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Extremadura ante el espejo de la violencia machista: Malvaluna alerta del “vicio” de una sociedad que vuelve a normalizar el control

­ Ilustración de Patricia Bolinches

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La violencia machista en Extremadura ya no solo se padece; se está volviendo a invisibilizar. La Asociación de Mujeres Malvaluna ha hecho saltar las alarmas con un informe demoledor que dibuja una realidad preocupante: una “percepción social viciada” que ha comenzado a naturalizar el control y la desigualdad. El documento, fruto de una investigación cualitativa en el territorio, advierte de que el cuestionamiento político de los derechos de las mujeres está calando en el tejido social extremeño, despojando a la violencia de su carácter estructural para reducirla, de nuevo, a sucesos aislados.

El estudio no se queda en la superficie. Se sustenta en la experiencia de quienes están en la primera línea: 37 entrevistas en profundidad a responsables políticos y, sobre todo, a las profesionales de la Red de Oficinas de Igualdad y Violencia de Género. De las 36 oficinas que vertebran la región, 33 han pasado por el examen de Malvaluna, ofreciendo una radiografía cruda de las carencias del sistema.

El peligro de la “violencia de baja intensidad”

La conclusión más amarga del informe es la pérdida de la visión de conjunto. Malvaluna alerta de que la violencia psicológica, la económica y, especialmente, la violencia digital están siendo absorbidas por la cotidianidad. Esta “normalización” actúa como un anestésico que dificulta la identificación de las agresiones y frena en seco la implicación de la sociedad civil.

La asociación es tajante: no se puede combatir lo que no se reconoce como un problema de poder. El texto denuncia que determinados discursos, que hoy encuentran eco en las instituciones, contribuyen a “desdibujar” la violencia, permitiendo que formas de control a través de las tecnologías (TRIC) crezcan sin una respuesta institucional a la altura.

Un mundo rural desasistido

En una región como la extremeña, donde el código postal determina el acceso a la justicia, el informe pone el foco en la brecha territorial. A pesar de la existencia de la red pública, Malvaluna denuncia que la cercanía real es un espejismo en muchas comarcas. “Es urgente sacar los recursos de los despachos y llevarlos a los rincones más aislados de Extremadura”, señala el documento.

La falta de densidad de población y la pervivencia de estructuras patriarcales más rígidas en los pueblos extremeños exigen, según la asociación, un “giro político” que deje de gestionar la igualdad desde la capital y empiece a pisar el barro del entorno rural.

La “revolución” y el sofá del patriarcado

Uno de los puntos más mordaces del informe llega a través de los testimonios directos de las agentes de igualdad. Una de ellas sintetiza la jerarquía doméstica que aún impera en muchos hogares extremeños con una metáfora que es, a la vez, una bofetada de realidad: “El sofá chachi guay, uno que se pone así para atrás, es de ellos. Entonces, desde ahí difícilmente puedes hacer una revolución. La revolución se hace desde el sofá medio roto”.

Para Malvaluna, esta imagen condensa la resistencia al cambio. Mientras el espacio de confort y poder siga perteneciendo al hombre, cualquier avance será cosmético. Por ello, exigen que la lucha contra la violencia machista sea tratada como un “problema de primer orden político”, exigiendo a la Junta de Extremadura y a los ayuntamientos una coordinación real y no solo fotos de protocolo.

Exigencias frente a la impunidad digital

El informe concluye con una exigencia de actualización urgente. La violencia digital: el acoso, el control de contraseñas, la difusión de imágenes sin consentimiento, requiere una reconceptualización de la intervención. Malvaluna reclama formación específica y mecanismos seguros de denuncia, advirtiendo de que, si las instituciones no se adaptan a la velocidad de la tecnología, estarán dejando a toda una generación de mujeres extremeñas en la más absoluta desprotección.

La advertencia es clara: Extremadura no puede permitirse dar ni un paso atrás en la comprensión feminista de la realidad si no quiere que el “sofá medio roto” acabe por hundirse del todo.

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