Pillow shots
Ha llegado el tiempo en el que el sol pega con fuerza en la ventana de mi estudio. El parte meteorológico amenaza con rozar los 40 grados esta semana pero no me importa porque me gusta esta época. Me gusta que el sol me dé en la cara o en el brazo mientras tecleo delante del portátil, interrumpiéndome, sacándome de mi concentración y mi prisa habituales, y obligándome a mirar hacia la ventana, a pensar que tengo que echar la persiana. Son estas interrupciones las que, a veces, me recuerdan que soy una persona y no una máquina de producir.
Ayer, cuando esto sucedió, me di cuenta de que entraba una luz hermosa y se posaba sobre mi cuaderno de notas, sobre mi mesa de escritorio desordenada, y aquello me pareció el espectáculo más bonito que me paraba a observar desde hacía mucho tiempo.
Recordé entonces algo que me gusta mucho del cine de Ozu, esas interrupciones en medio de la trama que el crítico estadounidense Noël Burch llamó “pillow shots” (planos almohada). El término lo tomó de un recurso de la poesía tradicional japonesa, los “makura kotoba”, figuras retóricas que detienen momentáneamente el flujo del poema, pura musicalidad que, como almohadas, permiten que las siguientes palabras descansen sobre ellas.
En las películas de Ozu, estos pillow shots tienen forma de ropa tendida al viento, jarrones en la penumbra, vías de tren detenidas en el paisaje o sombras sobre la ventana. Hay quien piensa que son simplemente transiciones entre unas escenas y otras, pero a mí me parece que es la vida filtrándose, como recordándonos quiénes éramos.
El encuentro se interrumpió por el pitido infernal del WhatsApp. En la pantalla, una nota de voz y varios mensajes: “perdona, pero es urgente. Necesito saber esto antes de la reunión, a ver si me puedes decir”
Me pregunto si están en vías de extinción, en qué lugares pueden sobrevivir todavía los momentos para la contemplación, la mirada, el detenimiento, la vagancia. De cuantas formas los rehuimos, los evitamos, porque lo urgente manda y nos lleva como en unos de esos toboganes con tirabuzones de parques acuáticos de los noventa.
Leí el otro día unas palabras de Simone Weil sobre la alienación. Escribía la filósofa, mientras trabajaba en la fábrica de Renault, que el verdadero horror de ciertos trabajos no era solo el cansancio físico, sino la manera en que terminaban expulsando el pensamiento de la vida. Para soportar el cansancio y la repetición, una solo podía dejar de sentir para hacer, hacer, hacer. Dejar de lado la propia alma, decía.
Y justo eso es lo que recordé cuando la luz ayer me interrumpió y me hizo mirar aquella naturaleza muerta de escritorio de autónoma. Me recordé a mí, como si acabara de encontrarme con una vieja conocida a la que hacía años que no veía. Una que se levantaba un poco más contenta por las mañanas.
El encuentro se interrumpió por el pitido infernal del WhatsApp. En la pantalla, una nota de voz y varios mensajes: “perdona, pero es urgente. Necesito saber esto antes de la reunión, a ver si me puedes decir”.
Escuché el mensaje, resolví, volví a la pantalla del portátil a contestar emails.
Sentí un horrible picor en la nuca. Me ha vuelto la maldita urticaria.
0