La particular fiesta escénica que propone un encuentro entre la viuda de Camarón y la de Elvis en una verbena
El verano es tiempo de verbenas en barrios y pueblos, pero para David Montero (Sevilla, 1973) estas celebraciones poseen un significado profundo que las artes escénicas pueden aprovechar. Así lo pone de manifiesto en Loverbena, un díptico que incluye una propuesta de calle (La verbenera) y otra para salas (Ser verbena) con el mismo fundamento: “La fascinación por el espacio de comunidad que genera una verbena, definida como una fiesta popular callejera con música en directo, pero de la que me interesa, sobre todo, el hecho de que es lo contrario de la espectacularización. Un evento autogestionado, donde lo importante es la gestión del espacio y del tiempo por parte del colectivo”, explica el dramaturgo y actor sevillano.
Después de presentar La verbenera en Valladolid el pasado mes de mayo y Ser verbena en la última feria de Palma del Río, David Montero se dispone a llevar su fiesta escénica a La Rábida (Huelva) este jueves 16 de julio. “Al principio pensábamos en trasladar a verbena a una sala, pero pronto nos dimos cuenta de que era más interesante hacer un acercamiento más oblicuo. Ahora no se trata de replicar una verbena, sino de robar el espíritu de estas celebraciones o, por así decirlo, hacer una verbena comisariada. Un espacio de libertad donde se puedan acoger todas las disidencias, donde se genere ese espacio y tiempo propios que decide la comunidad. Mi intención es tomar elementos de esa fuerza política de a alegría colectiva y ponerla en un primer plano”.
Aunque el trabajo de Montero se ha caracterizado en los últimos tiempos por la interacción con el público, en creaciones como Turismointerior o El tiempo del hijo, en esta ocasión se apoya en compañeros de viaje como María Castañeda, Esther Alonso, Pedro Rojas Ogáyar, Vanesa Aibar o Roberto Martínez. “También invitamos en la propuesta de calle a artistas locales amateurs para que se sumen a la obra”, apunta, “y con ellos generamos un contexto que da un nuevo sentido al resultado final. Las dos piezas tienen sentido de manera independiente, pero el objetivo es que se hagan alguna vez las dos juntas, por muy suicida que parezca”.
Comunidad y horizontalidad
“El público se involucra también, aunque no tanto en la pieza de sala”, prosigue el sevillano. “Una de las cosas que nos interesaban más era investigar los mecanismos para que seamos todo el rato intérpretes y público casi a la vez. Por ejemplo, ves al humorista del barrio que está en el escenario contando chistes, y al cabo de un rato vuelve a subir para entregar un premio. Hay un continuo cambio de roles que me apasiona. Si en Turismo interior estaban en primer plano las vidas cotidianas de las personas, los relatos individuales, aquí la experiencia es más colectiva y escapa de la espectacularización. Un festival como Icónica, por ejemplo, no es verbena: no tiene una escala humana”.
Pero, ¿cómo se traducen esas intenciones en la práctica teatral? Pues a través de un ficticio, improbable encuentro entre Dolores Montoya, Chispa, la viuda de Camarón, y Priscilla Presley, quien fuera esposa del Rey del Rock. “Empezamos a fabular ese encuentro entre las viudas de dos mitos del siglo XX”, explica Montero, “y vimos que las dos van a descubrir que lo importante no es ‘ser verbena’ –ahora mismo todo el mundo lo es, Donald Trump el que más: es muy fácil adoptar esa estética– sino generar ese espacio de comunidad y horizontalidad”.
Bajo esta búsqueda subyace una crítica velada al consumismo, que ha transformado las fiestas y el ocio en general. “Todo ese fenómeno de los selfis y la exhibición del ego es el último paso del consumo. Hoy todo es consumo”, asevera Montero. “La fiesta en general tiene sentido porque escapa de la lógica de inversión-beneficio. Si todo es consumo, nada es humano. El tiempo libre es libre porque no es consumo, la fiesta es fiesta porque no busca el beneficio. Nuestro proyecto quiere reivindicar eso”.
Música de orquesta
Lo mismo puede decirse de la condición de la verbena como evento intergeneracional, no segmentado por edades. “Estudiando la estructura de la verbena”, añade Montero, “nos dimos cuenta de cómo las orquestas tienen clarísimos los estilos de cada pase: empiezan con un pasodoble, pasan a la pachanga, quizá un bolero, luego pasan a la música de ahora... En una verbena no es raro ver a la abuela bailar con el nieto. Ha desaparecido esa segmentación que es propia del mercado”.
En definitiva, concluye el dramaturgo, “lo que intentamos es robar, preguntarnos qué podemos aprender de todo esto para aplicarlo a una pieza escénica. Coger esa sabiduría ancestral y hacer que dé resultados sobre las tablas”.
A la espera de su cita en La Rábida, Montero afirma que la respuesta del público está siendo hasta ahora muy positiva. “Teníamos dudas de cómo funcionaría fuera de Andalucía un personaje tan de la Bahía de Cádiz como Chispa, pero en Valladolid funcionó muy bien. Todo el mundo conoce cuál es el espíritu de una verbena, y ya se sabe que ser local es la mejor manera de ser universal”.
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