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ANÁLISIS

Las reformas económicas del Gobierno de Merz chocan con la crisis estructural del modelo alemán

El canciller alemán, Friedrich Merz, durante la cumbre de la OTAN en Ankara
8 de julio de 2026 21:25 h

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“Un programa para la recuperación y el empleo”. Es el nombre del paquete de reformas presentado la semana pasada por el Gobierno de coalición alemán, liderado por el canciller Friedrich Merz. Los conservadores de la CDU-CSU y los socialdemócratas del SPD dejaron así atrás meses de diferencias, disputas y rencillas sobre las reformas que necesita un país inmerso desde hace años en una crisis económica estructural.

El modelo económico alemán, basado durante décadas en energía barata –el gas importado de Rusia a través de los gasoductos Nordstream, hoy saboteados e inoperativos– y por una industria exportadora –con el sector del coche como principal bandera–, ha dejado de funcionar y no tiene visos de arrancar de nuevo. Las cifras apuntan a una desindustrialización de la primera economía europea. El Gobierno de Merz pretende con su batería de reformas frenar esa tendencia y devolver a Alemania a la senda del crecimiento.

Pero las propuestas del Gobierno de Gran Coalición están lejos de una reforma de fondo que dé respuesta a una crisis económica estructural y no coyuntural. A grandes rasgos, las 12 páginas del documento, que contiene un total de 34 medidas, se pueden resumir en un intento de impulsar el crecimiento de un modelo en decadencia, garantizar el empleo, reducir la carga burocrática para empresas y ciudadanía, y fomentar las inversiones y las “tecnologías del futuro”.

Llama la atención que la enumeración que ofrece el documento sobre esas “tecnologías de futuro” comience con la industria automotriz, hoy amenazada en Alemania por cientos de miles de despidos; y acabe con la inteligencia artificial, un sector en el que el país va claramente a la zaga entre las grandes economías del planeta por su insuficiente digitalización. Los críticos achacan a los planes del Gobierno, no en vano, falta de ambición y capacidad analítica de los problemas fundamentales del país.

Una reforma de las pensiones para subir la edad de jubilación

La coalición que dirige Merz vive instalada en la urgencia. La crisis económica estructural a la que se enfrenta Alemania va acompañada de una tendencia que se consolida cada vez más en las encuestas electorales: la ultraderecha de Alternativa para Alemania (AfD), las lidera cómodamente y en algunas de ellas roza el 30% de intención de voto. Las malas perspectivas económicas del país son un elemento fundamental para entender ese voto protesta, que se alimenta de descontento y miedo al futuro.

Esa es la coyuntura en la que el Gobierno ha presentado su paquete de reformas, con el que los partidos de Gobierno han tenido que hacer malabarismos para presentar algo digerible a sus electorados.

Los conservadores de la CDU-CSU han impuesto su promesa de reducir la carga burocrática, rebajas fiscales para familias de ingresos medios con dos hijos, así como una flexibilización del mercado laboral que permitirá, por ejemplo, que un asalariado encadene seis contratos temporales de dos años en una misma empresa sin que esta esté obligada a hacerlo indefinido.

Los socialdemócratas del SPD, por su parte, pueden vender un alivio fiscal a ingresos medios y bajos, un aumento a la carga fiscal para los grandes salarios a partir de 250.000 euros anuales, así como un pequeño aumento del subsidio público por hijo. Al mismo tiempo, el SPD asegura haber conseguido una reforma de las pensiones públicas que promete estabilizarlas, pero con una cara B: un incremento de las cotizaciones, un aumento progresivo de la edad de jubilación –que podría llegar hasta los 70 años a finales de este siglo– y la inversión del 2% de las aportaciones a la caja pública de pensiones en los mercados financieros, con el riesgo que ello comporta.

Obsesión por la productividad

El canciller Merz está convencido de que los alemanes trabajan demasiado poco. Por eso exige el aumento de la productividad a través de más horas trabajadas. Lo ha dicho en varias ocasiones antes y después de las últimas elecciones federales.

Una de las medidas más controvertidas del paquete de reformas es, de hecho, la obligación de presentar un certificado médico de enfermedad ya el primer día en que un empleado se ausente de su puesto de trabajo, así como la eliminación de la obtención de la baja por enfermedad a través de una consulta telefónica que permite hoy no tener que acudir a una consulta para obtenerla. Ambas medidas han desatado críticas de asociaciones de médicos, que prevén una avalancha burocrática y de pacientes sobre sus consultas.

“Son todos debates superficiales que no abordan la causa del problema. No vamos a solucionarlo si mejoramos nuestra competitividad. Esta vez no lo lograremos”. Esto dijo el analista económico alemán Wolfgang Münchau en una entrevista con elDiario.es el febrero del año pasado, cuando Merz todavía ni siquiera era canciller.

La tesis del último libro de Münchau, Kaput. El fin del milagro alemán, sigue siendo vigente: “Hace tiempo que Alemania perdió su posición de ventaja y liderazgo. Lo que ha pasado con el gas ruso es un ejemplo: la mayoría de piezas de un automóvil alemán ya no se fabrica en Alemania, sino en terceros países. Lo que hizo Alemania es ensamblarlos gracias al gas ruso barato, refinarlo y ponerle el sello de Made in Germany. Ese ha sido su modelo de negocio, pero ya no tiene energía barata y China también lo está haciendo muy bien. El segmento de mercado que tiene Alemania es cada vez menor.”

El gasto militar se dispara

Los 34 puntos del paquete de reformas presentado por el Gobierno alemán tiene una ausencia llamativa: no incluye mención alguna a la industria militar, un sector hacia el que está girando ya una parte de la industria pesada alemana que ve como sus productos no se venden como antes en el extranjero.

Volkswagen ya está fabricando, por ejemplo, un vehículo militar en una planta de Osnabrück mientras las ventas de sus turismos languidecen tras haber perdido el tren del motor eléctrico. Mercedes-Benz planea, por su parte, comenzar a invertir en la producción de drones militares, según adelantó el pasado junio el diario estadounidense Financial Times.

Ese giro militarista industrial va acompañado de una creciente inversión pública en armamento: el Gobierno de Merz prevé gastar en Defensa casi 140.000 millones de euros en 2027, uno de cada cuatro euros del presupuesto federal, y más de 153.000 millones en 2028. La militar parece realmente en este momento la única alternativa real a la automotriz, la química y la del acero, las tres grandes industrias de Alemania durante las últimas décadas.

La economía alemana puede agradecer este giro a corto plazo, pero las consecuencias políticas y económicas a medio y largo plazo, con una ultraderecha de agenda nacional étnica y revisionista de la historia alemana y europea liderando las encuestas, son hoy imprevisibles. Merz parece más centrado en intentar salvar esta legislatura que en reformar los fundamentos de un modelo económico exitoso en el pasado, pero que hoy ya no funciona.

La próxima prueba de fuego serán las elecciones regionales en el estado oriental de Sachsen-Anhalt el próximo 6 de septiembre. La ultraderecha de AfD podría conseguir mayoría absoluta y gobernar por primera vez a nivel regional. Los actuales debates sobre la ambición del paquete de reformas económicas presentado por el Gobierno de Merz podrían quedarse entonces en anécdota.

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