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Crónica

Rosalía resucita en Madrid y hace levitar a sus fans con un concierto apabullante

Rosalía imita 'El Aquelarre' de Goya mientras canta 'Berghain' en Madrid
30 de marzo de 2026 22:36 h

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En el imaginario católico, Jesús resucitó tres días después de ser crucificado. En el imaginario de los fans de Rosalía, que ha abrazado con descaro y algo de morro los símbolos religiosos en Lux, se podrá decir que la artista resucitó en Madrid cinco días después de que cayera en Milán. La cantante cancelaba la semana pasada a mitad de concierto en la ciudad italiana por una intoxicación alimentaria —ya ha anunciado que a pesar de que cantara 50 minutos devolverá el dinero a los asistentes— y hacía saltar todas las alarmas por si estaría en condiciones de abrir su Lux Tour en España, donde la esperaban cuatro fechas en Madrid y otras tantas en Barcelona.

La respuesta es que claro que pudo, lo hizo en un concierto espectacular, de una belleza plástica apabullante —concebido junto a su hermana Pilar Vila, con la dirección escénica del barcelonés Ferran Echegaray y del belga Dennis Vanderbroeck—, un homenaje al teatro, a la ópera y la música clásica donde despliega su talento torrencial. Una voz que no falló en los momentos más importantes y una entrega que dejó en éxtasis a todos. “Yo venía a cantar a Casa Patas y sentí ahí el duende como en ningún otro lugar”, dijo en su primera intervención al público subrayando las vueltas que ha dado su vida. 

Rosalía volvió a abrazar el imaginario religioso y resucitó delante de las más de 17.000 personas que abarrotaron el Movistar Arena y que levitaron con fuerza en el primero de sus conciertos en su país. Un concierto que, casualmente y como si fuera el último detalle de su campaña de promoción, ha llegado en plena Semana Santa. 

Una de las señas de identidad de su disco ha sido, sin duda, las constantes referencias a la espiritualidad, las santas y dios. Los aledaños del recinto estaban llenos de jóvenes que han adoptado el pañuelo/velo monjil que viste en la carátula del disco o que portaban coronas o cruces (que no les dejaron meter por seguridad). Porque, Rosalía, y eso quedaba claro nada más entrar en el Movistar Arena, es una máquina promocional y de hacer dinero como dejaban claro las constantes publicidades de los productores de los que es imagen que había en cada acceso al recinto.

Fans de Rosalía a la entrada del Movistar Arena de Madrid

Una vez dentro, flamenco, música clásica y religiosa (sonó un Gloria in excelsis deo) amenizaban a los fans. Ni rastro de la setlist chusquera llena de éxitos de las últimas décadas que suele amenizar las esperas. Toda una declaración de intenciones que, unida a ese elemento religioso, han quedado como semillas simbólicas de esta nueva etapa. Elementos que, además, están presentes en esta gira desde la propia puesta en escena, donde la clásica pasarela por la que caminan todos los cantantes aquí desaparece. En su lugar, dos pasillos a ras de suelo y cerca del público se cruzan formando una cruz religiosa. En su centro, 22 músicos en el foso que se convierten en una de las señas de identidad de esta gira.

Sin embargo, ese elemento religioso siempre presente, y siempre marcando el momento actual de la cantante, va acogiendo diferentes partes de un concierto potente, donde Rosalía se marca un despliegue vocal y físico apoteósico y donde más que a la música religiosa se acerca a la ópera, con una estructura compuesta por cuatro movimientos y un intermedio, y un escenario que remite, directamente, a un teatro clásico y que muestra, como fondo, el anverso de un cuadro. Una tela en blanco con la firma de Rosalía. Todo, además, con el gran acierto de su Lux Tour, la presencia de esa orquesta en directo que contrastan con la gira de Motomami, donde no hubo ninguna y toda la música se lanzaba pregrabada. 

Son dos discos que, si bien no están en las antípodas, parten de un concepto difícil de unir, y Rosalía lo logra echándole morro. Aunque sea Lux el disco que sobresale en su setlist, es Motomami el otro al que hace un guiño, como si quisiera contar una evolución clara. Eso hace que, por desgracia, se olvide de todo lo anterior. No hay ni una canción en su concierto de El mal querer. No encaja de ninguna forma éxitos fundacionales en su carrera internacional como Malamente o Pienso en tu mirá. Una pena. Tampoco parece que exista en esta ópera actual Los Ángeles, su íntimo debut que podría haber casado de forma perfecta en esta apuesta con músicos en directo, pero solo aparece con El redentor.

Eso sí, en el escenario se pueden suceder la apabullante Berghain, reconvertida como avanzó en los premios Brit en versión tecno con ese final que remite directamente al club que da título al que fue su primer single, y Saoko o La combi Versace con De madrugá; o más adelante, La rumba del perdón con CUUUUuuuuuute, al que le metió sampleos del mítico Sweet dreams (are made of this) de Eurythmics. No sería la única canción que entrara en forma de cameo dentro de su repertorio, que también abrió sus puertas al Thank you de Dido, canción generacional que introduce en Divinize y que aunque en los primeros compases chirría en su versión acaba haciendo suya. 

Una artista de porcelana

Pero el grueso del concierto pertenece a su nuevo momento, a ese Lux donde lo religioso, lo místico y lo espiritual se mezclan con tropos habituales de su música. Su concierto empezó más de 20 minutos de retraso y ante la impaciencia de un público que ya comenzaba a pitar. Un par de minutos antes que ella entraron los músicos, y se llevaron una ovación apoteósica. No es baladí el gesto de darles ese sitio preferencial cuando una de las principales críticas a su anterior gira fue, precisamente, su ausencia.

Rosalía en un momento de su concierto en Madrid dentro del Lux Tour

Comenzó con Rosalía en una caja de transporte de obras de arte, un objeto frágil que salía como una muñeca de una cajita de música con su tutú en una posición desde la que acometió las primeras canciones, Sexo, violencia y llantas, y Reliquia, tras la que fue desplazada cual muñeca de porcelana al borde de ese teatro construido en el Movistar Arena donde recibió la primera ovación de la noche entre lágrimas. 

Porcelana sería la siguiente canción en donde Rosalía se atrevía, además, a cantarla con movimientos de ballet y bajo unos letreros que mostraban las letras de sus canciones, algo hasta necesario en un disco en donde los idiomas se mezclan sin cesar. Dos pantallas laterales mostraban las actuaciones con una realización elegante centrada en el rostro de la cantante y en hermosos planos cenitales que resaltaban el diseño artístico del escenario. Un primer acto que terminó teniendo que hacer una parada para emocionarse antes de cantar en italiano el Mio Cristo piange diamanti. “¿Tengo el pelo bien puesto? Pues ya está”, lanzó al público antes de clavar una de las canciones vocalmente más complejas del disco y que cantó envuelta en una tela blanca como si fuera una túnica de virgen, algo subrayado por los primeros planos de su cara que recordaban, con los ojos vidriosos, al de María Falconetti en la inolvidable Juana de Arco de Dreyer.

De la iglesia al after

El segundo acto llegó como un terremoto con ese Berghain Goyesco que volvió a mostrar todas las virtudes de un show cuidado hasta el detalle y que abre la parte más electrónica y dance, con ese final ravero que puso a saltar a todo el Movistar Arena, y que encadenó con un Saoko donde el vestuario Goyesco se convirtió en fiesta de carnavales. Fuck el estilo, que diría ella misma. Segunda ovación cerrada de la noche antes de continuar un acto donde dio algo descanso a la orquesta, a la que también se les vio disfrutar del acto más puramente bailable donde encadenó también La fama, La Combi Versace (adaptada para la ocasión) y cerró con De madrugá. 

El tercero comenzó con una marcha que parecía sacada de una procesión y que anticipó El redentor, la única canción de Los Ángeles y su precioso cover de Can't Take My Eyes Off You enmarcada como si fuera una obra de arte y delante de los fans elegidos para subir al escenario convertido en sala de museo.

Rosalía comenzó el concierto como una bailarina de una cajita de música

Pero sobre todo guardaba otro de los momentos más esperados, la actuación de La perla, que desde su estreno en Lyon se ha hecho viral con sus referencias a La venus de Milo y su hermosa coreografía de Dimitris Papaioannou que remite al teatro de sombras y magia. Sin duda, una de las canciones más queridas por los fans a pesar de ser una de las más sencillotas de todo el disco, pero sus compases que mezclan el vals y la música mexicana, además del morbo de estar dedicada a uno de sus ex, la han hecho uno de los himnos ineludibles de Lux. Si a eso le sumamos que la canción comienza en un confesionario al que subió a confesar, en un momento delirante, a Esty Quesada (Soy una pringada) contando una relación tóxica, el momento viral estaba garantizado. 

El humor llegó también con la Art Cam que a modo de la Kiss Cam que jugó una mala pasada en el concierto de Coldplay aquí pedía a los espectadores que imitaran cuadros de la historia del arte que aparecían en pantalla. Fue el preámbulo de la primera vez que bajó Rosalía al público, para cantar Dios es un stalker desde los pasillos a ras del suelo y hasta llegar a su orquesta donde se rindió a La rumba del perdón y les presentó. Un foso que se descubrió como una cruz cuando se iluminó desde arriba y donde convirtió el estadio en su iglesia, con un botafumeiro que se penduleaba echando humo y luces estroboscópicas en ese medley de CUUUUuuuuuute y Sweet dreams, que se convirtió en el momento que define a la perfección su apuesta musical y visual.

Comenzaba así el subidón final. El último redoble de la misa de Rosalía que encadenó Bizcochito y Despechá hasta culminar con Magnolias en forma de bis. Rosalía ha creado su propia religión, una donde no hay normas, donde todo vale. Donde el arte más elevado se mezcla con lo popular —el museo que acogió la primera parte acabara destruido y por el suelo—, con el barrio y con el perreo; y donde lo religioso se convierte en lo más terrenal. Un concierto apoteósico que la confirma como la estrella más importante que la música española ha visto en muchos años.

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