La buena educación
Hace unos días escuché al director de cine Victor García León en el podcast La cena de los idiotés plantear el siguiente dilema. Supongamos que eres una persona de izquierdas, tienes un hijo y quieres lo mejor para él. A los seis años tienes que mandarlo al colegio y entonces qué haces: ¿Eliges un colegio privado, dándole todas las herramientas posibles para trabajar en un mundo hostil, o le metes en el cole público de barrio y te fías de su talento y capacidad para sobrevivir en un mundo hostil?
El planteamiento me chirrió tanto que pensé que no podía ser, que quizá era un fragmento descontextualizado. Tuve que escucharlo varias veces para comprobar que sí, que Víctor García León, hijo, por cierto, de dos referentes culturales de la izquierda, la cantautora Rosa León y el director y guionista, Jose Luis García Sánchez, estaba diciendo lo que estaba diciendo.
No se trataba del dilema, elegir entre la pública y la privada, allá cada uno, por supuesto, sino de la afirmación que llevaba implícita el planteamiento: que la educación pública no da las mejores herramientas, que si hablamos de calidad educativa, el colegio privado es la mejor opción y que si mandas a tus hijos a la pública, tendrás que confiar en la suerte o en sus habilidades innatas para que sepan arreglárselas en el mundo.
Me da la sensación de que tal desprecio hacia la educación pública procede de un profundo desconocimiento de la misma.
He estudiado toda mi vida en la pública y no lo cambiaría por nada del mundo, por eso, cuando escucho que no ofrece “las mejores herramientas”, no puedo evitar preguntarme de qué estamos hablando exactamente. ¿Cuáles son esas herramientas? ¿Qué entendemos por una buena educación?
Si entendemos la escuela como una fábrica de futuros líderes del mercado laboral, como espacio que multiplica sus posibilidades de éxito económico, como un networking temprano para niños de seis años destinados a alcanzar el éxito profesional, puedo ver la lógica, pero no la comparto. Y sinceramente, me horroriza.
La educación primaria no es, o no debería ser, la antesala del mercado laboral. La escuela es el primer lugar donde uno se encuentra con el mundo fuera de casa, donde empieza a hacerse preguntas y a construir una mirada propia
La educación primaria no es, o no debería ser, la antesala del mercado laboral. La escuela es el primer lugar donde uno se encuentra con el mundo fuera de casa, donde empieza a hacerse preguntas y a construir una mirada propia. Donde adquiere una cultura y también un modo de situarse ante la vida. Y en este aprendizaje hay algo mucho más valioso que instalaciones deportivas de primera o metodologías ultramodernas: la convivencia con otros que no se parecen a ti.
Entender que el mundo no es una prolongación de tu realidad, que no está hecho a tu medida, que hay familias distintas, casas distintas, entornos socio económicos diversos. Pero que dentro de ese micromundo, que es el colegio público, todos sois iguales y tenéis los mismos derechos.
Leía unas palabras de la también cineasta Lucrecia Martel que me parecieron de lo más reveladoras: “Cuando una familia decide frente dos posibilidades, entre la escuela pública y la privada ¿Qué es lo que se privilegia eligiendo la privada? Una futura red de contactos. No se privilegia qué va a aprender el chico sino a quien va a conocer. Uno sabe que a ese hijito lo va a sumergir en una red que le va a permitir resolver muchas cosas en la vida. Ese colegio al que asistí, que fue bastante inútil para mi en cuanto a formación, me permite, en dos o tres llamadas, conseguir un abogado, un juez, un notario. La educación genera una complicidad de clase que permite no ver el mundo.”
Quizá, la buena educación, las mejores herramientas, no sean solo las que nos permitan acceder a una posición acomodada, resolver cosas con dos o tres llamadas, sino las que nos enseñen a mirar el mundo con toda su complejidad y a no vivir en una burbuja, las que nos impulsen a cuestionarlo, y si es posible, transformarlo.
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