¿Qué fue del 'couchsurfing'? La forma de viajar gratis durmiendo en sofás a la que casi nadie quiere volver
Lo que hace años surgió como una red solidaria para viajar y proporcionar alojamiento a una comunidad mundial que destilaba buen rollo y acercamiento se ha convertido en un bonito recuerdo al que muchas personas no piensan volver. Ya sea por preferir una cama a un sofá, por lo viciada que está la aplicación tras pasar a ser de pago o por haber sufrido alguna que otra mala experiencia –la mayoría causadas por anfitriones varones que quieren ligar con las viajeras–, Couchsurfing ha dejado de ser una opción como lo era antes. Ahora, para usarla, anfitriones y huéspedes deben pagar una membresía que puede ser mensual, trimestral o anual y ronda los 22,99 euros al año.
Esta plataforma vio la luz en 2003. Todo surgió cuando Casey Fenton, un joven estadounidense, quiso viajar a Islandia. No tenía dinero para alojamiento, por lo que envió correos electrónicos a 1.500 estudiantes de la ciudad. Que muchos de ellos le abrieran las puertas de sus casas hizo que se le encendiera una bombilla que ha iluminado el camino de decenas de miles de personas en todo el mundo durante años.
Una de ellas es Lucía Aragón, gaditana asentada en Madrid que comenzó a utilizar Couchsurfing cuando estaba de Erasmus en Francia. “Así nos fuimos a Lyon. Cuando yo me convertí en host [hospedadora] fue al año siguiente, cuando viví unos meses en Chile. Recuerdo a Sandro. Junto a él supe de verdad lo que es dejar tu casa a un extraño, compartir con esa persona y que tú, como huésped, te llegues a abrir con ella”, recuerda con cariño. Luego llegaron las visitas a Argentina y Uruguay, también gracias a esta plataforma que acabó dando nombre a una manera de viajar.
Esta vecina de la capital que tiene ahora 29 años confiesa: “No sé si es porque antes era más inconsciente, pero ahora me asustaría más acoger a alguien, aunque todas mis experiencias han sido bonitas”. Como tantas otras personas, dejó de utilizar la plataforma cuando se volvió de pago, justo durante la pandemia. Ahora se ha decantado por Quouch, una aplicación similar orientada al colectivo LGTBI.
No sé si es porque antes era más inconsciente, pero ahora me asustaría más acoger a alguien, aunque todas mis experiencias han sido bonitas
Hombres y experiencias desagradables
Marta Montojo también vive en Madrid, tiene 32 años y recalca que, pese a haber experimentado una situación desagradable, no desaconsejaría su uso. Era 2016 y realizaba su gran viaje sola por Australia, donde pasó la peor Nochevieja que recuerda. “Me alojé en casa de un chico, y también había otra chica. Ella y yo cuadramos genial, pero él se puso muy baboso con las dos. Llegó a ser realmente incómodo”, relata. Y añade: “Es una situación rara porque no sabes dónde ir. Estás en casa de un extraño. Nos hicimos fuertes las dos, le pusimos límites y nos fuimos al día siguiente”.
Zaida había conseguido viajar por Rusia e Islandia sin ningún tipo de problema con Couchsurfing hasta que llegó a Berlín. “Donde menos te lo esperas, en una capital europea, es donde te llevas el susto”, introduce. Esta vecina de Tres Cantos (Madrid) cuenta a sus 40 años que el señor que la hospedaba “no supo entender un no por respuesta y se sobrepasó”. De aquello hace más de una década. Se sintió culpable: “Eran otros tiempos y no teníamos las cosas tan claras como ahora. Pensaba que yo me había metido en la boca del lobo y no sabía muy bien qué hacer”. Al día siguiente se fue de esa casa.
Estas situaciones siguen ocurriendo. Hace apenas unos días, Ariadna (@stepsbyari) compartía en su Instagram una experiencia similar. Tiene 28 años y está recorriendo el mundo a pie hasta llegar a Nepal. “Me he quedado dos días en casa de un chico, pero, la verdad, no estaba nada cómoda”, comienza antes de decir que hay chicos que lo que quieren es ligar. Y sigue: “Es un poco incómodo cuando estás como mujer sola viajando poner límites con esto, porque al final estás en casa de esa persona y no quieres violentarla, pero es que tú tampoco te tienes que violentar. Prefiero volver a mi tienda, prefiero volver a dormir fatal y estar más tranquila, la verdad”.
Alan también se vio en un brete parecido. Iba a viajar unos días a Washington y decidió utilizar el periodo de prueba de la aplicación. Un hombre le respondió: “Le vi con muchas ganas de que yo me hospedara y me trataba demasiado bien, como si tuviéramos confianza, y tras ver reseñas de otros hombres diciendo que solo dejaba que se hospedaran hombres para ligar con ellos decidí cancelarlo”. Por aquel entonces, él tendría unos 18 años y el anfitrión unos 30.
En este sentido, Montojo recalca que “hay un punto ahí que es una mierda, porque en teoría la gente de la plataforma se mueve con unos valores para hacer un favor a la comunidad de viajeros”. Para evitar que estas situaciones se repitan, la plataforma da la opción de reportar el perfil del hospedador.
Atraídos por el buen rollo
Couchsurfing llevó a Sol Acuña a conocer Londres, París y algunas ciudades de Alemania y Estados Unidos. Además, ella alojó a gente en su casa de Sevilla. A día de hoy, esta costarricense vive entre Costa de Marfil y España. “Tuve un pequeño trauma en casa de uno, pero fue porque no tenía sofá y me hizo dormir en el suelo. Y tuve a otro en casa que estaba dando la vuelta a Europa en bici y el colega no se quería ir. Se quedó dos semanas al final, hasta que le eché”, rememora. También tuvo un compañero de piso que era host y que utilizó la plataforma para ligar, aunque no explícitamente. “Solo recibía chicas y se lió con un par de ellas”, apunta.
Tuve un pequeño trauma en casa de uno, no tenía sofá y me hizo dormir en el suelo. Y tuve a otro en casa que estaba dando la vuelta a Europa en bici y el colega no se quería ir. Se quedó dos semanas al final, hasta que le eché
Acuña, que tiene 37 años, utilizó Couchsurfing desde los 18 hasta los 25. Como tantas otras personas, no solo se sintió atraída por la posibilidad de pernoctar de forma gratuita, sino por el ambiente que se creaba entre el viajero y el anfitrión. “La dejé de usar porque prefiero dormir en lugares más cómodos”, admite.
Ángela Páramo también se decantó por convertirse en hospedadora por el buen rollo que se creaba. Nunca pensó que viajar con Couchsurfing pudiera ser peligroso. Ella tiene 33 años, procede de Bogotá y vive en la capital española: “Puedes ver el perfil de la persona, que tiene fotos y algo de información, y comentarios de otras personas”. Judit Alonso, barcelonesa asentada en Alemania, añade que para ella la plataforma era algo más que una forma de conseguir un lugar para dormir: “Me ayudó a conocer gente local y hacer actividades juntos, como pícnics o quizzes musicales. Para mí fue la llave que abrió la puerta a mi grupo de amigos franceses en París. Con bastantes de ellos sigo manteniendo contacto a día de hoy”, enfatiza.
La venezolana Claudia Paparelli se decantó por Couchsurfing cuando tuvo que ir a cubrir la guerra de Ucrania en 2022 como periodista. “Llegué a una casa en Polonia en la que se suponía que vivía una familia, pero me recibió solo el padre. Me dio algo de miedo, pero fue todo bien y me ayudó mucho”, precisa. En Ucrania, otra familia le armó un pequeño colchón en el suelo. Estuvo con ellos una semana. “No la he vuelto a utilizar, pero no la descarto”.
Altruismo viciado con el pago
Hay muchas personas que tienen la suerte de recordar Couchsurfing como una red en la que nunca han vivido malas experiencias. Una de ellas es Ligia Berrocal, quien a sus 40 años explica que usó la aplicación desde el 2005 hasta el 2012. “La gente se movía por puro altruismo y generosidad, por esa cosa tan bonita de compartir tu espacio con el otro”, profundiza. Desde su punto de vista, viajar a casas de extraños es la misma locura que hacer autostop. “Si lo piensas mucho, no lo haces, pero hay que confiar”, defiende esta madrileña.
Las últimas personas que alojé eran turistas que se encerraban en la habitación hasta para comer, no socializaban nada. Eran turistas alquilando una habitación por cero euros
Luis Ríos también ha tenido suerte en la plataforma. Este venezolano de 31 años todavía recuerda con cariño una especie de romance, tal y como él lo denomina, que tuvo con una viajera brasileña que acogió. “Dejé de usar Couchsurfing durante un tiempo. Cuando dejó de ser algo altruista y ya había que pagar bajó muchísimo el ritmo. He visto que han cambiado la interfaz y no me parece cara la membresía, así que he pagado tres meses a ver qué tal va la cosa”, expresa.
Zaida no piensa así. Para ella, la aplicación se ha ido degradando en estos últimos años, sobre todo desde que obligaron a pagar por su uso. “Hay que pagar hasta para alojar a gente. Yo como me niego a darles ni un euro, tengo secuestrados mis datos, porque tampoco puedo borrar mi cuenta”, se queja. A ello se suma que se ha ido perdiendo esa comunidad de valores entre viajeros: “Ya no es el mismo espíritu. Las últimas personas que alojé eran turistas que se encerraban en la habitación hasta para comer, no socializaban nada. Eran turistas alquilando una habitación por cero euros”.
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