La búsqueda de la eterna juventud en el siglo XXI
El envejecimiento se caracteriza por una pérdida progresiva de la integridad fisiológica, que se traduce en una función alterada y un aumento de la vulnerabilidad frente a la muerte. Este deterioro es el principal factor de riesgo de numerosas patologías humanas asociadas a la edad, como el cáncer, la diabetes, las enfermedades cardiovasculares y las enfermedades neurodegenerativas.
A nivel celular se han identificado varios procesos biológicos que contribuyen al envejecimiento: la inestabilidad genómica, las alteraciones epigenéticas, la pérdida de proteostasis (el equilibrio entre la producción y eliminación de proteínas), la autofagia deshabilitada (el fallo del mecanismo celular de reciclaje de componentes dañados), la desregulación de la sensibilidad a los nutrientes, la disfunción mitocondrial, la senescencia celular, las alteraciones en la comunicación intercelular y la inflamación crónica y la disbiosis (el desequilibrio de la microbiota). El envejecimiento se acelera cuando se acentúan experimentalmente estos procesos; pero, del mismo modo, su regulación abre la puerta a retrasarlo. Este campo de investigación cuenta entre sus referentes al con el español Carlos López-Otín
En los países desarrollados, el alto grado de envejecimiento de la población ha sobrecargado los sistemas sanitarios. Esto se debe, en gran medida, a la alta comorbilidad de enfermedades crónicas asociadas a la edad, ya que no solo tienen un fuerte impacto en la salud y la calidad de vida de las personas mayores, sino que —debido al coste asociado a su tratamiento— generan una importante carga económica.
En busca de la fuente de la eterna juventud
La búsqueda por retrasar el envejecimiento y alcanzar la inmortalidad es tan antigua como el comienzo de la propia humanidad, y pocas leyendas la representan tan bien como la de la fuente de la eterna juventud. Según la tradición, sus aguas tenían el poder de revertir el envejecimiento y devolver la vitalidad a quien las bebiera o se bañara en ellas. La versión más conocida en Occidente sitúa la historia en el siglo XVI, cuando se atribuyó al explorador español Juan Ponce de León la búsqueda de esta fuente milagrosa durante su expedición a lo que hoy es Florida (Estados Unidos).
No obstante, el mito original es mucho más antiguo y universal que la versión española. Ya el historiador griego Herodoto, en el siglo V a.C., hablaba de una fuente similar en Etiopía. Alejandro Magno, según algunas crónicas medievales, también habría buscado unas aguas capaces de otorgar la vida eterna. Prácticamente todas las civilizaciones —desde la china, con su búsqueda del elixir de la inmortalidad, hasta la hindú y sus aguas sagradas del Ganges—, han imaginado alguna fuente, elixir o fruto capaz de detener el paso del tiempo.
A día de hoy, la versión actualizada de este mito la encarna la figura de Bryan Johnson, un empresario tecnológico estadounidense que gasta millones de dólares al año en tratamientos médicos y suplementación, con el fin de monitorizar y optimizar su cuerpo. Al igual que las figuras del pasado, Johnson —cuyo caso no está exento de controversia— no ha demostrado la veracidad de muchas de sus especulaciones y prácticas (como las transfusiones de plasma con su hijo, que abandonó al no ver resultados). Además, aún en el caso de funcionar, estas prácticas están fuera del alcance de la mayoría de la población debido a su elevado precio.
Salud pública y longevidad
Frente a este enfoque, una serie de estudios epidemiológicos han identificado varias regiones del planeta cuya población presenta una longevidad excepcional, con tasas anormalmente altas de personas centenarias y una menor incidencia de enfermedades cardiovasculares y relacionadas con la obesidad. Son las llamadas ‘zonas azules'.
Estas regiones son Cerdeña (Italia), Okinawa (Japón), Nicoya (Costa Rica), Icaria (Grecia) y Martinica (territorio francés de ultramar). Los factores comunes identificados en estos estudios son la dieta (mayoritariamente vegetal y rica en legumbres, con un consumo moderado de pescado) y una actividad física frecuente, entretejida de forma natural en el día a día, mediante la jardinería, los paseos o las tareas domésticas. También destacan por ser zonas donde existe un fuerte sentido de comunidad, con integración intergeneracional y bajos niveles de aislamiento social; así como bajos niveles de estrés crónico y la existencia de un propósito vital (ikigai en Okinawa, plan de vida en Nicoya).
Pese a que estos factores estarían al alcance de la mayoría de la población en los países más desarrollados, los datos muestran que en las grandes urbes encontramos justo lo contrario: alta ingesta de comida procesada y escasez de alimentos frescos, baja actividad física en el día a día, una soledad y un aislamiento social cada vez más extendidos y niveles elevados de estrés crónico.
Investigación y hábitos saludables, la clave para vivir mejor
Casualmente, los procesos biológicos que comentábamos al inicio del artículo —y que contribuyen de forma directa al envejecimiento—, pueden ser modulados directamente por los factores comunes identificados en las regiones del planeta que presentan una elevada longevidad: la actividad física, la dieta, las relaciones sociales y la gestión del estrés.
La investigación científica juega un papel esencial en el estudio del envejecimiento puesto que permite entender qué factores a nivel celular contribuyen a este proceso, así como a identificar qué intervenciones pueden modularlo de forma sólida y veraz.
Así pues, quizás la verdadera fuente de la eterna juventud no se encuentre en una fórmula milagrosa ni en una inversión millonaria, sino en una rutina cotidiana que incluya más movimiento físico, una dieta saludable, tiempo de calidad para cultivar unas relaciones sociales sólidas y evitar en lo posible el estrés en el día a día. Y, además, en impulsar la investigación científica, que no solo permite entender qué factores contribuyen a este proceso a nivel celular, sino también a identificar qué intervenciones pueden modularlo de forma sólida y veraz, evitando falsas promesas milagrosas.
Coordinación: Adelina Pastor, Delegación del CSIC en Andalucía
Edición: Patricia Martí, Delegación del CSIC en Andalucía
Sobre este blog
El Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) cuenta con 24 institutos o centros de investigación -propios o mixtos con otras instituciones- tres centros nacionales adscritos al organismo (IEO, INIA e IGME) y un centro de divulgación, el Museo Casa de la Ciencia de Sevilla. En este espacio divulgativo, las opiniones de los/as autores/as son de exclusiva responsabilidad suya.
0