La máquina de la democracia
Dicen que para todo hay una primera vez. Y en las elecciones autonómicas de este pasado domingo 17 de mayo me tocó a mí estrenarme como miembro de una mesa electoral. Fui nombrado vocal 2º y no tenía excusas para escaquearme. Así que me resigné y dije, pues mira, vivo una experiencia nueva y aprovecho para explicarle la maquinaria electoral de primera mano a los lectores de SevillaelDiario.es.
Vayan por delante unos titulares. Fue un día largo, agotador, estresante, frustrante por momentos, pero no fue para nada aburrido y, si crees en la democracia, tiene el punto romántico e idealista de facilitar la participación de la gente, de tus vecinos. En mi caso, encima, pude recibir en mi mesa el voto de mi hija mayor, de 19 años, en su estreno electoral. Muy emocionante. Pero vayamos por partes.
El domingo arrancó raro. Me sonó el despertador a las 6.30, incluso antes que un día laborable. Ducha, desayuno en casa, y al colegio electoral. Mi puesto estaba en el IES Beatriz de Suabia, en pleno Nervión. Cinco minutos antes de las 8.00 ya estábamos allí muchos de los miembros de las mesas, entre titulares y suplentes.
El personal de la Administración Electoral (no llegué a enterarme bien a qué organismo pertenecen) nos pasó lista y verificó qué pudieran constituirse las mesas, incluido el sacrificio de algunos suplentes, que contaban con pasar el domingo en casa y sufrieron un brusco cambio de planes.
En cada mesa somos tres, presidente y dos vocales. Nos entregan una gran carpeta negra con todo el material: un manual detallado para seguir paso a paso durante todo el día, modelos de actas, formularios y material de oficina (papel, lápices, bolígrafos, etc.). Es como un juego de cuando yo era niño, el Quimicefa, que traía todo lo necesario para montar un laboratorio. Pues igual, pero para unas elecciones. Lo único que no teníamos eran las papeletas y sobres, que estaban fuera, en el vestíbulo, pero comprobamos que estuvieran todas en su sitio.
Muchos votantes entran al aula sin saber dónde les corresponde votar, y con la tarjeta censal en casa o no recibida. Hay que preguntar en qué calle viven y qué apellido tienen. Lo que haga falta por facilitarles el voto
Una vez verificado que todo está en orden, constituimos formalmente la mesa con un acta de constitución que recoge la hora y el nombre de los miembros de la mesa, así como de los suplentes que han estado presentes y se han podido marchar a casa. Y a las 9.00, llega el momento. El presidente declara en voz alta abierta la mesa y ya pueden llegar los votantes. Para completar cada proceso, hay que verificar la identidad del elector con su DNI y su registro en el listado del censo que tiene cada mesa. Una vez comprobado, se le permite depositar el sobre en la urna.
Sentarte 11 horas en una mesa electoral recibiendo votantes es como cualquier posición de atención cara al público, un auténtico ejercicio de sociología. Todo el barrio (bueno, un 76% al menos de nuestro censo) pasa por delante de ti en ese día. La mayoría son muy educados. Buenos días, buenas tardes, hasta luego. Los más simpáticos preguntan qué tal va el día o nos desean ánimo y suerte. Los vecinos y amigos, los socios de mi peña, se acercan aunque voten en otra mesa, te saludan y preguntan cómo va la cosa. Pero, sorprendentemente, también hay auténticos imbéciles que se ponen delante de ti, te alargan el DNI para que los identifiques, depositan su voto y se marchan sin dirigirte ni una sola palabra. Acojonante lo numeroso que llega a ser ese tipo de ciudadano maleducado.
Muchos votantes entran al aula sin saber dónde les corresponde votar, y con la tarjeta censal en casa o no recibida. Hay que preguntar en qué calle viven y qué apellido tienen. Lo que haga falta por facilitarles el voto. También llegó alguno con errores en la inscripción en el censo, por haberse mudado después de enero. Un caso en el que, con mucha empatía, tuvimos que hacerles ver que no podíamos hacer nada y que debían votar en su antiguo colegio electoral. Difícil hacerlo en Madrid con apenas dos horas de margen, como le ocurrió a una chica. U otra que llegó con cinco minutos de tiempo antes del cierre de las urnas, y confundió el centro de votación con uno que estaba varias manzanas más allá. Nos dejó a todo correr a ver si llegaba a tiempo.
En muchos casos, el voto se hace en familia. Vienen los padres con los hijos ya mayores. O los hijos traen a sus padres ancianos. Y, si es su primer voto, hacen fotos a los chavales para inmortalizar el momento. Yo estaba esperando allí a mi hija Candela, que ejercía su derecho por primera vez. Vino con su madre y su hermana, aún menor. Y para mí fue bonito y emocionante, aunque apenas pude pararme a hablar con ella porque había cola. Un beso y adiós. Al menos, pudimos comentar el momento luego esa noche y a la mañana siguiente.
Nos ocurrió que un señor votó en nuestra mesa cuando debía haberlo hecho en la de al lado. Y no nos dimos cuenta hasta que vino su hermana, con los mismos apellidos, a ejercer su derecho con nosotros. ¿Cómo pudo ocurrir? Error nuestro
El ritmo de llegada de los votantes es creciente hasta mediodía, alrededor de las 14.30. A partir de ahí, se nota el bajón de la hora de comer. Hasta las 17.00-17.30, la frecuencia baja mucho y puedes rotarte con los compañeros de mesa para salir a tomar algo (siempre tiene que haber al menos dos miembros de la mesa presentes). Ante la falta de votantes, llega el momento de la tertulia con los compañeros de las otras urnas. Hubo buen ambiente. Cada uno de su padre y de su madre, pero muy prudentes con los comentarios y con muchas ganas de reírnos. La salvación pendiente del Sevilla en la penúltima jornada de Liga, la generosa compensación económica que nos espera (70 euros por toda la jornada) y las incidencias ocurridas protagonizan las conversaciones.
A lo largo de la jornada sufrimos una incidencia seria y alguna de menor enjundia. Nos ocurrió que un señor votó en nuestra mesa cuando debía haberlo hecho en la de al lado. Y no nos dimos cuenta hasta que vino su hermana, con los mismos apellidos, a ejercer su derecho con nosotros. ¿Cómo pudo ocurrir? Error nuestro. El hombre vino a la mesa equivocada. Tenía apellidos poco comunes y, vistos en el censo, no reparamos en el nombre. ¿Cómo lo arreglamos? Tras consultar por teléfono a la Junta Electoral de Zona, en el acta de cierre de la votación reconocimos que el voto de ese señor, con nombre y apellidos, estaba en nuestra urna en lugar de en la de al lado. Y los compañeros hicieron constar en su acta justo lo contrario.
El resto de incidentes surgieron por las presiones de los apoderados de los partidos para que hagas las cosas de una manera o de la otra. En algún caso, incluso hubo que pedir ayuda a la policía. El problema es que tanto los agentes como los representantes de la Administración Electoral te dicen que la autoridad son los miembros de la mesa, con el presidente a la cabeza. Y tú eres un ciudadano normal, sin idea del proceso, con un manual de instrucciones en las manos. Los representantes de los partidos intentan aprovecharse de eso para pedirte tal o cual documento. Finalmente, con paciencia y buena voluntad, y con mucho sentido común, todo logra solucionarse y no llega al río la sangre de nadie.
En las últimas dos horas, a partir de las 18.00, hubo un repunte de votantes, muchos de ellos vestidos con camisetas del Sevilla, camino del estadio. Y empezamos a bromear con la cuenta atrás. A falta de cinco minutos para el final, aún entraron tres votantes. Nos sentíamos como en un bar, cuando alguien pide comida con la cocina a punto de cerrar.
Cuando salí del instituto, pasadas las 22.00 horas, 14 después de mi llegada, me sentía agotado, vacío físicamente. Pero también tenía un puntito de orgullo, de satisfacción
A las 20.00, cerrada la votación, incorporamos a la urna los votos por correo, que nos había traído un cartero por la mañana. Comprobando cada sobre, con su certificado y su identidad en el censo. Y, los últimos, los votos de los miembros de la mesa. A partir de ahí, el escrutinio. Abrimos la urna, que habíamos sellado por la mañana con dos precintos, y sacamos los votos de los sobres. Los agrupamos por candidaturas y contamos. Que casara el número de sobres con los votos, además de los nulos y en blanco. Y que casara la suma de candidaturas con el número total de votos emitidos.
Una vez cuadrado el balance electoral, rellenamos el acta de escrutinio, con los resultados, y el de sesión, con resultados e incidencias. Verificado todo, repartimos toda la documentación, y sus copias, en tres sobres: dos para la Junta Electoral y uno para Correos. Recogido este último por el cartero, le tocaba al presidente, ya él solo, llevar el resto al Prado de San Sebastián. Los vocales, en ese momento, cesamos en nuestras funciones.
Cuando salí del instituto, pasadas las 22.00 horas, 14 después de mi llegada, me sentía agotado, vacío físicamente. Como si hubiera corrido una maratón o llevara todo el día de excursión por el monte. Pero también tenía un puntito de orgullo, de satisfacción. Pude formar parte desde dentro del aparato electoral y todo había salido razonablemente bien. Comprobé así que, a pesar de problemas e incidencias, la máquina de la democracia funciona bien en Andalucía.
Sobre este blog
Este es un espacio donde opinar sobre Sevilla y su provincia. Sus problemas, sus virtudes, sus carencias, su gente. Con voces que animen el debate y la conversación. Porque Sevilla nos importa.
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