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Que la historia no se repita

Nicole Kidman, en la última gala de los Oscars
20 de marzo de 2026 20:52 h

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Estoy enfadada, dolida, rabiosa. Lo estoy porque fui niña en los ochenta y adolescente en los noventa. Y si son mujeres de mi generación, sabrán lo que eso significa: crecer odiando tu cuerpo.

Odiándolo porque tenía carne. Porque nunca se parecía lo suficiente al modelo aspiracional que se nos imponía desde la música, la moda, el cine, los videoclips, las revistas y toda la cultura que nos rodeaba. El de chicas con cuerpos minúsculos, frágiles, con huesos marcados, una delgadez extrema que no representaba solo un ideal de belleza, sino que era un signo de estatus, de encajar, justo en ese momento vital en el que todos necesitamos precisamente eso.

Ser una adolescente en estos años era comprar revistas que junto a la foto de tu grupo favorito en la portada llevaban titulares como: “Pierde cinco kilos en una semana”, “elimina tu barriga”, “controla tu apetito en 10 pasos”. Era que a Kate Winslet la llamaran gorda en Titanic, que se hicieran chistes sobre su peso en los principales programas, que llegaran a decirle que si no adelgazaba tendría que conformarse con papeles de gorda. (Busquen una foto de la actriz en Titanic y observen su delgada silueta y su estrecha cintura). Era que te escupieran a ti ese “gorda” como el peor de los insultos.

El ideal de belleza de estos años se llamaba “heroin chic”, es decir, una estética que imitaba las consecuencias del consumo de heroína: cuerpos esqueléticos, de aspecto frágil, enfermizo.

Se nos enseñó que nuestros cuerpos tenían que menguar hasta casi desaparecer, la anorexia y la bulimia se dispararon entre adolescentes y mujeres jóvenes, y a muchas, nos dejó una huella que nunca desapareció. Una huella en forma de rechazo, de juicio, de culpa cuando todavía hoy nos comemos una galleta de chocolate.

Parecía que ese horror había pasado, que habíamos superado todo aquello, que los cuerpos diversos estaban cada vez más representados, que la carne real con presencia, con celulitis, con volumen ya no era motivo de escarnio, que lo que queríamos era estar fuertes y ocupar el espacio. Pero ver la alfombra roja de los Óscar el pasado fin de semana supuso la constatación de algo que veníamos atisbando en los últimos tiempos: el regreso de la extrema delgadez como modelo estético.

Me dolió como una herida sangrante.

Me ha emocionado no verme sola en esto, leer a numerosas mujeres alzar la voz igual de escandalizadas que yo. Porque la adolescencia nos dejó una herida, pero también un conocimiento y una especie de legado para las nuevas generaciones. El de no dejar que vuelvan a pasar por lo mismo que nosotras. Esta vez no

¿Es casualidad que justo ahora a las mujeres se nos lance ese mensaje? No. Es un signo de los tiempos que corren. Lo explicó Naomi Wolf en 'El mito de la belleza': cada avance feminista conlleva una reacción. Cuando las mujeres avanzan en derechos, en presencia pública, en autonomía, el sistema encuentra nuevas formas de disciplinarlas. Y una de las más poderosas es esta: hacer que odien sus cuerpos.

El canon estético extremo funciona como un muro de contención, porque una mujer que gasta todos sus recursos, energía y tiempo en intentar corregirse para ser digna de la aprobación social, una mujer insegura, con la autoestima mermada, es una mujer mucho más inofensiva para el sistema. Los cuerpos disciplinados son dóciles, están debilitados y no concentrarán sus energías en cuestionar al poder.

No, no es ninguna causalidad que esto coincida con el auge de la extrema derecha, con los discursos reaccionarios, con el Trumpismo, con la vuelta a los valores tradicionales.

Pero al mismo tiempo, me ha emocionado no verme sola en esto, leer a numerosas mujeres alzar la voz igual de escandalizadas que yo. Porque la adolescencia nos dejó una herida, pero también un conocimiento y una especie de legado para las nuevas generaciones. El de no dejar que vuelvan a pasar por lo mismo que nosotras. Esta vez no.

Quizá lo de poner el cuerpo cobre ahora más sentido que nunca. Utilizar nuestras cicatrices para frenar esta locura. Que la historia no se repita. Que no pasen.

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