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La prioridad de la estupidez

El presidente de Vox, Santiago Abascal, junto al candidato de Vox a la Presidencia de la Junta, Manuel Gavira, el pasado 1 de mayo en Jaén.

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Prioritario debiera ser que la vivienda no sea un artículo de lujo, que no sólo crezca el empleo sino su dignidad, que no siga siendo malbaratada la sanidad, esa vieja joya de la corona, y que la enseñanza pública no sea definitivamente vencida por la privada o por la concertada. Digo yo.

“Prioridad nacional” es la expresión fetiche que acaban de introducir PP y Vox en sus últimos pactos autonómicos: a ciencia cierta no se sabe que esconde ese extraño mantra, pero podemos imaginarlo. Y habrá que ver si el supuestamente moderado Juanma Moreno Bonilla no tenga que aceptar ese trágala después de las elecciones andaluzas del 17 de mayo.

Por lo que cabe inferir de lo que hizo el último Gobierno del Partido Popular, limitar la atención sanitaria a los inmigrantes irregulares, que tampoco regularizarán, más allá de la actual campaña, que rechazan en contra de la opinión de la mismísima Iglesia Católica. ¿No sería prioritario que todos los habitantes de este puñado de tierra, tengan o no tengan papeles en regla, pudieran acceder a un médico y no sólo al de urgencias? En caso contrario, ¿no supondría un peligro para la salud colectiva, dado que los virus no necesitan visado en regla?

Seguramente, intentarán conjurar de esa forma tan chusca el visible deterioro del sistema de salud, pasando por alto su principal causa: el trato de favor a la sanidad privada, que se traduce en conciertos sinfónicos, aunque el PSOE ya amagase en su día con algunos recitales solistas en esta misma materia, como ocurriese con la gaditana familia Pascual.

¿Llegará la prioridad nacional a los colegios? ¿Volverá a ser el analfabetismo una varita mágica para que los centros públicos no se caigan a cachos o pierdan alumnos a favor de la concertada? ¿Será nacionalmente prioritario beneficiar a las universidades privadas estrangulando el presupuesto de las públicas o negándoles grados, como ya ocurre ahora?

Si la prioridad nacional estriba en desplazar a los que no sean españoles pero muy españoles, de los cupos de exigua vivienda pública, y dado los precios astronómicos del alquiler, se multiplicarán los asentamientos de infraviviendas como los de Huelva, Almería, El Vacie o Torreblanca en Sevilla, los Asperones en Málaga o la Cañada Real Galiana, en Madrid. Todo muy tranquilizador. Sobre todo, para sus habitantes aunque, también, digo yo, para el vecindario.

¿Llegará la prioridad nacional a los colegios? ¿Volverá a ser el analfabetismo una varita mágica para que los centros públicos no se caigan a cachos o pierdan alumnos a favor de la concertada? ¿Será nacionalmente prioritario beneficiar a las universidades privadas estrangulando el presupuesto de las públicas o negándoles grados, como ya ocurre ahora?

Ya veo a los nacionales patrióticos dirigiéndose, ufanos, a los invernaderos de Almería, a los campos de la fresa en Huelva, para recolectar frutos con salarios competitivos. Henchidos de patriotismo, volverán a enrolarse en nuestros pesqueros semidesguazados, en los españolísimos andamios e incluso en el ardor guerrero de nuestras milicias, con tan sólo restaurar, por ejemplo, el servicio militar obligatorio, que no hicimos ni Santiago Abascal ni yo.

Mientras todo eso llega, lo prioritario para España, hoy por hoy, sería la posibilidad cierta de sacar de la clandestinidad a 500.000 personas, en una campaña que concluirá el 30 de junio. Las ONGs ya han denunciado que muchos ayuntamientos no están poniendo toda la carne en el asador para hacerla posible. Parece claro que lo verdaderamente prioritario en nuestra tierra –la de todos aquellos que la trabajan—es la estupidez, dado que todos los indicadores económicos sostienen que la inmigración ha sido el motor fundamental del crecimiento demográfico y económico de España, aportando hasta el 84% del incremento poblacional y más de la mitad del aumento del PIB entre 2022 y 2024. Pueden pensar que yo sea un buenista, pero, ¿también lo es la OCDE?: esos jodidos zurdos insisten en aumentar la inmigración para sostener el crecimiento económico y paliar el envejecimiento demográfico.

¿Alguien se atrevería a decir que Antonio Machín no fue nuestro compatriota? Incluso Mario Vargas Llosa llegó por primera vez a España en 1958, cuando España era obligatoriamente una, no demasiado grande y nada libre. A los herederos de Manuel Fraga, les costó un par de décadas alejarse de aquel modelo de país. Ahora, están desandando el camino a contrarreloj. Debe ser prioritario para sus expectativas electorales

Mejor hacerle caso a Santiago y cierra España: volveremos a ser vintages y viajar en el túnel del tiempo hacia el antiguo régimen. No sólo nos privaremos de manos y de brazos fuertes y hasta ahora explotados, sino de sus celebros y del potencial de aquellos que quieren ser españoles cuando no faltan españoles que quieren dejar de serlo. Así que, mucho me temo, en semejante escenario, la prioridad podría ser la acabar con la falta de conciliación familiar, atajando sus causas más directas: que la mujer deje de trabajar para llevar a su prole al colegio y cuidar a sus mayores, en lugar de ponerles en manos de moras y panchitos.

¿Qué hubiera sido de la historia española sin la presencia de inmigrantes como Cristobal Colón, Américo Vespucio, El Greco, Andrea Doria o los Borbones? Aunque este último caso venga a demostrar que no todos los extranjeros debieran ser bienvenidos.

90 años después de su Golpe de Estado, Franco vuelve a ser trending topic entre algunos de los más jóvenes flechas y pelayos de nuestros días. Aquellos que sueñan con el añorado supremacismo, tan autárquico como el gasógeno, de esta gente cada vez menos bajita pero aún morena. Pues tampoco: creo recordar que, por entonces, un negro cubano, José Legrá, ganaba con calzonas rojigualdas en dos ocasiones el campeonato mundial de peso pluma, décadas antes de que la hispanocubana Niurka Montalvo obtuviera el oro en salto de longitud en las filas españolas. ¿Alguien se atrevería a decir que Antonio Machín no fue nuestro compatriota? Incluso Mario Vargas Llosa llegó por primera vez a España en 1958, cuando España era obligatoriamente una, no demasiado grande y nada libre. A los herederos de Manuel Fraga, les costó un par de décadas alejarse de aquel modelo de país. Ahora, están desandando el camino a contrarreloj. Debe ser prioritario para sus expectativas electorales.

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