La obesidad crece pese a la conciencia alimentaria: “Tener más información no implica hábitos saludables”
Miles de vídeos en TikTok e Instagram de recetas, productos y consejos alimentarios, que sus creadores tildan como “sanos” o “saludables”. Mientras, los usuarios comparten sus rutinas del gimnasio o las rutas y kilómetros de Strava. Las redes sociales parecen haberse convertido en un escaparate de buenos hábitos, lo que invita a pensar que la población española está cada vez más concienciada sobre la importancia de una rutina adecuada. Sin embargo, los últimos datos del Instituto Nacional de Estadística (INE) apuntan en otra dirección: la obesidad ha aumentado en España.
El 17,2% de las personas mayores de 18 años presentaba obesidad en 2025, frente al 15,2% de 2023, lo que supone un incremento de dos puntos porcentuales y un dato “preocupante”, para Montse Prados, miembro del grupo de obesidad de la Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición (SEEN). Y más de la mitad de la población española (el 54,4%) tiene un peso por encima del considerado como “normal”, lo que se denomina sobrepeso.
Pero, ¿por qué aumentan estos índices si hay tanta información disponible y conciencia sobre alimentación y salud? “Tener más información no significa necesariamente tener más posibilidades de mantener hábitos saludables”, sintetiza Prados.
Las especialistas consultadas coinciden en que la obesidad no puede explicarse por una “una mala alimentación, falta de voluntad o sedentarismo”, como suele asociarse de forma estigmatizante. En su desarrolla intervienen factores genéticos, hormonales, psicológicos, sociales y ambientales. “Normalmente, coexisten varias de estas causas”, explica Natalia Pérez Ferré, médico especialista en Endocrinología y Nutrición del Hospital Clínico San Carlos.
Aunque exista conciencia sobre lo que se consume, luego debe trasladarse a la práctica y eso “igual no es tan fácil”, relata la dietista Amparo Casañas. “El propio entorno, lo que nos ofrece el supermercado y el estrés del trabajo hacen que luego la vida te coma literalmente”, apunta. Por ejemplo, “hay personas que no tienen tiempo de preparar de comer o no tienen habilidades culinarias suficientes para variar el repertorio dietético”.
La “infoxicación” alimentaria
Las redes sociales, según las expertas, han facilitado el acceso a la información sobre nutrición y salud, pero también han multiplicado los mensajes contradictorios. “En ocasiones, determinados alimentos se presentan como imprescindibles para adelgazar o, por el contrario, se demonizan grupos completos de alimentos sin una justificación científica”, advierte Prados.
Casañas describe este exceso de contenido como “infoxicación” y expone una ponencia en la que un investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) mostró un vídeo de una creadora de contenido que mezclaba conceptos sobre los alimentos integrales y el gluten. “Al final, la gente se lo cree”, señala.
El error de estas informaciones reside tanto en su origen como en su carácter reduccionista. “Se promocionan dietas muy restrictivas, productos supuestamente milagrosos o estrategias nutricionales que se presentan como válidas para toda la población, sin tener en cuenta las características individuales”, alega Prados.
Esta desinformación “no es la causa del aumento de la obesidad”, valora Pérez Ferré, que subraya la parte positiva de las redes: “Eligiendo bien a las fuentes, pueden ser de gran ayuda para la población”. Desde la SEEN insisten en la necesidad de facilitar información basada en la evidencia: “Muchas veces resulta difícil distinguir el conocimiento científico de las modas, las opiniones personales o los intereses comerciales”.
La presión estética
El exceso de peso se distribuye de forma desigual entre la población. Según el INE, el 61,4% de los hombres presentaba sobrepeso u obesidad en 2025, frente al 47,6% de las mujeres.
Además de los factores biológicos —que condicionan la composición corporal y la distribución del tejido adiposo— las especialistas reconocen la presión estético-social en las mujeres. “Estamos sometidas a unos cánones y no nos gusta vernos gordas. Suena bastante duro, pero estamos en lucha con nuestro propio cuerpo”.
Esta circunstancia lleva también a que ellas acudan a los especialistas antes que los varones. “Me llama la atención el retraso con el que consultan los hombres por propia voluntad. Normalmente, porque les ha remitido otro médico”, relata la doctora Pérez Ferré, quien contrapone la situación con el otro género: “Las mujeres suelen consultar precozmente y sin enfermedades todavía asociadas a la obesidad. Puede ser por el autocuidado, la presión social y la importancia a la imagen corporal”.
Las expertas mantienen que esta distinción entre las cifras debe cogerse “con pinzas”, porque son estimaciones poblacionales, según la SEEN. La doctora del Hospital Clínico San Carlos también lo explica: “La diferencia de sexos no debe tomarse de forma estricta porque otros años no ha salido tanta brecha y en otros países es más en mujeres. No siempre se cumple este patrón”.
“La obesidad también refleja desigualdades sociales”
El ingreso económico también condiciona el estilo de vida. La SEEN hace referencia a la Encuesta de Condiciones de Vida de 2025: “Los datos del módulo de salud muestran que la obesidad afecta al 17,3% de las personas del grupo con menores ingresos, frente al 10.8% de las del grupo con mayores”.
Desde el acceso a alimentos de calidad, el tiempo disponible para cocinar o realizar actividades físicas, la calidad del descanso y la posibilidad de acceder a determinados recursos sanitarios, “el nivel socioeconómico condiciona”, alega Prados, que insiste: “La obesidad también refleja desigualdades sociales”.
Por ello, las expertas matizan que “debemos evitar responsabilizar a las personas por decisiones que, en muchas ocasiones, están condicionadas por sus circunstancias económicas y sociales”. Para Pérez Farré las redes sociales ayudan, precisamente, a reducir estas percepciones: “Pueden contribuir a mejorar esta tendencia, sobre todo están insistiendo en el mensaje de no estigmatizar”.
Terapias y políticas públicas
Ante el aumento de exceso de peso, la SEEN indica que es necesaria una estrategia de salud pública: “No es suficiente con recomendar a la población que coma mejor y realice más ejercicio”. Para Prados, esta pasa por “facilitar el acceso a una alimentación saludable a los grupos socioeconómicos más vulnerables, promover entornos que faciliten la actividad física e insistir en prevención e identificación precoz”.
En cuanto a las recomendaciones más habituales, Pérez Ferré menciona “la dieta mediterránea y la incorporación de actividad”, pero también el abordaje farmacológico: “Han aparecido ya bastantes y son unas hormonas que nosotros mismos segregamos. Se llaman análogos GLP-1 y consisten en terapias basadas en incretinas que ayudan a la persona con obesidad a seguir un estilo de vida saludable”. Varias han demostrado su eficacia para la pérdida de peso, como Mounjaro o Wegovy, pero todavía no están financiados por la sanidad pública.
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