay nada más motivador que te digan que algo es imposible”.

Las personas voluntarias lo son “por empatía” y destaca que quienes son solidarios en temas educativos lo suelen ser “porque tienen una sensibilidad especial y creen que es la mejor palanca, en una sociedad desarrollada, para que podamos seguir progresando”.

Estos valores tratan de inculcarse a los chavales. Aquellos que reciben la beca tienen la obligación de realizar 50 horas de voluntariado al año y tiene como objetivo “devolver parte de lo que están recibiendo”. Alonso insiste en ello: “No queremos gente que diga: 'Me lo merezco porque la vida me ha tratado muy mal', sino que piense: 'Yo estoy recibiendo y esto es lo poquito que puedo dar'”.

Laura desarrolló actividades de voluntariado antes, durante y después de la etapa universitaria. Ofrecía apoyo académico a niños en exclusión social, tanto en Valladolid como en Salamanca, y realizó diversos voluntariados internacionales en Rumanía y Hungría.

Andrés fue voluntario en múltiples áreas: “Acompañamiento a personas con discapacidad, mentoría y apoyo escolar y gestión de proyectos solidarios”. Aunque ahora no realiza ninguna actividad de voluntariado por “falta de tiempo”, desempeña donaciones “a la propia fundación y a otras organizaciones”.

La idea, según Andrés y Pedro, es que el relevo generacional de la fundación lo asuman los jóvenes que pasaron por ahí. “Estos chicos podrán decir: 'Oye, yo he podido estudiar porque estoy en un país desarrollado basado en el esfuerzo y el talento generaciones anteriores y yo voy a seguir tomando ese relevo'”. Coincide Andrés, quien además desea aportar su granito de arena: “Quiero hacer lo mismo en el futuro, ayudar a talento que no tienen recursos, darles apoyo y mi perspectiva de cómo superar estos retos. El objetivo es tomar la fundación, cuando los que están ahora ya se retiren”.

El origen de Dádoris

La fundación fue creada por un grupo de 25 cofundadores, que eran amigos entre sí y que estaban jubilados o prejubilados. Pedro Alonso, uno de ellos, explica que el objetivo era que “no fuera un proyecto personal” y que surgió tras “detectar una necesidad”.

La premisa inicial era: “En todos lados hay talento, pero no en todos hay dinero”. Para comprobarla, pensaron: “Vamos a hacer una prueba”. Y después de un año operando en Castilla y León, “la rueda ha ido creciendo”.

En apenas ocho años y medio, la fundación ha pasado de atender a cinco jóvenes a más de 100, pero los requisitos siguen siendo los mismos tanto para obtenerla, como para renovarla: excelencia académica, precariedad económica —estar por debajo del nivel uno de pobreza—, realizar las 50 horas de voluntariado anuales y un compromiso ético de devolución futura. Este último consiste en “un compromiso ético, que cuando les vaya bien, devuelvan lo que han recibido en forma de ayuda a otra persona que esté en esa situación”.

Al ver a los jóvenes egresados o cumpliendo sus metas, Alonso siente una “profunda satisfacción” y “una alegría enorme”. Compara esta sensación con el momento en el que sujetó a sus hijos en brazos por primera vez: “Pasa de ser un tema intelectual o emocional a algo instintivo”.

La evolución es “brutal”, insiste el presidente: “Primero ves a un chico de 17 o 18 años que ves que no sabe si va a estudiar porque no te conoce, porque no sabe que le vas a ayudar. Y luego, 5, 6 o 7 años después, está haciendo un máster de física cuántica en el Instituto Tecnológico de Zúrich, publicando sus artículos y la vida le va extraordinariamente bien”.

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