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València recupera la historia de los 26.000 niños de Chernóbil tratados en Cuba

Exposición 'Documentos extraviados'.

Parwin Dawari

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El Colegio Mayor Rector Peset de València ha acogido la exposición Documentos extraviados: niños de Chernóbil en Cuba, una propuesta que recupera una historia muy impactante pero que ha quedado en los márgenes de la memoria colectiva. La muestra comisariada por Maribel Acosta, a través de fotografías, documentos, vídeos y sonido, reconstruye el programa sanitario que Cuba desarrolló entre 1990 y 2011 para atender a más de 26.000 niños y niñas afectados por la radiación, en su mayoría procedentes de Ucrania, Bielorrusia, Rusia y Moldavia. 

Todo parte del Accidente de Chernóbil, ocurrido el 26 de abril de 1986, cuando la explosión de un reactor nuclear liberó una nube radiactiva que se extendió por buena parte de Europa. Las consecuencias no se limitaron a la evacuación de territorios ni a la imagen de ciudades abandonadas, sino que se prolongaron durante años en los cuerpos de quienes eran niños en aquel momento: enfermedades tiroideas, cánceres, afecciones cutáneas, trastornos inmunológicos. “Después de Chernóbil hubo una generación que creció no solo con juguetes, sino también con diagnósticos”, dice Acosta, sintetizando en una frase el alcance real de la catástrofe.

Sonia Cunliffe en la inaguración de la exposición.

A partir de 1990, en plena crisis económica de ese “Periodo Especial”, Cuba puso en marcha un programa sanitario que trasladó a miles de estos menores a la isla para recibir tratamiento médico gratuito y seguimiento prolongado. Llegaban en vuelos organizados desde la antigua Unión Soviética, muchos de ellos sin conocer el idioma ni el lugar al que iban, y permanecían durante meses en el balneario de Tarará, a las afueras de La Habana. Allí mientras estaban tratados en hospitales, también participaban en actividades cotidianas, celebraciones y espacios de convivencia que buscaban atender también el impacto emocional de la experiencia. Con el tiempo, algunos regresaron a sus países, otros mantuvieron vínculos duraderos y algunos incluso hicieron de Cuba su lugar de vida.

La exposición nace de la investigación impulsada por la artista Sonia Cunliffe y la periodista Maribel Acosta, que durante años rastrearon archivos, testimonios y documentos dispersos en medios como Granma o Juventud Rebelde, así como en hospitales, centros de investigación y memorias personales. El origen del proyecto se sitúa en 2011, cuando Cunliffe escuchó por primera vez hablar de estos niños durante un viaje a La Habana y decidió acercarse a Tarará. “Me parecía una historia surreal e increíble”, explica. Aquella primera impresión se transformó, años después, en un trabajo conjunto que buscaba reconstruir los hechos, pero también las capas de significado que los rodean, la solidaridad y el amor entre seres humanos.

Amparo Acosta en la apertura de la exposición.

Ese esfuerzo por humanizar atraviesa toda la muestra. Los testimonios de médicos, traductores conocidos como ‘’médicos de alma’’ y pacientes revelan un programa que no se limitó al tratamiento clínico, sino que incorporó dimensiones psicológicas y sociales en un momento en que aún se conocían poco los efectos de la radiación. Según explica Acosta, muchos menores llegaban con estrés postraumático y con enfermedades cuya evolución todavía no estaba del todo estudiada, lo que convirtió también la experiencia en una fuente de conocimiento médico. De hecho, la base de datos generada durante aquellos años ha sido reconocida internacionalmente como una de las más completas sobre los efectos de Chernóbil en la infancia.

A ese recorrido se suma el componente sonoro, que funciona como hilo conductor de la exposición. La pieza El lamento de Liusia, del compositor Jorge Antonio Fernández Acosta, acompaña al visitante y remite a los relatos recogidos por Svetlana Aleksiévitx en Voces de Chernóbil, donde la catástrofe se narra desde las voces de quienes la vivieron.

Más allá de la reconstrucción histórica, Documentos extraviados plantea una pregunta que atraviesa toda la exposición: qué hacemos con estas historias en el presente. En un contexto global marcado por conflictos, crisis energéticas y nuevas amenazas, la memoria de Chernóbil aparece no como una advertencia. “No se trata solo de mirar atrás”, sugieren sus responsables, “sino de entender qué dice esto sobre nosotros y sobre nuestra capacidad de cuidar”.

En ese sentido, la muestra no ofrece una conclusión cerrada. Se limita, más bien, a devolver al espacio público una historia que durante años permaneció dispersa, fragmentada, casi invisible. Y lo hace recordando que, detrás de cualquier cifra, siempre hay vidas concretas. Algunas de ellas, durante un tiempo, transcurrieron lejos de casa, en una playa de Cuba.

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