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Hombre blanco hablar con lengua de serpiente

El presidente de EEUU, Donald Trump, en un acto en el Despacho Oval.
20 de abril de 2026 20:52 h

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Luis Carandell recogió, en uno de sus libros, la célebre respuesta que José María Gil Robles, al frente de la derechista CEDA, a un diputado en el Congreso español, que le espetó, en 1934, “su señoría es de los que todavía llevan calzoncillos de seda”. “No sabía que su esposa fuera tan indiscreta”, replicó con sorna.

¿Qué se hizo de aquel ingenio y de aquellos oradores, en un tiempo y en un mundo en el que el arte del exabrupto sustituye a Demóstenes en la conversación pública? El insulto sustituye al argumento, a la patraña se le llama post-verdad y el supuesto mantra de los indios del western que Javier Krahe utilizó en una canción contra el felipismo, se extiende a todas las esferas del poder y no sólo a la política en sentido estricto: Hombre blanco hablar con lengua de serpiente.

Los embustes de Pericón eran alta literatura comparados con la barahúnda de medias verdades o de mentiras completas que no sólo se extienden por las redes sino por los medios de comunicación que tienen el derecho y el deber constitucional de preservar la veracidad. Telecinco tendría que reponer urgentemente La máquina de la verdad, de Julián Lago, para acordarnos de qué se suponía que era eso en los años 90 del pasado siglo. ¿Imaginan a Miguel Ángel Rodríguez, al Pequeño Nicolás, a José Luis Ábalos, a Cristóbal Montoro, al rey emérito o al comisario Villarejo entre sus nuevos concursantes?

Nos hemos acostumbrado a que algunos líderes políticos digan algo y lo contrario en menos que canta un gallo: “¿Ha visto alguien lo mal que lo está haciendo España? Sus datos económicos, a pesar de que apenas contribuye algo a la OTAN y a su defensa militar, son absolutamente horrendos. Es triste verlo”, acaba de soltar Donald Trump a través de sus redes. Sólo que, hace menos de un año, cuando pretendía que nuestro país aportara un 5% al mantenimiento de esa misma plataforma militar, utilizaba el argumento contrario: “La economía española es buena (…) Lo están haciendo muy bien”.

El racismo es un bicho con dos patas: la del miedo y la de la difamación, como puede apreciarse en las canchas de fútbol o cada vez que toca regularización de inmigrantes o campaña electoral

En El Arte de la Guerra, Sun Tzu sostiene que «toda guerra se basa en el engaño», con el propósito de manipular la percepción del enemigo para ganar sin luchar, aparentando debilidad cuando se es fuerte, inactividad cuando se mueven tropas, y cercanía cuando se está lejos. Goebbels elevó dicha máxima a la enésima potencia. La propaganda –que es una de las fórmulas sublimes del engaño– llevó al Tercer Reich a aniquilar a seis millones de judíos y a medio millón de gitanos, entre otras etnias, en su caso ideológicas, como izquierdistas, demócratas o simplemente cristianos o musulmanes –tártaros o bosnios, aunque a estos últimos los etiquetaban como raza aria–. El racismo es un bicho con dos patas: la del miedo y la de la difamación, como puede apreciarse en las canchas de fútbol o cada vez que toca regularización de inmigrantes o campaña electoral.

También llama a engaño la estupidez. Hace unos días, en las jornadas taurinas de Algeciras –en las que participaron en otro tiempo aficionados de la talla de Francisco Brines, Almudena Grandes, Eduardo Mendicutti, Darío Jaramillo, Felipe Benítez Reyes o Carlos Marzal–, apareció un tal Antonini de Jiménez, youtuber de profesión, ferviente seguidor de Isabel Díaz Ayuso o de Santiago Abascal, que llegó a proclamar, sin despeinarse, que “si Noelia [Castillo] hubiera tenido un novio torero, habría conocido otra forma de entender el dolor”, aludiendo a la joven de 25 años que optó por la eutanasia tras un largo proceso judicial y un largo sufrimiento privado.

Es difícil batir dicha plusmarca soez, pero expresiones similares siguen a la orden del día, por no hablar de las teorías conspiranoicas, tan al uso. Como diría Joaquín Sabina, no parece fácil echar margaritas a los cuerdos, en los tiempos que corren.

La lengua vernácula de la contemporaneidad es la del insulto. En la vida cotidiana, tales prácticas suelen preceder a las de otra violencia, la física

Pero la lengua vernácula de la contemporaneidad es la del insulto. En la vida cotidiana, tales prácticas suelen preceder a las de otra violencia, la física. Si alguien empieza por llamar imbécil a su pareja, andando el tiempo y si dicha costumbre escalase, el asunto podría terminar en una esquela mortuoria. Que los dioses nos libren que dicha causa-efecto se extienda a la cosa pública, porque estamos a pique de un repique.

Sin ir más lejos, en la exaltación de María Corina Machado que urdió la Comunidad de Madrid este fin de semana, constituyeron un clamor los gritos de “mona” o “fuera la mona”, dirigidos contra Delcy Rodríguez, presidenta encargada de la República Bolivariana de Venezuela con la aquiescencia del actual inquilino de la Casa Blanca, tras el secuestro del autócrata represor Nicolás Maduro.

La opinión pública ya está acostumbrada a descalificaciones genéricas: “aquelarre comunista”, “narcoestados”, “gestores de países sumidos en la pobreza y el narcotráfico”, “guerracivilistas populistas y revanchistas”, han llamado desde la derecha a la cumbre progresista que Pedro Sánchez convocó en Barcelona este sábado.

El insulto, parece obvio pero no lo parece, es una falta de respeto. Por mucho menos que eso, los jueces montan un cirio cada vez que desde el Gobierno les mandan a hacer puñetas

A Sánchez, sin ir más lejos y desde que reside en La Moncloa, le llamó Pablo Casado “traidor”, “felón”, “incapaz”, “incompetente”, “mediocre”, “mentiroso compulsivo”, “ilegítimo” u “okupa”: “No son descalificaciones, son descripciones”, argumentó el extingo presidente del PP. El actual, Alberto Núñez Feijóo, no suele llamarle presidente –salvo a sí mismo–, pero se inventó un cargo para el líder socialista: primer ministro, que no existe en nuestro nomenclátor gubernamental. Hay quien le llama “Perro” y Díaz Ayuso, “me gusta la fruta”, pero Rosa Díez ha llegado a calificarlo como “psicópata”. Miguel Tellado ha optado, por ejemplo, por “mezquino, déspota y un cínico de manual”. El insulto, parece obvio pero no lo parece, es una falta de respeto. Por mucho menos que eso, los jueces montan un cirio cada vez que desde el Gobierno les mandan a hacer puñetas.

A este paso, cualquier día un diputado de Vox es capaz de subirse a la mesa del Congreso a montar un mingo y habrá grupos políticos que ni lo condenen.

También hay bocachanclas en la bancada azul. El ministro Óscar Puente es un profesional de esos excesos verbales: hace un mes, descalificó a algunos periodistas malagueños como “buleros y mamporreros de quinta”, que hacían “publirreportajes” al servicio de la Junta de Andalucía. Tras la lógica y sensata condena por parte de la Asociación de la Prensa de Málaga, en su descargo, quizá eche mano de los tres folios de insultos dedicados a su persona, que recopiló hace tiempo: entre todos ellos, no sé si decantarme por el de “cuota castellana y vocinglera de un mercado de paletos, destripaterrón a sueldo, machaca del mal, sicario del caos, castellano traidor” o “antropoide del Consejo de Ministros, que lleva el traje de simpático orangután”.

Es posible contrarrestar la mentira y desnudar las ocurrencias, pero es complicado detener la máquina de fango. Frente al insulto, quizá la única argucia sea la de insultar con mayor elegancia, pero yo no sabría cómo. Si alguien me llamase, como suele ocurrir, yayoflauta, pesebrero o vendepatrias, mi falta de oficio me llevaría tan sólo a exclamar “recáspita”. El hombre blanco hablará con lengua de serpiente, pero hay quienes no tenemos lengua bífida y eso, visto lo visto, puede resultar contraproducente.

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