Juan Carlos Aragón y la caída de los dioses
Les supongo al corriente de que la ciudad de Cádiz es una isla en el tiempo. Así que no se extrañen de que aquí nadie hable del Caso Montoro, aunque nadie hable en ninguna parte del Caso Montoro. Sin embargo, en la conversación pública de la última semana, tampoco los gaditanos están enfrascados en los dimes y diretes de Zapateros, Leires o la familia de Pedro Sánchez. Aquí no hay Kitchen que valga y ni siquiera ha tenido la repercusión que hubiera merecido el hecho de que un alcalde troglodita le haya quitado el nombre de Joan Manuel Serrat de un espacio público, como si quisieran borrarlo –imposible albur—de la memoria colectiva. El Diario de Cádiz dio en portada que Vox le exigía al PP andaluz que los inmigrantes sin papeles no recibieran asistencia sanitaria y ni nos alarmamos sobre la posibilidad de que, de acometerse dicha medida insalubre, repunten los casos de gripe porque los virus no entienden de visados ni de racismo.
Aquí de lo que se habla, desde hace diez días, es de que el autor carnavalesco Juan Carlos Aragón –que también publicó un par de libros de poemas y una novela- hubiera sido condenado en vida por malos tratos a una de sus parejas. La ciudad toda es un ágora y las redes, un avispero que se ha lanzado a zumbar sin cuidado alguno por el hecho de que haya tres hijos de por medio y que uno de ellos sólo tenga 7 años de edad.
Desde que trascendió la noticia, que data de 2010, en pocas horas se añadió una secuencia a la película “La caída de los dioses”. Del mito al me too, rezaba un oportuno meme. Tras su muerte en 2019, le elevaron a la gloria: capilla ardiente en el Gran Teatro Falla, su nombre rebautizó a un colegio y estaba anunciada la colocación de una estrella de la fama con su santo y seña, cuando su ex pareja Paqui Pino dio a conocer la condena y el acto fue suspendido. El Ayuntamiento de Cádiz, que titula Bruno García, del PP, después de mediar para que su partido retirara la petición de censurar a varias agrupaciones carnavalescas, en Alcalá de Guadaíra, la jornada de reflexión, anunció que ya no habría estrella ni apoyo público para la Fundación creada por su viuda, Luisa Tejonero, para preservar su obra.
Así que al que endiosaron a título póstumo, lo satanizaron en un plisplás, con esa extraña costumbre de la polarización que en tantos aspectos nos aflige. De entrada, sólo cabe inferir que un maltratador, por muy ingenioso que sea en otros aspectos de su vida, fue un nota, como suele decir la gaditanía y los hermanos Cohen. Ahí no cabe discusión alguna, pero si es posible introducir otros matices.
Hay distingos entre los crímenes que afectan a bienes materiales o al orden socioeconómico y los que interesan a la vida, la integridad física, moral y la libertad sexual. Aunque las leyes no lo digan, la opinión generalizada es que, en lo relativo a esos últimos, un violador, un pederasta o un maltratador lo será para siempre. Pero no es una regla matemática, aunque convenga establecer cautelas al respecto
“Qué escándalo, aquí se juega”. La frase de Claude Atkins en la película “Casablanca” ilustra bien a buena parte de la hipocresía ciudadana. Que no sabíamos nada, dieron en excusarse tirios y troyanos, pero se sabía, aunque primaran otras consideraciones a la hora de convertirle en un local hero: primero, que había muerto, por lo que no cabía reincidencia en conductas agresivas; y, segundo, el conocido aserto de que la obra trasciende a la persona.
Podría, con todo ello, haberse abierto un debate de interés, pero la deriva de este asunto ha naufragado en el fango más que en las ideas. Se ha sustanciado, eso sí, que un maltratador no puede convertirse en un ejemplo cívico, por lo que no es de recibo rememorarle con dinero público. Lo que no significa, también se ha dicho, cancelarlo: somos libres de seguir rememorando sus coplas, lo mismo que seguimos apreciando la pintura de Caravaggio a pesar de haber cometido un asesinato o la poesía de Rimbaud por más que se dedicara al tráfico de armas o al de esclavos. Desde la afición privada, es lícito celebrar el “Viaje al fin de la noche”, de Celine, aunque colaborase con los nazis; los versos de Pablo Neruda aunque confesara una violación, o el Guernica de Pablo Picasso, por más que su comportamiento con las mujeres dejara, visto lo visto, mucho que desear.
John Lennon confesó que, en su juventud, había sido también un maltratador y que, por ello, expiaba su culpa con canciones de amor y paz. En el caso del autor de “Imagine” hubo arrepentimiento en una entrevista en Playboy, en 1980. En el caso de Aragón, no lo hubo, aunque escribiera letras de corte feminista –también otras que no lo fueron--: pero hubo rehabilitación, ya que se desintoxicó de las drogas y del alcohol y durante su última relación no se le fue la mano con nadie, que se sepa. Algo así como una redención silenciosa. ¿Lo es sin justicia y reparación? Buena pregunta para demandar una respuesta serena.
En la discusión, también se ha introducido otra clave: ¿qué sería del Estado de Derecho sin la reinserción o la rehabilitación del delincuente? Juan Carlos Aragón fue condenado y, a efectos legales, cumplió con la sentencia. Como se dice en las novelas negras, pagó su deuda con la sociedad. En el Código Penal español, sin embargo, hay distingos entre los crímenes que afectan a bienes materiales o al orden socioeconómico y los que interesan a la vida, la integridad física, moral y la libertad sexual. Aunque las leyes no lo digan, la opinión generalizada es que, en lo relativo a esos últimos, un violador, un pederasta o un maltratador lo será para siempre. Pero no es una regla matemática, aunque convenga establecer cautelas al respecto.
La 'damnatio memoriae' no es una noticia fresca: data de la antigüedad y, en su día, por dicha intención se borraron nombres, se destruyeron efigies y se condenaron libros. Algo así empieza a ocurrir con el Capitán Veneno: entre la sobrevaloración y el desprecio, no parece existir una tangente. ¿Y si la hubiera?
Tras su fallecimiento, a Juan Carlos Aragón, sólo le queda la posibilidad de ser memoria. La damnatio memoriae no es una noticia fresca: data de la antigüedad y, en su día, por dicha intención se borraron nombres, se destruyeron efigies y se condenaron libros. Algo así empieza a ocurrir con el Capitán Veneno: entre la sobrevaloración y el desprecio, no parece existir una tangente. ¿Y si la hubiera?
Por ejemplo: aceptemos de grado la retirada de sus celebraciones a cargo de los presupuestos públicos, porque quizá, entre otros motivos, cualquier artista que incurra en el maltrato puede maliciar que esa mancha no va a borrarla la eternidad –absténganse de gracietas sobre la célebre comparsa homónima de Antonio Martínez Ares--. Quizá así se les pare la mano en el aire, porque puede ser extremadamente disuasorio para un espíritu narcisista.
Sin embargo, también podríamos convenir en que podríamos salvar la memoria de su obra. La estrella podría llevar el rótulo de “Los Yesterdays” o de “Kadi City”. Y el colegio, por ejemplo, pasar a llamarse “Los peregrinos”, “La gaditanísima” o “Er Chele Vara”, en referencia a sus últimas agrupaciones. Pero no habrá caso: seguiremos enzarzados en los maximalismos de uno y de otro signo, sin entender que lo que no es admisible, en este o en otros asuntos, sea revictimizar a las víctimas, ni olvidar que hay niños delante.
A la postre, paradojas de la vida, se está cumpliendo al pie de la letra –y nunca mejor dicho—lo que Juan Carlos Aragón escribió para “Los Ángeles Caídos” –qué apropiada metáfora--, allá por 2002, mucho antes de los hechos que llevaron a la denuncia: “Sólo les quiero pedir / que si hay una mujer a la que yo maltrate, / sigan con este combate / para que me maten... a mí”.
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