Sororidad de neón y mujeres invisibles en Castilla-La Mancha
El encuentro entre Pepa Bueno y Henar Álvarez en 'Al cielo con ella' ha sido celebrado como una conversación entre dos generaciones de mujeres influyentes. Y no es difícil entender por qué: ambas representan trayectorias profesionales sólidas y una capacidad comunicativa indiscutible en un panorama mediático todavía muy exigente con las mujeres.
Y es verdad que tiene algo positivo: ver a dos mujeres con poder mediático hablando sin pedir permiso sigue teniendo un valor simbólico en una sociedad que durante décadas reservó esos espacios casi exclusivamente a los hombres.
Pero, mientras veía la entrevista, no podía dejar de pensar en algo que rara vez aparece en estos formatos tan pulidos: el síndrome del impostor.
Porque detrás de muchas mujeres que hoy ocupan espacios visibles hay una sensación persistente de no ser suficientemente válidas, de no estar a la altura o de tener que demostrar constantemente lo que hacen. Y esa inseguridad no nace de la nada; nace de estructuras sociales que durante años han enseñado a muchas mujeres a minimizarse, a pedir disculpas por ocupar espacio y a convivir con la idea de que siempre hay alguien más preparado.
La paradoja es que incluso las mujeres admiradas y exitosas terminan hablando continuamente de resistencia, de aguantar ataques y de aprender a tener 'piel dura'. Y ahí es donde la entrevista deja una reflexión interesante, aunque quizá involuntaria: ¿cuántas mujeres viven agotadas intentando demostrar que merecen estar donde están?
Madrid, el escaparate y la realidad silenciosa
La conversación entre Bueno y Álvarez refleja también una realidad muy española: el feminismo visible sigue teniendo un fuerte acento madrileño. Allí se construyen los relatos culturales, las tendencias y los debates que después parecen representar a todas.
Pero fuera de ese foco hay otra vida mucho menos luminosa.
En Castilla-La Mancha, y especialmente en muchos pueblos, el feminismo rara vez tiene forma de fenómeno mediático. Existe en silencio, sostenido por mujeres que trabajan, cuidan, envejecen, sacan adelante a sus familias y, además, encuentran tiempo para ayudar a otras mujeres sin cámaras delante.
Muchas veces son asociaciones pequeñas las que sostienen lo esencial: talleres, acompañamiento emocional, ayuda frente a la violencia o simplemente espacios donde una mujer puede hablar sin sentirse juzgada. Mujeres que jamás saldrán en un plató, pero que mantienen viva una red de apoyo real.
Y precisamente ahí el síndrome del impostor golpea con más fuerza.
Porque mientras algunas voces mediáticas consiguen legitimidad y reconocimiento, muchas otras mujeres siguen sintiendo que lo suyo “no es importante”, que no saben suficiente o que no tienen derecho a opinar. La maestra jubilada, la periodista local, la cuidadora, la mujer rural o la trabajadora precaria cargan muchas veces con esa sensación de invisibilidad que ningún discurso viral consigue borrar.
La trampa de la resiliencia permanente
Durante la entrevista se habló también del odio en redes y de la necesidad de aprender a soportarlo. Es comprensible. La exposición pública es dura y muchas mujeres reciben ataques desproporcionados.
Sin embargo, hay algo peligroso en convertir la resiliencia en obligación permanente. Porque cuando a una mujer se le pide constantemente fortaleza, seguridad y capacidad para resistir, se corre el riesgo de hacerle creer que el problema está en su fragilidad y no en el entorno que la desgasta.
El síndrome del impostor se alimenta precisamente de eso: de la presión por demostrar continuamente el propio valor mientras el reconocimiento nunca parece suficiente.
Más allá del escaparate
La entrevista funciona bien como entretenimiento y como símbolo de complicidad entre mujeres. Pero quizá el verdadero avance no consista únicamente en ver a mujeres poderosas compartiendo sofá y confidencias. Tal vez el verdadero avance sería conseguir que tantas mujeres anónimas dejaran de sentirse pequeñas, insuficientes o fuera de lugar.
Porque el feminismo no debería limitarse a ocupar espacios visibles. También debería servir para desmontar esa voz interior que tantas mujeres arrastran desde hace años y que les susurra constantemente que no son bastante buenas.
Y esa batalla no se libra solo en Madrid, ni en los medios, ni en los platós. Muchas veces se libra en silencio, en pueblos olvidados, en trabajos precarios y en vidas corrientes donde nadie aplaude, pero donde millones de mujeres siguen sosteniendo el mundo cada día.
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