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Detrás de la nueva espiritualidad

Hakuna, tras acabar un concierto, en una imagen de archivo de finales de 2022.
17 de abril de 2026 22:22 h

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Cuenta la redactora del The New Yorker Jia Tolentino, en su libro Falso Espejo, que creció en el seno de una iglesia evangélica ultraconservadora en Houston. Describe la ciudad del estado de Texas como un lugar desmesurado, imposible de abarcar. Más de dieciséis mil kilómetros cuadrados de área metropolitana, una extensión tan vasta que desactiva cualquier dimensión de lo colectivo. En Houston, cuenta, el espacio público prácticamente no existe: “las autovías son, a decir verdad, el único espacio público real de la ciudad, el único lugar en el que la gente, fuera de sus enclaves personales, está al lado de otros”.

La ciudad crece a un ritmo impredecible y frenético, su población se diversifica, pero lo hace en compartimentos estancos, con alta dependencia del coche y con una ausencia de espacios donde construir una vida comunitaria.

Quizá por eso, explica, tantas familias (como la suya, hija de inmigrantes filipinos), gravitaban hacia las megaiglesias. No tanto por una cuestión de fe como por la necesidad de una escala en la que se hiciera posible construir vínculos sociales. Dentro de ellas, Houston dejaba de ser inabarcable y se volvía, por fin, una ciudad de tamaño humano.

Pensaba en ello mientras me preguntaba por las causas de este repunte de lo espiritual y de los grupos religiosos entre los jóvenes en España. En los últimos años, las iglesias evangélicas se han multiplicado en nuestro país, los retiros espirituales viven un auténtico boom desde la pandemia, grupos de música cristiana como Hakuna congregan a miles de fans en conciertos, y Rosalía pone de moda la iconografía católica mientras habla de la importancia de la fe y la oración en su vida: “Ahora rezo más que ir a terapia”.

Pensaba en que quizá no se trate tanto de un regreso a la fe sino de la necesidad de algo más básico, la comunidad. Me da la sensación de que no es que los jóvenes crean más, sino de que están más solos.

Nuestras vidas se han replegado hacia el interior y hacia las pantallas de nuestros teléfonos, agendar un encuentro con nuestros amigos se ha hecho casi más difícil que conseguir cita con el dermatólogo, los parques están cada vez menos poblados de niños y más por maletas rodantes, la militancia y la lucha colectiva ha devenido en poner tuits

No caeré en idealizar mi infancia, ni mucho menos. Ser una niña en los ochenta y noventa no fue un camino de rosas, pero sí recuerdo ese mundo pre redes sociales en el que bastaba tocar el timbre de tus amigos para que bajaran a jugar a la calle. Recuerdo también el cine de verano de mi barrio, la piscina pública, las velás (pequeñas ferias que montaban los vecinos), o los locales que tenían los sindicatos y que aglutinaban la actividad vecinal.

Todo eso ha ido desapareciendo y, aunque no vivamos en Houston, nuestro modo de vida se parece cada vez más. Nuestras vidas se han replegado hacia el interior y hacia las pantallas de nuestros teléfonos, agendar un encuentro con nuestros amigos se ha hecho casi más difícil que conseguir cita con el dermatólogo, los parques están cada vez menos poblados de niños y más por maletas rodantes, la militancia y la lucha colectiva ha devenido en poner tuits.

Cuando la comunidad desaparece nos quedamos a la intemperie, pero la necesidad de pertenencia es profundamente humana, y ahí es donde las iglesias parecen haber sabido ver el hueco. No se trata solo de fe. Ofrecen una estructura, rituales, grupo, convivencia, sentido.

Ayer escuchaba a Oliver Laxe decir que la modernidad y la ilustración nos habían fallado, que necesitábamos volver a la tradición y reespiritualizar el mundo.

Creo que tiene razón en que algo está fallando pero discrepo con la solución propuesta. No creo que necesitemos espiritualidad sino comunidad: centros culturales, bibliotecas con presupuesto para actividades, cineclubs, parques, espacios públicos para hacer deporte, teatros, centros de salud, tiempo para vivir, ciudades que inviten a estar y no solo a consumir.

Si no somos capaces de construir y defender estos espacios, no debería extrañarnos que otros, más estructurados y hábiles, acaben ocupándolos.

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