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Saca tu capitalismo de mi lucha

Idealista, participante en las jornadas del Orgullo 2018 en Madrid.
10 de julio de 2026 22:06 h

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No es ninguna sorpresa que el capitalismo lo absorbe todo. Vivimos un tiempo en el que todo se ha convertido en un producto consumible: nuestras vidas, los lugares a los que viajamos, la salud mental, la menopausia, la orientación política, el malestar... Hagan la prueba y abran cualquier red social. El algoritmo, que les conoce mejor que su propia madre, les ofrecerá, con absoluta precisión, el contenido que mejor se ajuste a sus inquietudes. Si tienen insomnio porque viven asfixiados por la precariedad laboral, el precio de la vivienda, la falta de tiempo para mantener vínculos sociales o la dificultad para conseguir asistencia médica, lo más probable es que terminen canalizando su angustia enganchados a un scroll infinito de reels que les hablarán de cortisol, suplementos de magnesio, ritmos circadianos y pautas de alimentación.

Ese precioso tiempo de nuestra vida no lo dedicaremos a movilizarnos, y se lo regalaremos a Elon Musk, Mark Zuckerberg y todos estos señores que sustentan los sistemas que nos oprimen. Les haremos más ricos con nuestra atención. Y sí, también nos compraremos los suplementos, tengo toda una colección en mi mesita de noche.

Lo tengo más o menos asumido porque soy consciente de nuestra humanidad y vulnerabilidad. Sin embargo, hay algo que me resulta desolador por lo bien que funciona y lo peligroso que me parece, y es cómo el capitalismo ha logrado hacerse también con nuestras luchas y movimientos sociales. Es toda una victoria, tomar aquello que era subversivo, que nació para cuestionarlo y derribar sus estructuras, triturarlo y devolvérnoslo en una forma domesticada, consumible e inocua.

Lo vimos con el feminismo y el fenómeno “girlboss”. La protesta y la denuncia fueron sustituidas por la aspiración individual a ser una jefaza, una triunfadora, una líder emprendedora con éxito financiero. Para qué destruir las estructuras si puedes formar parte de ellas mientras te pones una camiseta con el lema “Girl Power” fabricada bajo explotación laboral.

Como adolescente de los noventa, recuerdo perfectamente a las Spice Girls, abanderadas de ese lema y todavía hoy, consideradas un icono cultural feminista, declararse admiradoras de Margaret Thatcher, a la que definieron como “la primera Spice”. (Breve recordatorio para lectores jóvenes: su gobierno impuso un neoliberalismo salvaje, desmanteló el estado de bienestar, asfixió a la clase trabajadora y apoyó dictaduras sangrientas).

Hablaba Mark Fisher en su 'Realismo capitalista' de esta absorción de la rebeldía. El mercado ya no trata de perseguir lo subversivo, sino de apropiárselo. Nos devuelve nuestra protesta envuelta en celofán y purpurina, atractiva, deseable, ligera, inofensiva. Lista para consumir. Así la desactiva

Lo vemos en los últimos tiempos con la mercantilización del Orgullo (ahora Pride, que recuerda menos a lucha y más a marca global), con sus buenas dosis de pinkwashing, sus carrozas de Idealista y fiestas patrocinadas por grandes marcas que han sabido ver el negocio en lo que nació como una manifestación política por los derechos, la memoria y la dignidad.

Lo último, y confieso que esto no me lo vi venir, es la mercantilización de la memoria democrática. La creación de productos culturales blancos que toman historias o personajes marcados por el exilio o la violencia de la Guerra Civil y la dictadura, despojándolos de toda la rabia política que les dio origen para convertirlos en productos de entretenimiento descafeinado.

Las grandes corporaciones saben que hay un nicho de mercado para la memoria y no van a perder la ocasión de sacarle rentabilidad. Eso sí, pasando antes todos estos relatos por esos filtros de belleza que eliminan manchas, arrugas y fricciones. Calculando con exactitud el porcentaje de memoria que no cuestione demasiado.

Hablaba Mark Fisher en su 'Realismo capitalista' de esta absorción de la rebeldía. El mercado ya no trata de perseguir lo subversivo, sino de apropiárselo. Nos devuelve nuestra protesta envuelta en celofán y purpurina, atractiva, deseable, ligera, inofensiva. Lista para consumir. Así la desactiva.

¿Qué hacer ante esto? No tengo ni idea. Supongo que mantener los ojos abiertos, no dejarnos cegar por el brilli brilli, seguir buscando y protegiendo la grieta.

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