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Ser o necesitar, esa es la cuestión (política)

Steve Hilton, antiguo presentador de la Fox y el candidato de Trump.
3 de junio de 2026 21:20 h

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Ayer por la mañana, sentada en una cafetería del costero pueblo de Del Mar, California, escuché una conversación entre tres señores mayores adinerados. Los hombres, a la sazón oriundos de la localidad donde el valor medio de una vivienda se acerca a los cuatro millones de dólares, discurrieron sobre la venta del Jaguar (coche, no animal) de uno de ellos, la posible operación de cataratas de otro y, por último, las primarias a gobernador de California que tuvieron lugar el martes, 2 de junio. 

Del coloquio pude vislumbrar su apatía y hasta desgana por participar en el día grande de la democracia, con esa desidia evidente en quienes saben que los ceros de su cuenta bancaria les protegen de cualquier resultado. Pero lo que más me sorprendió fue su antipatía a uno de su propia clase, el multimillonario Tom Steyer, que ha batido récords gastándose más de 200 millones de dólares para derrotar al político de partido e hijo de inmigrantes Xavier Becerra. 

Aquella escena me dejó una intuición incómoda: tal vez la política no se decide sólo por lo que uno necesita, sino también por lo que uno cree ser.

A la hora de entrega de este artículo, la elección en California aún no se ha decidido. El republicano Steve Hilton tiene el 27,8% de los votos según AP, Becerra el 25,4% y Steyer el 19,6%, aunque los porcentajes pueden cambiar significativamente con solo el 58% escrutado. 

Mientras escuchaba a aquellos hombres hablar de coches de lujo, operaciones privadas y elecciones con la misma distancia con la que se comenta el tiempo, pensé que la política rara vez se decide sólo por necesidad

La estrategia de Steyer, similar a la de Trump pero desde la izquierda progresista, consiste en financiar su campaña con su propio dinero para presentarse como autónomo frente a los intereses privados. Su programa promete algunas de las obsesiones materiales de la clase media californiana: sanidad más pública, vivienda más barata, mejores escuelas y una factura eléctrica menos abusiva.

Sin embargo, a los millonarios de la cafetería la campaña de Steyer no les impresiona. “Es increíble que se gaste tanto de su propio dinero en anuncios, estoy harto de los anuncios políticos”, dice uno. 

Por su parte, Hilton, antiguo presentador de Fox News, recibió el apoyo del presidente Trump. En palabras del propio Trump, Hilton sería una continuación de su trabajo en la Casa Blanca, pero en California: la política del agravio, la promesa de mano dura y la conversión de cada conflicto social en una guerra de identidades.

Mientras escuchaba a aquellos hombres hablar de coches de lujo, operaciones privadas y elecciones con la misma distancia con la que se comenta el tiempo, pensé que la política rara vez se decide sólo por necesidad. Quienes más protegidos están pueden permitirse la indiferencia. Pero quienes menos protegidos están no siempre votan por aquello que materialmente les conviene. A veces votan para ordenar el mundo: para decir quiénes son, de qué lado creen estar, a quién temen, a quién culpan y a quién están dispuestos a perdonar.

La pregunta incómoda no es sólo por qué la izquierda no convence, sino por qué la derecha conserva la confianza incluso cuando gobierna mal aquello de lo que muchos de sus votantes dependen

Quizá por eso me cuesta tanto dejar de pensar en Andalucía.

Han pasado ya dos semanas desde que se anunció el resultado de las elecciones andaluzas, favorable a la derecha y a la ultraderecha, y una parte de mí sigue recelosa. Quizá se niega a aceptar que, pese a las listas de espera de la sanidad, los cribados del cáncer de mama y las investigaciones por fraude en contratos, el electorado no sólo no haya castigado al Partido Popular en el Gobierno, sino que lo haya mantenido como primera fuerza y lo haya empujado a depender de Vox.

Podemos analizar desde aquí el fracaso de la izquierda andaluza por arriba y por abajo. Pero en estas líneas propongo mirar hacia otro lugar: hacia los votantes andaluces de derechas y los mecanismos emocionales, culturales y materiales que los han llevado a repetir papeleta.

La pregunta incómoda no es sólo por qué la izquierda no convence, sino por qué la derecha conserva la confianza incluso cuando gobierna mal aquello de lo que muchos de sus votantes dependen. La respuesta, sospecho, está menos en el bolsillo que en la identidad: en la capacidad de convertir el voto en una forma de pertenencia antes que en una evaluación de resultados.

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