Alzar la mirada. Y las voces
En este mundo que vivimos en el que, en el espacio público, muchas veces, parece imperar la falsedad, la agresividad, la mala educación o el insulto, la visita del Papa León XIV ha sido como un soplo de aire fresco. De repente, nos hemos dado cuenta del valor de la palabra, en discursos bien hilados y llenos de contenido; del disfrute del arte y de la belleza, en una visita al templo de la Sagrada Familia cuidada al detalle; y, sobre todo, de nuestra realidad como seres humanos, que deben -debemos- respetarse -respetarnos- unos a otros y acoger, con el cariño que nos hace humanos, primero a los más desfavorecidos, a los inmigrantes que se juegan la vida en busca de futuro, en definitiva, a los que más necesitan de nuestra solidaridad.
Ha tenido que venir el Papa para que dejáramos por un momento la batalla política y pensáramos con algo de sosiego, en tiempos de urgencias y prisas, muchas veces nada necesarias. Es cierto que queda pendiente la reparación del daño a las víctimas de la peor lacra de la iglesia, la pederastia. Las palabras de León XIV no han sido suficientes y es justo que esperemos una mayor contundencia en defensa de las víctimas y en la condena a los agresores que, recordemos, forman parte de la propia iglesia.
Nada es perfecto. Y las palabras no son suficientes para llevar adelante la ingente tarea que tenemos pendiente como sociedad: acoger a los más desfavorecidos, garantizar los derechos y repartir de manera justa la riqueza que generamos entre todos. Nos toca actuar.
La solidaridad de palabra es buena, pero requiere de un mayor compromiso. No podemos lanzar mensajes de apoyo a los inmigrantes, por ejemplo, si luego los queremos solo para que hagan las tareas que, en muchos casos, los nacidos en España no queremos hacer: limpiar nuestras casas, recoger nuestras cosechas o cuidar de nuestros mayores, entre otras. Hay que comprometerse en la integración.
El primer paso debe ser que nuestros hijos compartan con ellos las aulas de nuestros colegios públicos o concertados -donde la iglesia, muchas veces, hace pocos esfuerzos, con la vista gorda de las administraciones, segregando, en la práctica, en función de los ingresos de los progenitores-, aumentar la inversión pública en la escuela pública, para que vertebre de verdad la sociedad del futuro y ofrezca a todos los niños un desarrollo vital igualitario, sin distinciones de procedencia, raza, religión o nivel de ingresos de los padres -verdadera causa, ésta última, de la discriminación-.
Y como acabo hablando de educación y escuela pública, probablemente lo más importante para crear un futuro de igualdad y progreso, quiero cerrar esta columna con mi total apoyo y solidaridad con las reivindicaciones de los maestros y maestras que, en muchos lugares de España, alzan hoy sus voces -al cielo, pero, sobre todo, a la tierra- en defensa de la dignidad de su trabajo y del futuro de nuestros hijos.
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