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El edadismo: la última frontera de la discriminacion

Personas mayores

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Hace unos años que cerré por última vez la puerta del aula. Lo hice con el corazón intacto y la satisfacción de quien ha habitado su vocación hasta el último minuto. Ser maestra no ha sido para mí un empleo de ficha y nómina; ha sido una forma de estar en el mundo. Me despedí de mis alumnos habiéndome mantenido al día de cada innovación, abrazando los cambios pedagógicos y tecnológicos con la misma curiosidad que ellos, porque siempre entendí que para enseñar hay que tener la humildad de no dejar nunca de aprender.

Me he dejado la piel en la enseñanza pública, defendiéndola como el único espacio donde la igualdad de oportunidades deja de ser un eslogan para convertirse en una realidad tangible.

Sin embargo, al entregar las llaves de mi clase, me he topado con una paradoja social tan absurda como dolorosa que afecta a toda mi generación: parece que, al dejar de pasar lista -o de producir en cualquier oficio, sea físico o intelectual-, el sistema ha decidido que hemos dejado de tener voz, criterio o visión de futuro.

Este fenómeno tiene un nombre clínico, 'edadismo', pero su práctica es pura violencia simbólica. Se nos intenta reducir a la invisibilidad bajo la etiqueta de “clases pasivas”, como si una vida dedicada a formar ciudadanos o a levantar un país pudiera desconectarse del compromiso social por el mero hecho de cumplir años.

Como maestra jubilada, mujer feminista y progresista, me niego a aceptar este guion. Mi jubilación no es un silencio; es un cambio de frecuencia.

El edadismo es, posiblemente, la última gran frontera de la discriminación que nuestra sociedad democrática debe derribar. Es una miopía sistémica que nos descarta en todos los frentes: en la Sanidad, donde la infantilización sustituye al respeto a nuestra autonomía; en la Brecha Digital, donde se nos etiqueta como “analfabetos” por omisión, y, en muchos casos, no es así; en la Cultura, donde la obsesión por la juventud borra nuestros rostros; y en la Política, donde se nos ve como objetos de asistencia y no como sujetos de liderazgo, a pesar de poseer la memoria histórica necesaria para proteger las libertades que hoy tanto flaquean.

Mi papel hoy es el de una 'maestra de guardia': alguien que observa el presente con la agudeza que da la experiencia y que levanta la voz por quienes el sistema pretende silenciar

No me he jubilado para ver pasar la vida desde el banquillo. Mi vocación de maestra me obliga, ahora más que nunca, a seguir en la brecha denunciando que este descarte es un error pedagógico y social imperdonable. Sigo aquí para demandar servicios públicos dignos, porque sé lo que cuesta construirlos y lo fácil que es destruirlos desde un despacho. Mi papel hoy es el de una “maestra de guardia”: alguien que observa el presente con la agudeza que da la experiencia y que levanta la voz por quienes el sistema pretende silenciar.

Utilizo mi libertad recobrada para decir alto y claro que tenemos muchísimo que aportar. Mi jubilación no es el final de mi magisterio, es el comienzo de mi activismo más maduro y combativo a favor de toda una generación. Porque una maestra nunca deja de creer en el progreso. Y yo, hoy, me declaro en rebeldía contra la invisibilidad.

La jubilación no es un silencio; es un cambio de frecuencia. Y hago un llamamiento a todos las personas jubiladas: no aceptéis el rincón de la quietud. No permitáis que decidan por vosotros. La única forma de frenar este descarte es ocupando el espacio público y alzando la voz.La jubilación no es el silencio; es un cambio de sintonía.

Hago un llamamiento a cada jubilado: no aceptéis el rincón de la quietud. No permitáis que el mundo decida por vosotros ni que os dicte dónde termina vuestro horizonte, ni que os hablen como a personas desvalidas.

La única forma de frenar este descarte sistemático es invadiendo el espacio público y haciendo que nuestra voz retumbe donde otros esperan silencio.

Nuestra lección no ha terminado; apenas ha cambiado de escenario. Obligad al mundo a escuchar:

Identificad y destruid los prejuicios: confrontad con asertividad absoluta tanto las propias dudas como la mirada sesgada del resto.

Exigid respeto, no condescendencia: no toleréis términos infantiles, apodos despectivos ni ese tono paternalista que intenta anular vuestra autoridad.

Conquistad el puente intergeneracional: conectad, enseñad y aprended, pero jamás desde la periferia.

Denunciad el edadismo: señalad cada injusticia y cada exclusión con nombre y apellido.

No os retiréis del mundo, reclamadlo. Que vuestra presencia sea el recordatorio constante de que la edad no es una resta, sino un poder acumulado. Alzad la voz hasta que el silencio de los que nos quieren invisibles sea lo único que se escuche. ¡Haceros presentes, ahora y siempre!

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