Elecciones andaluzas: el informe caritas
Juanma Moreno Bonilla, en la noche electoral andaluza, esgrimía su mejor aspecto de vendedor de electrodomésticos para intentar insuflar entusiasmo a su parroquia. Sólo que, a su vera, a senso contrario, bastaba con contemplar el rostro adusto, el ceño circunflejo, de su segundo, Antonio Sanz, como si saliera de ver una película serbia, en versión original y sin subtítulos en español.
Hace mucho aprendí que la correcta interpretación de los resultados en cualesquiera comicios no lo brindaba la demoscopia, sino el informe caritas, el gesto que delata las oscuras cavilaciones que se producen cuando la soberanía popular, en lugar de una apacible aritmética electoral, nos brinda una patata caliente, una bomba de relojería, un gobierno imposible, un lío, a buen decir del presidente de la Junta de Andalucía en ciernes.
Hay dos tipos de escrutinios en las urnas: aquellos en los que todos parecen haber ganado y los que da la sensación de que todos han perdido, incluso aquellos que numéricamente ganen. El desenlace del 17M en Andalucía responde a esta segunda impresión: el PP que gana pero sin mayoría absoluta; el PSOE que se desploma como un jubilado con pensión mínima; Vox que no avanza como le gustaría y sólo tiene dos escaños con los que negociar; Adelante Andalucía que cuatruplica su presencia en el Hospital de las Cinco Llagas pero que es consciente de que la suma de los votos de todas las izquierdas no llegan a la de todas las derechas, incluyendo a Se Acabó la Fiesta; y Por Andalucía que se ha quedado en 'Por los pelos', a la hora de revalidar su escueto resultado de cuatro años atrás.
Yo mismo me miré al espejo para contemplar mi propia cara: un tipo que creía que Andalucía seguía siendo de izquierdas y ya no lo es, alguien que pensaba que los votos se razonan y sólo se emocionan
Las caritas, en esos casos, parecían brindar una impresión contraria: uno veía a María Jesús Montero y los banners de la televisión podrían haber transcrito la leyenda “yo no ha hecho”, aunque Verónica Perez –la máxima autoridad en aquella célebre noche de los cuchillos largos en Ferraz– y María Márquez parecieran a punto de pedir la liquidación en la oficina de recursos humanos.
Manuel Gavira gritaba “prioridad nacional” como un mantra trumpista, pero, en el fondo, parecía pensar en cómo se las aviará para tangar al PP con tal de quedarse con la Consejería de Agricultura y la Presidencia del Parlamento de Andalucía. Antonio Maíllo, en su fuero interno, estaría ensayando exabruptos en latín: “Quoque tante Catilina abutere patitentia nostra”. Y José Ignacio García, con su aire de Gabriel Rufián de la Bética, parecía tan feliz como si hubiera ganado la pedrea del gordo de Navidad, pero a sabiendas –hay que echarle tiempo y paciendia-- de que su electorado es tanto o más joven que él.
Yo mismo me miré al espejo para contemplar mi propia cara: un tipo que creía que Andalucía seguía siendo de izquierdas y ya no lo es, alguien que pensaba que los votos se razonan y sólo se emocionan, un pecio hundido de los viejos tiempos de la Transición y de la autonomía que ya no sabe interpretar, a ciencia cierta, cuáles son las nuevas claves del pueblo al que pertenece.
Mientras me ponía un lingotazo para olvidar, intenté buscarle explicaciones: que si el ciclo reaccionario que aflige al mundo, que si la mala digestión de la globalización mercantilista, que si la rebelión frente al sistema a quince años del 15-M, que si una candidata inadecuada que sólo aterrizó en paracaídas en su tierra diez minutos antes de la contienda; que si la resaca de los ERE que siete años después sigue pesando en el imaginario colectivo; que si la incapacidad de aceptar la convivencia con los inmigrantes, aunque haya habido inmigrantes que también han votado a quienes les persiguen; que si la falta de un discurso capaz de seducir; que si el discurso unívoco de los medios de comunicación convencionales, que si el despotismo desilustrado de la redes sociales... Lo que ustedes quieran.
Ignoro a ciencia cierta cual sería la respuesta oportuna, pero de ella dependerá que, en el porvenir, más temprano que tarde, el rostro de Andalucía no siga siendo un jeroglífico indescifrable.
Como aquellos padres que ven como sus hijos huyen de casa, se dan a la droga o les reprochan que hayamos incumplido con ellos el contrato social, terminé preguntándome: “¿Qué hemos hecho mal?”. Malicio que esa debiera ser la pregunta correcta, sin excusas, para ir construyendo a paso horquilla como en la Semana Santa de Cádiz, una cara distinta para un futuro diferente.
Ignoro a ciencia cierta cual sería la respuesta oportuna, pero de ella dependerá que, en el porvenir, más temprano que tarde, el rostro de Andalucía no siga siendo un jeroglífico indescifrable. En caso contrario, ya iremos viendo cómo el suavón de Moreno Bonilla se irá pareciendo cada vez más a la dama de hierro Díaz Ayuso.
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