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Los 'sisi', jóvenes que estudian y trabajan, pero no descansan: “Llevo cuatro años sin tener más de dos días libres”

sisis jovenes

Gemma Barra

29 de agosto de 2026 21:46 h

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Salir de la universidad, pasar por casa a comer y cambiarse de ropa, y volver a salir para comenzar la jornada laboral. Así cada semana y sin interrupción alguna: cuando no hay clase, toca trabajar un par de horas más y los días libres se emplean para estudiar o adelantar entregas. La rutina incesante de faena, académica y laboral, convierte el día a día en “un nivel de estrés insuperable” para los 'sisi', los jóvenes que sí estudian y sí trabajan.

El porcentaje de jóvenes que no ejecuta ninguna de las actividades continúa descendiendo en España. En 2025, el 11,5% de las personas de entre 15 y 29 años se encontraba en esta situación, según los datos de la Encuesta de Población Activa (EPA) del Instituto Nacional de Estadística (INE). La cifra se ha reducido de forma notable en la última década: en 2015, el porcentaje de 'ninis' era del 19,4%.

El descenso ha ido acompañado de un aumento de quienes compaginan ambas labores, los denominados como 'sisi'. En 2026, el 33% de los jóvenes entre 16 y 29 años estudian y trabajan simultáneamente, frente al 26% que lo hacía tras la pandemia.

Aunque el verano suele asociarse con el disfrute, ellos no lo hacen. “Para mí el verano no es sinónimo de descanso, es un momento para ahorrar”, relata Marta Sánchez, de 24 años, una estudiante de cuarto de Periodismo y trabajadora en la hostelería. “La gente que viene aquí –al restaurante donde trabaja en Vejer de la Frontera– viene a disfrutar, a consumir, a pasear, a descansar... Sinceramente, no sé lo que es eso”, profundiza, e insiste: “Para mí, agosto es una tortura”.

Los jóvenes explican que el tiempo que durante el curso emplean para estar en clase, en verano lo suplen con más trabajo para, precisamente, financiar el curso académico. “Llego a Palma, comienzo a trabajar y enseguida pienso en que todo lo que voy a ganar estos meses, lo voy a usar para pagar el alquiler”, explica Lucía Cabello, procedente de la capital balear y estudiante de Estudios Ingleses en la Universidad Complutense de Madrid (UCM).

Sin embargo, su rutina en el curso académico no es mucho mejor: “Ha habido épocas en las que compaginaba dar clases de inglés, particulares y en una academia, con trabajar en un supermercado e ir a clase”.

Alberto Navarro discrepa con las jóvenes sobre el verano, porque “es mucho más tranquilo”, asegura. El joven de 22 años, que estudia Turismo y Administración de Empresas en la Universitat de les Illes Balears (UIB), lleva cuatro años estudiando y trabajando simultáneamente, antes como recepcionista en un hotel y ahora como auxiliar administrativo en el mismo. Aunque asegura que en el periodo estival “tiene más tiempo para organizarse”, “no hay ninguno en el que tenga un descanso del 100%”.

“Los 'sisi' cambiamos una actividad por otra”, sintetiza Alberto y coincide Marta Sánchez, quien trabaja como coctelera por las tardes y limpia casas por las mañanas: “Siempre crees que se puede hacer un poquito más y que se pueden abarcar más cosas”.

Marta Sánchez, que estudia Periodismo y trabaja en la hostelería, elabora un cóctel.

Los tres explican que llevan mucho tiempo “sin tener nada que hacer” y lamentan el largo periodo sin descanso. “Llevo tres años sin vacaciones y las últimas que tuve fueron cuatro días, un puente largo, vaya”, relata Alberto Navarro. Explica que tener dos días libres “ayuda a sobrellevarlo mejor”, pero incide en que a nivel mental “estás agotado y no puedes desconectar nunca”.

Al ser preguntada por el tema, Marta Sánchez pide tiempo para pensar la respuesta porque “no lo recuerdo”. “Más de dos días sin tener nada que hacer, de poder dedicarlos completamente a ocio y tiempo libre, no he tenido nunca en estos cuatro años”, explica finalmente.

Las secuelas de ser un 'sisi'

El tener “siempre algo que hacer” genera consecuencias. “¿A quién no le afectaría?”, plantea Lucía y explica: “En mi carrera no hay que estudiar muchísimo, pero sí es una carga de trabajo, sobre todo de lecturas, muy grande. No tenía tiempo y había épocas en las que tenía que quedarme la noche entera en la biblioteca y luego me quedaba dormida en clase”.

Eso afectó a su rendimiento académico: “Me ha bajado un montón la media y me preocupa no poder acceder a ciertas becas, que otra gente que no trabaja sí puede acceder porque puede dedicarle el tiempo a estudiar”.

Lo mismo le ocurrió a Alberto, quien admite “haber suspendido algún examen por no estar concentrado”, y a Marta: “Te fijas en la meta laboral y vas dejando atrás la académica y cuando quieres darte cuenta, entra el agobio”. La estudiante de Periodismo en la Universidad de Sevilla explica que, pese a “intentar controlarlo”, hay veces que “no llegas bien a la segunda meta, porque no te ha dado tiempo”.

Aunque el sueño es el primero sacrificado —“dormía cuatro horas diarias”, cuenta Marta-— los jóvenes también renuncian a otras muchas cosas: “A hacer planes, a cuidar de los míos o incluso a darme una ducha tranquila”. “No puedes ver a tu gente, te piden tiempo que no puedes darles”, narra Lucía. Y coincide Alberto: “Es muy complicado organizarse y coordinarse para hacer planes”.

Incluso cuentan que el cuidado personal pasa a un segundo plano. “Cuando estás sometido a tanto estrés, necesitas tiempo para ti. Pero no lo tenemos ni para una ducha tranquila con un buen lavado de pelo. Aunque lo necesitamos, pensamos: 'No, no, tengo otras cosas que hacer'”. Lucía salía de clase, cogía las cosas del trabajo y se iba, sin tiempo siquiera para comer.

Lucía Cabello adelanta una lectura de la universidad en un hueco libre.

El precio de la vivienda y la independencia, principales causas

Reconocen haber hecho “malabares” para tratar de llegar a todo. Saltarse alguna hora de clase o trabajar y asistir a la universidad simultáneamente, son algunas de las estrategias. Pero llegar a esta situación “no es por avaricia económica, sino por necesidad”, cuenta Marta.

“Las circunstancias familiares te empujan a ello. Comienzas diciendo: 'Voy a poner mi granito de arena y así ayudo a mis padres e intento cubrirme mis estudios' y una vez que entras, no sales”, relata la vejeriega y coincide el resto.

Ambas jóvenes estudian fuera de su residencia familiar, cuestión que “no es barata” al tener que “pagar el alquiler y cubrir los gastos de consumo”. Aunque Alberto vive con su familia, trabaja para “poder pagarse la matrícula” y “ser más independiente”. “No quiero suponerle un gasto a mis padres”, matiza.

Alberto Navarro estudia Turismo y Administración de Empresas y trabaja como auxiliar administrativo.

Darío Hernández, galardonado con el premio Joven Canarias 2021 y medalla al mérito ciudadano de la isla de la Palma 2023, considera que los 'sisi' surgen por las condiciones socioeconómicas: “Es ahogante vivir en cualquier capital de provincia”. Hernández sostiene que “los gastos de alquiler y de manutención” meten a la juventud en una “precariedad absoluta”: “Todo eso hace que no podamos vivir con holgura y tengamos que estar trabajando y estudiando a la vez”.

La vivienda se está comiendo los sueños de toda una generación. Nos está quitando la capacidad de imaginar lo que queremos y de trabajar por ello

Andrea Henry Presidenta del Consejo de Juventud de España

La presidenta del Consejo de Juventud, Andrea Henry, coincide con ellos y subraya una causa sobre el resto: la vivienda. “El precio de los alquileres es insostenible y la gente joven tiene menos poder adquisitivo, por lo tanto, si no trabaja, no puede permitirse estudiar”. Considera que este aspecto también influye en las aspiraciones de los jóvenes: “La vivienda se está comiendo los sueños de toda una generación. Nos está quitando la capacidad de imaginar lo que queremos y de trabajar por ello”.

Tras el estigma, datos e historias personales

Ante los datos y sus situaciones personales, los jóvenes responden a aquellos que aseguran que “los jóvenes no hacen nada” o es “una generación débil”. “Creo que generalizan y prefieren quedarse con lo malo. Hay muchos que estamos esforzándonos para no ser un peso extra para nuestras familias”, relata Alberto.

Marta y Darío apuestan porque estas personas “analicen de verdad y observen a su alrededor”. “Que no miren a los jóvenes de forma superficial y no juzguen sin saber lo que hay detrás”, explica la joven de Vejer y el canario concluye: “Tienen que sumergirse en la juventud para que se les caiga la venda de los ojos y vean que hay jóvenes en este país que estamos verdaderamente empeñados en sacar adelante un futuro mejor”.

Tienen que sumergirse en la juventud para que se les caiga la venda de los ojos y vean que hay jóvenes en este país que estamos verdaderamente empeñados en sacar adelante un futuro mejor

Darío Hernández Premio Joven Canarias 2021 y medalla al mérito ciudadano de la isla de la Palma 2023

Henry explica que este estigma persiste porque “social y sociológicamente siempre hay una idea que la generación joven actual es peor que la que hubo cuando la persona que lo dice era joven”. Explica que “tendemos a romantizar la etapa de la juventud”, pero esta percepción “no es real”.

Un futuro “incierto”

Aunque se esfuerzan para sobrevivir al presente y labrar un futuro mejor, no son muy optimistas y muestran cierto escepticismo con la meritocracia. “Muchas veces relacionamos que tenemos trabajo y estudio con que vamos a tener más oportunidades. Realmente no es así, no por hacer más, habrá más posibilidades”, lamenta Marta, que define el futuro como “incierto”.

Lucía Cabello se plantea hacer un doctorado tras finalizar el máster, que comenzará en septiembre, pero no sabe si podrá: “Estamos asustados, porque cada vez hay más recortes para la educación pública, mientras suben los alquileres. Quita las ganas hacer carrera universitaria pensando que tendré que compaginarlo con dos trabajos”.

Se refiere también a las futuras generaciones y su acceso a la universidad: “Mucha gente joven que quiera estudiar tendrá que trabajar a la vez y eso hará que mucha gente no quiera. Entonces, será inaccesible el derecho a la educación y solamente la gente con poder adquisitivo podrá ser educada”.

Mucha gente joven que quiera estudiar, tendrá que trabajar a la vez y eso hará que mucha gente no quiera. Entonces, será inaccesible el derecho a la educación y solamente la gente con poder adquisitivo podrá ser educada

Lucía Trabajadora y estudiante

El Consejo de Juventud también hace hincapié en ello: “Todo lo que sea disminuir el acceso a la educación por una cuestión socioeconómica y material, siempre nos preocupa. En los últimos meses, estamos viendo que la decisión está mediada por esta cuestión, los sueldos no dan para más”.

Aunque Alberto trata de mantener la esperanza, reconoce que, en según qué parte del mundo y en qué posición trabaje, tendrá que “tener dos trabajos”: “Aquí en Mallorca tengo la suerte de vivir con mi familia, porque si no, no llegaría a final de mes”. Ante el futuro: “Esperanza y ansiedad, más de la segunda que de la primera ahora mismo”.

La presidenta del Consejo de Juventud achaca esta percepción a diversos factores. “Vivimos en una sociedad que deja sistemáticamente olvidada a las personas jóvenes”, menciona y señala los “eventos históricos” con los que ha crecido la juventud, que invitan a pensar que “el futuro, quizás, no es tan bonito”. Henry sintetiza que el “contrato social” que había entre generaciones –en el que el esfuerzo “tenía una recompensa”– “se ha roto”.

Darío muestra orgullo por la juventud y cree que será la generación que “rompa los techos de los abusos laborales”. Considera que las reivindicaciones que han sucedido en la Comunidad de Madrid “para tratar de evitar la infrafinanciación —los rectores de seis centros universitarios denunciaron que tienen una financiación un 15% inferior a la de 2010— a la que nos tiene sometida Isabel Díaz-Ayuso”, se trasladarán al plano personal-laboral de estos jóvenes manifestantes: “Ya no nos permitimos ciertas estructuras y abusos laborales, nos hemos preocupado por nuestros derechos desde bien jóvenes y sabemos diferenciar la explotación”.

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