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Concierto de un grupo de música grabado por el móvil.

Laura Hojman

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Mido 1,57, así que he asumido, no sin frustración, que mi visión en conciertos u otro tipo de eventos multitudinarios, ya no será la del artista en el escenario o lo que sea que esté pasando en ese lugar. Lo único que veré ante mis ojos serán pantallas, cientos de pantallas de teléfonos móviles alzadas sobre las cabezas de sus dueños, grabándolo todo.

A veces me pregunto a dónde irán todos esos vídeos iguales, si a una especie de limbo digital en el que se amontonan como viejos espectros que deambulan sin rumbo una vez cumplida su función de acumular unos cuantos likes.

Desearía que al menos, aquellos que han decidido dejar de vivir la vida para grabarla, lo hicieran a la altura de sus rostros. Pero más allá de la falta de consideración hacia los demás, hay algo que me aterra todavía más, y es que ese gesto se ha convertido en una forma de estar en el mundo.

Las experiencias se han sustituido por la performance de las mismas. El sentido ha dejado de ser emocionarse, bailar, divertirse o sentir para transformarse en una necesidad de producir contenido listo para ser consumido y validado por los demás. ¿Para qué pasártelo bien cuando puedes ficcionarlo para tus espectadores?

Esta semana se ha hecho viral un vídeo de varias influencers en el concierto de Rosalía. Todas apuntan la cámara de su teléfono hacia sí mismas mientras corean la letra de La Perla frente a la pantalla. Rosalía queda fuera de plano y entonces me doy cuenta de que aún podía ser peor. La evolución de esa necesidad de registrarlo todo ha desplazado el foco de lo que ocurre fuera hacia uno mismo. El yo ocupa todo el encuadre y entonces todo se me hace mucho más inquietante.

¿Estamos dejando de ser personas para convertirnos en productos de consumo? ¿Nos estamos convirtiendo en un anuncio de nosotros mismos? ¿Necesitamos serlo para que las marcas, las empresas o quien sea que maneja el capital invierta en nosotros?

Observo a niños pequeños que reproducen gestos y frases de TikTok o que conocen perfectamente el mejor ángulo en el que colocarse para la cámara, a gente que elige sus destinos de vacaciones en función de lo bien que quedará ese escenario en las fotos y vídeos que después subirán a redes

Esto, que hace unos años parecía posible solo en películas de ciencia ficción, es ya una realidad para miles de personas que han hecho de su yo digital en las redes su modo de vida, su lugar de trabajo, su modo de relacionarse y hasta en su propia identidad. Y lo que realmente me perturba no son los “infuencers profesionales”, sino la aspiración de tantas personas a serlo. El cómo los códigos de este tipo de conducta están penetrando en nuestra vida cotidiana y comportamiento.

Observo a niños pequeños que reproducen gestos y frases de TikTok o que conocen perfectamente el mejor ángulo en el que colocarse para la cámara, a gente que elige sus destinos de vacaciones en función de lo bien que quedará ese escenario en las fotos y vídeos que después subirán a redes, chicas jóvenes que se someten a procedimientos estéticos para que su cara se parezca más a la del filtro de Instagram, percibo cada día esa necesidad de convertir cualquier cosa, hasta la más íntima, en contenido. Somos los protagonistas de El Show de Truman por voluntad propia.

Me pregunto qué tipo de memoria estamos construyendo con esta simulación de la vida hacia fuera. Las experiencias generan recuerdos, y los recuerdos identidad, anclaje, vínculos, emoción. Si estamos tan ocupados por registrar, editar y simular los momentos mientras estos pasan de largo ante nuestras narices ¿con qué nutriremos nuestras vidas?

Nuestros ojos pegados a las pantallas están atrofiando la capacidad del cuerpo para registrar emociones. Y entonces, ¿qué nos quedará?

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