Perder el tiempo
En el mes de julio estuve enferma. Pasé varias veces por urgencias y mi dolor me fastidió los días de vacaciones en la playa. De vuelta en la ciudad, aquello me concedió cierta legitimidad para quedarme en casa descansando unos días y no volver inmediatamente al trabajo.
El haber sufrido, física y mentalmente, me otorgaba una especie de permiso del dios de los autónomos, una forma de autorización moral para dedicar mis horas del día a hacer nada.
Así que ahí me vi, tirada en el sofá, delante de la tele, tragándome alguno de esos programas horribles de la tarde que no sabía ni que existían porque a esas horas suelo estar trabajando, programas que no me interesaban nada en absoluto, pero que me proporcionaban una olvidada sensación tremendamente placentera, la de ser dueña de mi tiempo y tener el poder de no hacer absolutamente nada con él. Qué placer perder el tiempo.
El cuerpo entró en estado de relajación, mi angustia menguaba cada día un poquito más y comencé a dar menos importancia a mis problemas, a ver las cosas de otra forma y tener ganas de comenzar los días. Incluso, y qué paradoja, en mi cabeza comenzaron a aparecer ideas para mis guiones, soluciones a cosas que tenía atascadas en el papel desde hacía meses.
Ese perder el tiempo desbloqueó el recuerdo de los años, quizá décadas, en las que ese no hacer nada formaba parte de mi vida cotidiana. Me refiero a hacerlo sin culpabilidad, a estar sentada holgazaneando por que sí, porque podía, y hacerlo sin esa voz interior castigadora que me dice que debería estar trabajando, respondiendo mails, haciendo las tareas de la casa, haciendo ejercicio, resolviendo trámites o incluso realizando actividades de ocio, aprovechando el tiempo. Aprovechando. No perdiendo.
Porque al tiempo de no producir o de no optimizarnos lo hemos llamado perder. Tenemos tan interiorizada la lógica productiva capitalista que al descanso lo hemos convertido en pérdida. El tiempo como algo que hay que invertir bien, rentabilizar y no despilfarrar.
En mis días de no hacer nada, de tener el permiso que me había dado la enfermedad, recuperé una vitalidad y una motivación olvidadas, sepultadas bajo la lógica del rendimiento y del crecimiento continuo. Deseé charlar tranquilamente con mis amigos, pasear por el río, mirar las estrellas, recuperar mi pasión por la fotografía, abrazar a mis padres, escribir, aprender. No quise menos. Quise más. Más vida
Uno de los libros que más he disfrutado este verano es JOMO, de Juan Evaristo Valls Boix. Si en su ensayo anterior, El derecho a las cosas bellas, ya desafiaba la tiranía de la productividad y vindicaba una forma de vivir alineada con la belleza y no con la utilidad, en JOMO explora una redirección del deseo como forma de resistencia.
JOMO son las siglas de “The joy of missing out”, la alegría de perderse cosas, y surge en contraposición al término FOMO, que tanto nos hemos acostumbrado a escuchar y a sentir: el miedo a perdernos algo, a quedarnos fuera, a no aprovechar la oportunidad.
Frente a esta sensación angustiosa que nos lleva a correr, a llegar, a alcanzar siempre nuevas metas mientras por el camino nos ahogamos porque no hay cuerpo que lo aguante, el JOMO nos propone una pequeña revolución micropolítica: el gusto de perder, el valiente deseo de no estar, de no competir, de no ganar. El descanso y la alegría de quedarse, de holgazanear, de divagar. Retirar nuestro deseo de la economía neoliberal de la excitación.
“El JOMO”, escribe Valls, “no es una apología del fracaso, sino una crítica radical a la ontología de la ganancia”.
En mis días de no hacer nada, de tener el permiso que me había dado la enfermedad, recuperé una vitalidad y una motivación olvidadas, sepultadas bajo la lógica del rendimiento y del crecimiento continuo. Deseé charlar tranquilamente con mis amigos, pasear por el río, mirar las estrellas, recuperar mi pasión por la fotografía, abrazar a mis padres, escribir, aprender. No quise menos. Quise más. Más vida.
Recordé entonces a aquellos hombres grises de Momo, la novela de Michael Ende, que convencían a la gente de que debía ahorrar tiempo en una especie de caja de ahorros, y de que el descanso, los amigos o el arte, eran un desperdicio de este codiciado bien. Después se lo fumaban, convertido en humo gris, un humo que estos hombrecillos necesitaban para vivir. Habían conseguido que las personas entregaran su tiempo a cambio de la promesa de que algún día tendrían una vida mejor.
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