Diez años de 'Que Dios nos perdone': la consagración de Sorogoyen que retrató Madrid entre el 15M y la visita del Papa
Los aniversarios ilustran todo aquello que ha cambiado, pero también lo que se repite y rima por tiempo que pase. Este 2026 se cumplen diez años del estreno de Que Dios nos perdone, una efeméride rodeada de otras. La película retrata el Madrid del verano de 2011, en el que las acampadas del 15M en la Puerta del Sol y otros puntos de la ciudad convivieron con el desarrollo de la Jornada Mundial de la Juventud. Un evento que congregó a más de dos millones de personas, cantidad que el Ayuntamiento de Madrid creía que se podría superar con la llegada del papa León XIV, aunque se quedó en millón y medio durante la misa de Cibeles de este domingo. El menos popular Benedicto XVI visitó una ciudad todavía golpeada por la crisis económica, convulsa y de contrastes, justo los que retrataba Rodrigo Sorogoyen.
Quince años después del evento y diez desde el largometraje que lo retrató, la capital se prepara para el advenimiento de otro Santo Padre, que la recorrerá desde este sábado 6 hasta el martes 9 de junio en una urbe que por lo demás ha experimentado una imparable transformación. Tanto como la trayectoria del propio Sorogoyen, que el pasado 16 de mayo presentaba su último largometraje, El ser querido, en la sección oficial del Festival de Cannes. Lo hizo, paradójicamente, solo un día después de que el 15M cumpliera 15 años.
La movilización asociada a este movimiento en Madrid fue desvaneciéndose con el tiempo y la incorporación (y agotamiento) de algunos cuadros a la política activa, aunque dio lugar a asambleas vecinales y plataformas por la defensa de derechos sociales o en materia de vivienda que en muchos casos siguen activas. En lo netamente institucional, el ciclo del cambio derivó en la investidura de Manuela Carmena como alcaldesa, pero el Partido Popular recuperó el poder en solo cuatro años y desde entonces solo lo ha incrementado (mientras la derecha ensancha sus resultados electorales en pleno auge de Vox).
Lo que se mantiene es el clima de tensión e inestabilidad social certeramente reconstruido por Sorogoyen. El director de Stockholm (2013) genera una atmósfera asfixiante en una historia que combina thriller policiaco con una cuidada reconstrucción de un caluroso verano madrileño (aunque no tanto como los que han venido después). Durante dos horas y cinco minutos seguimos a los inspectores de policía Alfaro (Roberto Álamo) y Velarde (Antonio de la Torre), que deben encontrar al que parece ser un asesino en serie cuanto antes y sin hacer ruido. La visita de Benedicto implica que la ciudad y el país deban transmitir una imagen de pulcritud, una obsesión para las altas esferas y algo que no casa ni con los crímenes ni con algunas actitudes de los dos agentes. Una caza contrarreloj que les hará darse cuenta de que, quizá, ninguno de ellos es tan distinto del asesino.
Persecuciones adrenalínicas, asesinatos atroces y muchos careos donde la violencia podría estallar en cualquier momento marcan el desarrollo de la película. Los escenarios discurren por exteriores (y algún interior como el Metro) muy característicos de la capital, sobre todo del centro. La Puerta del Sol, la Plaza Mayor, Gran Vía, la Ópera de Madrid en la plaza de Isabel II o Malasaña (en concreto las calles del Maestro Guerrero, San Bernardino y Desengaño) son alguno de los puntos por los que avanza la cámara de Sorogoyen, que saca todo el partido a estos lugares a la vez que se acerca a los personajes para exprimir la tensión en cada pasaje.
Una muestra de ese cine cocainómano por lo frenético del montaje, tanto a nivel interno de cada escena como entre secuencias. Lo que no quita que Sorogoyen sea consciente de que el silencio es también clave para generar expectativa en el espectador. De hecho, la solemnidad eclesiástica acaba teniendo un inesperado y primordial papel a la hora de atrapar al asesino en serie. Tampoco faltan unas dosis de costumbrismo que aportan verosimilutud (que no realismo, etiqueta que tampoco acaba de cuadrar con los intereses o la mirada del director) y hasta toques de humor.
Que Dios nos perdone contó con un reparto lleno de talento que integraron, además de los citados Álamo y de la Torre, intérpretes como Luis Zahera (en el inicio de unas colaboraciones con el cineasta que con El reino y As bestas se han insertado en la cultura popular), Mónica López, Raúl Prieto, Javier Pereira o José Luis García Pérez (una de las voces más carismáticas del cine español)
Estaba escrita a cuatro manos entre Sorogoyen y su habitual colaboradora, Isabel Peña. Precisamente el guion fue el aspecto que le valió un premio en la competición del Festival de San Sebastián 2016. Unos meses después, la película optó a seis Goyas y Roberto Álamo se hizo con el cabezón a la mejor interpretación masculina protagonista. En aquella edición, marcada por la fortaleza del thriller patrio, triunfó Tarde para la ira de Raúl Arévalo y también fue reconocida El hombre de las mil caras de Alberto Rodríguez.
Sorogoyen, un cine de tensiones en evolución
La carrera de Sorogoyen, como Madrid, también se ha reconfigurado en estos años. Llegó a optar al Oscar por el cortometraje de ficción Madre (2017), que dos años después dio pie a un largo homónimo. Logró su primer Goya a la mejor dirección con El reino (2018), acercamiento a la corrupción política tan potente como equidistante (el personaje que interpreta Ana Wagner con marcado acento andaluz parece introducido únicamente para que el espectador piense en el PSOE de dicha región y que el resto del universo retratado no remita exclusivamente al Partido Popular). Un reconocimiento que repitió con As bestas (2022), triunfadora además en la categoría de mejor película y todo un éxito comercial.
Ese drama le abrió además las puertas del Festival de Cannes, aunque no logró competir por la Palma de Oro. Sí lo hizo este año con El ser querido, cuyo elenco lideran Javier Bardem y Victoria Luengo. Le acompañaron en la sección oficial Pedro Almodóvar y Los Javis (finalmente recompensados con el premio a la Mejor Dirección), todo un récord de películas españolas en la pugna por el galardón más importante del circuito de festivales desde su creación en 1955. El ser querido ya se ha estrenado en salas francesas, pero no llegará a las pantallas españolas hasta el próximo 26 de agosto, así que de momento su última obra que el público ha podido ver es la serie de Movistar+ Los años nuevos (2024).
Con dicha plataforma, en la que también lanzó Antidisturbios (2020), vivió una de sus grandes frustraciones artísticas: una serie de seis episodios sobre la Guerra Civil que nunca salió adelante, aunque estaba escrita “al 80%”. “Fue un mazazo enorme”, admitió en una entrevista para Time Out donde definió el proyecto como “el más importante” de su vida.
“He trabajado muy a gusto con los responsables de ficción de Movistar+, pero tienen unos jefes que toman decisiones. Más allá de que decidan invertir su dinero en unos u otros proyectos, y eso debo respetarlo, lo que me parece grave y lamentable es que esta gente sienta presiones externas, de grupos económicos y políticos, pero también de la propia sociedad. Hay una parte importante que siente incomodidad cuando se tocan según qué temas, pero hablar de la Guerra Civil y de nuestra historia debería ser obligatorio, es necesario e incluso fascinante”, expuso.
“Hablar de nuestra historia”, y retratarla, es dejar una impronta a la que volver para compararnos, apreciar los cambios, hallar las constantes y aprender de los errores. Un proceso que no pudo culminar, de momento, con la Guerra Civil. Pero que sí consiguió al esbozar un episodio contemporáneo como el de ese Madrid de 2011. En Que Dios nos perdone, Sorogoyen mostró que la evolución de los países y las ciudades se define a base de los contrastes, las semejanzas y ese elemento que vertebra su cine: las tensiones.
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