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Este es un espacio donde opinar sobre Sevilla y su provincia. Sus problemas, sus virtudes, sus carencias, su gente. Con voces que animen el debate y la conversación. Porque Sevilla nos importa.

La ciudad podrida

Alojamiento turístico en el centro de Sevilla.

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Se cuelan en tu casa por cualquier rendija. Una grieta en las tuberías o los conductos del aire acondicionado, un túnel invisible desde la calle hasta los cimientos o el cajón de un viejo armario que ya viene infectado desde el anticuario. Son las termitas. Pequeños insectos que viven en colonias por miles y que se alimentan de la madera que consumen desde dentro hacia afuera, dejando en muebles o paredes una fina capa intacta en la superficie mientras todo queda destruido y vacío en el interior. Esto hace que la infestación pase desapercibida hasta que el daño es grave, incluso irreparable.

La de las termitas es una imagen que me persigue desde hace días, pensando en escribir sobre el impacto de la proliferación de viviendas turísticas en Sevilla. Y creo que refleja bien el perjuicio que este modelo de negocio lleva años generando en nuestra ciudad, de forma discreta y silenciosa, hasta que las heridas empiezan a resultar evidentes y ya apenas queda margen para restañarlas.

No podemos considerar negativos en sí mismos los pisos turísticos. Son una actividad lucrativa legítima para el dueño de una vivienda. En su origen, las plataformas como Airbnb nacieron para el intercambio de casas entre propietarios. Rápidamente, surgió la opción del alquiler vacacional en estas herramientas online, como ocurría tradicionalmente en las localidades de costa. Y poco a poco el capitalismo le vio la punta al modelo y nacieron las empresas que acumulan decenas de viviendas y las explotan como si fueran habitaciones de hotel, con servicios comunes y una gestión impersonal.

Tras la fachada, ya no quedan ni vecinos de toda la vida, ni familias con niños, ni comercios tradicionales o bares de toda la vida, expulsados del casco histórico por la especulación inmobiliaria, los desahucios, los alquileres prohibitivos y la falta de oferta residencial. Sólo quedan visitantes y negocios sin alma para atender a estos visitantes

El daño de este modelo en nuestras ciudades, en los cascos históricos especialmente, es por exceso. Como las termitas, los pisos turísticos se adueñan poco a poco de calles y edificios del centro urbano y la búsqueda incesante de oportunidades de parte de los especuladores inmobiliarios lleva a la finalización de contratos de alquiler residenciales para reconvertir los pisos, incluso bloques enteros, en explotaciones de estancia temporal. Cuando quieres darte cuenta, la mayor parte de una calle, de una manzana, está ya podrida y vacía. Las termitas se la han comido por dentro y solo queda fachada.

Sevilla, enferma de esta plaga turística, luce espléndida como siempre. Pero es sólo apariencia. Tras la fachada, ya no quedan ni vecinos de toda la vida, ni familias con niños, ni comercios tradicionales o bares de toda la vida, expulsados del casco histórico por la especulación inmobiliaria, los desahucios, los alquileres prohibitivos y la falta de oferta residencial. Sólo quedan visitantes y negocios sin alma para atender a estos visitantes.

Cada vez que un periódico local da cuenta de una nueva autorización de Urbanismo para reconvertir un edificio en alojamientos turísticos, siento un pinchazo de preocupación y pena. Y muchas veces he pensado en recopilar estas informaciones para ponerle cifras al problema. Una iniciativa del PSOE las hizo aflorar la semana pasada en el pleno municipal.

Según reconoció el gobierno municipal, a finales de mayo había 9.592 viviendas de uso turístico (legales) en la ciudad, especialmente en Casco Antiguo y Triana. Suponen alrededor del 3% del parque de viviendas total. Y son 2.465 más desde que José Luis Sanz es alcalde.

Mientras discutimos en pleno municipal si lo que crecen son pisos o apartamentos, y echamos la culpa a la Junta (gobernada por el mismo PP que rige la ciudad), tras la fachada de casas encaladas y de llamativos colores, los especuladores hacen su trabajo

Estas cifras tienen dos lecturas. Una es que antes de que el PP llegara al poder en este mandato, ya había más de 7.000 pisos turísticos en la ciudad. Mal por el anterior gobierno municipal socialista. Esto sólo demuestra que el problema viene de lejos y que la causa reside en buena medida en la dejadez de nuestros gobernantes y su incapacidad de resistirse a las fuerzas especuladoras que, con demasiada evidencia, parece que rigen el urbanismo de esta ciudad.

La otra es que, en apenas tres años, la cifra ha crecido un 34,6%, más del triple. Y este ritmo no sólo nos debería alertar sobre cómo las puertas de la casa consistorial, si ya estaban entreabiertas para el negocio inmobiliario-turístico, ahora parecen estarlo de par en par. Además, debería hacernos reflexionar sobre la coherencia y sinceridad de las declaraciones de nuestro alcalde. Hace tres años, justo tras su victoria en las elecciones municipales, Sanz declaró, contundente, “en el casco histórico de Sevilla no cabe un apartamento turístico más”. Se cumple con el dirigente del PP el clásico dicho de que uno es esclavo de sus palabras y dueño de sus silencios.

El PP se defiende argumentando que lo que crece son los apartamentos turísticos (edificios completos) cuya regulación depende de la Junta, mientras que los pisos individuales se han reducido ligeramente en los últimos años, tras la regulación municipal. Independientemente del modelo, el resultado es el mismo. Lo que eran viviendas residenciales se convierte en alojamientos esporádicos, con el ya consabido vaciado de vecinos y negocios locales del casco histórico.

Y así, mientras discutimos en pleno municipal si lo que crecen son pisos o apartamentos, y echamos la culpa a la Junta (gobernada por el mismo PP que rige la ciudad), tras la fachada de casas encaladas y de llamativos colores, los especuladores hacen su trabajo. Y nos llevan de cabeza y sin remedio a una ciudad podrida, como una bonita cómoda de caoba del siglo XVIII a punto de derrumbarse víctima de las termitas que, sin remedio, se la han comido por dentro.

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