La “animadversión” de los sevillanos
Tengo una casa en Matalascañas. Es un precioso apartamento en Alcotán, junto al Pueblo Andaluz y al Benelux. En el salón, hay varias fotografías antiguas colgadas en la pared. En una de ellas, de los años 80, salgo junto a mis hermanas pequeñas, a última hora de la tarde, sentados en las rocas de uno de los espigones de la playa.
Pasé allí casi todos los veranos de mi infancia, alquilados el mes de agosto en una casa del Pueblo Andaluz. Cualquiera que conozca aquella playa se ha ubicado ya perfectamente. Aprendí a montar en bici, jugaba a las chapas, me bañaba en el mar con mi padre y mis tíos y comía pipas al atardecer con mi madre y sus primas. Empecé a salir de noche, tuve mi primera novia y me repuse allí años después de un accidente de coche del que salí vivo de milagro.
En septiembre, siempre íbamos algún fin de semana al apartamento que un tío de mi madre nos prestaba en Aldomi, detrás del chiringuito de El Pato, y comprábamos casera de limón para almorzar.
En Matalascañas mis dos hermanas conocieron a los que hoy son sus maridos, uno de Tomares y otro de Pilas, uno de Alcotán y otro del Pueblo Andaluz, ambos hijos de propietarios de casa en la playa.
Cuando nació Candela, mi hija mayor, y mi padre ya estaba enfermo, pasamos allí un par de veranos. Y luego, cuando surgió la oportunidad, compramos nuestro apartamento y mis hijas experimentaron la misma sensación de libertad, tranquilidad y diversión familiar que yo viví con su edad, en plena adolescencia. Es su paraíso, igual que para su madre. Y cuando cogen las vacaciones, no quieren moverse de allí bajo ningún concepto.
Toda la familia que sigue parando por allí en verano, igual que el resto de propietarios, residentes y veraneantes habituales, muchos de ellos vecinos de Sevilla capital y provincia, somos testigos del deterioro de Matalascañas en las últimas décadas
Hace cuatro o cinco años, entrando desde Madrid por la carretera trasera de la playa que la separa del Parque Nacional, mi hija Lola definió a la perfección qué significa para ellas disfrutar de dos meses enteros allí. “Estoy deseando de dejar de saber qué día de la semana es”, afirmó.
En el salón de la casa hay otras fotos más antiguas, de los años 50. En una de ellas, mi abuelo Julio sostiene en sus brazos a sus dos hijas más pequeñas, María Victoria y Carmen Asunción. A su lado, mi abuela Rosario posa junto a las dos mayores, Rosario Aurora y María de la Paz, mi madre.
Ellas y todos sus primos, de Carrión de los Céspedes y de Pilas, pasaban el verano entero en las chozas antiguas que se montaban playa adentro, cerca del cuartel de carabineros. Sin agua corriente ni electricidad. Ni falta que les hacía.
Muchos de esos familiares tienen hoy casas y apartamentos en Matalascañas, adonde se mudaron cuando la urbanización empezó a desarrollarse entre los sesenta y setenta. Mis hijas son, por tanto, la cuarta generación de mi familia que veranea allí, que disfruta de aquella playa y que se siente libre y feliz durante buena parte del verano.
Toda la familia que sigue parando por allí en verano, igual que el resto de propietarios, residentes y veraneantes habituales, muchos de ellos vecinos de Sevilla capital y provincia, somos testigos del deterioro de Matalascañas en las últimas décadas. Y no, no me refiero a los efectos de los temporales, el cambio climático y la alteración de las corrientes provocadas por el espigón Juan Carlos I de Huelva, que eso daría para otros muchos artículos.
Este va a ser un verano complicado, con la playa en pleno proceso de regeneración y con el paseo marítimo en un estado desconocido en su proceso de reconstrucción. Aún así, los sevillanos iremos por allí. Seguro. Siempre lo hacemos
La pena que nos come a los que somos habituales de Torre La Higuera, como la llaman los clásicos, es la falta de inversión crónica del Ayuntamiento de Almonte en el asfaltado de las calles, las aceras, la iluminación, la recogida de basuras o el saneamiento de las aguas. La última es cobrar por aparcar en la calle también a los propietarios, no sólo a los visitantes. Y aun así nunca hemos dejado de ir, de gastar nuestro dinero en Almonte ni de pagar nuestros impuestos a su gobierno municipal.
Por eso no me enfada, sino que me duele, me hace daño en el alma, leer al confundidísimo alcalde almonteño, Francisco Bella, cuando dice que más le vale arreglar el paseo marítimo de Matalascañas antes del verano para que no empeore la “animadversión” que le tienen los sevillanos hacia su pueblo.
Familias sevillanas que, como la mía, llevan décadas, generaciones, alimentando uno de los motores económicos de Almonte, una de las fuentes de empleo y riqueza más importantes para sus vecinos, sintiéndonos siempre ciudadanos de segunda por no ser almonteños.
Con lo fácil que sería mimar aquella playa y hacer sentir a los propietarios de viviendas y veraneantes que son bienvenidos y que su estancia, su vinculación a Matalascañas, es tan válida y querida como la de cualquier vecino del pueblo.
Este va a ser un verano complicado, con la playa en pleno proceso de regeneración y con el paseo marítimo en un estado desconocido en su proceso de reconstrucción. Aún así, los sevillanos iremos por allí. Seguro. Siempre lo hacemos. Porque, a pesar del alcalde de los almonteños y de su desdén por nosotros, en Matalascañas se está muy a gusto.
Sobre este blog
Este es un espacio donde opinar sobre Sevilla y su provincia. Sus problemas, sus virtudes, sus carencias, su gente. Con voces que animen el debate y la conversación. Porque Sevilla nos importa.
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