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La odisea de abrir una librería de barrio en Madrid pese a la ferocidad inmobiliaria

Clara muestra el local de Tetuán en el que abrirá su librería.

Luis de la Cruz

Madrid —
22 de julio de 2026 21:27 h

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Hacer acopio de lecturas veraniegas en una librería no es igual de fácil para alguien que vive en Usera que para quien lo hace en el centro o en Chamberí. Lo sabe cualquiera que camine por las calles de Madrid con actitud observante, pero la profundidad de la brecha se aprecia mejor a la vista de la estadística. En el censo de actividades de locales comerciales del Ayuntamiento de Madrid aparecen 509 establecimientos cuya actividad es la venta de libros. En este listado, en el que están excluidas grandes superficies, se aprecia a simple vista una gran desigualdad en la distribución de las librerías a lo largo de la ciudad.

El distrito Centro es el de mayor densidad librera, con 152 establecimientos, mientras que Moratalaz y Vicávaro solamente cuentan con tres librerías para todos sus vecinos. En realidad, solamente los distritos de Chamberí y Salamanca destacan sobre el resto, donde hay muy pocas librerías, sobre todo teniendo en cuenta que la mayoría de las que están en los barrios son en realidad papelerías con sección de libros, que cumplen una gran labor, pero suelen tener una selección escasa y limitada a las novedades. Solo el barrio de Universidad (Malasaña) tiene 38, tantas como la suma de varios distritos juntos.

Aunque, a la vista de la realidad, parezca una empresa complicada, abrir una librería en su barrio es el sueño de Clara Moreno. Lo sabe ella y también los seguidores que ha ido acumulando durante meses en la cuenta de la librería Remedios Instagram. En ella, Moreno está narrando en directo el proceso de poner en pie su empeño de tener una librería en Tetuán.

En el caso de Tetuán, una primera vista a las estadísticas municipales no desvela del todo el panorama yermo de librerías en el que viven sus vecinos. Hay quince establecimientos dedicados a la venta de libros para un distrito con seis barrios y 160.000 habitantes. Si uno entra al detalle, sin embargo, se da cuenta de que la mayoría son papelerías-librerías, de segunda mano (algunas magníficas, como Alcaná o Ábaco) y alguna especializada. Prácticamente no existen las librerías generalistas.

Clara Moreno no es una recién llegada al mundo del libro, su madre tuvo una librería en el vecino distrito de Chamberí durante veinte años, lo que le permitió aprender el oficio. “Luego, he tenido otros trabajos, siempre de cara al público y relacionados con el mundo del arte –porque soy artista– de manera que el mundo editorial siempre ha estado muy presente en mi vida”, explica.

Es dibujante de cómics e investigadora. Cuando hablamos con ella se dirige a su trabajo, que compatibiliza con poner a punto el local de la futura librería. “Me di cuanta hace como medio año de que quería intentarlo. Trabajo en una tienda erótica, que me gusta mucho y, aunque no lo parezca, tiene que ver con el trabajo de librera porque los clientes te cuentan sus cosas, te consultan qué se llevan y buscan irse contentos y entretenerse”, explica la librera en ciernes con gracia.

La idea se fraguó en conversaciones con Sandra Cendal, editora de Continta me tienes, que le insistía en que tenía que lanzarse a abrir librería en Tetuán. “Al principio pensaba que me quedaba muy grande el proyecto, pero pasaron las semanas y me decía a mí misma que quería hacerlo. Es que no hay nada, no hay una librería generalista, está Naves de Papel, pero es infantil; está la librería de los Salesianos… Pero casi nada más. Pensé: hay familias, debe de haber lectores”.

Se puso manos a la obra con los pasos habituales para abrir cualquier establecimiento, como hacer un plan de negocio. La búsqueda de local no ha sido sencilla, pero el apoyo masivo de multitud de vecinos lectores de Tetuán en redes, huérfanos de librerías, le ha impulsado a seguir intentándolo. Los dueños de un par de posibles locales se echaron atrás cuando se enteraron de que iba a abrir una librería, incluso habiendo dejado una señal. “El primero claramente me dijo que prefería un comercio más viable (me parece que iban a poner otro negocio de uñas) y el segundo me hizo ghosting”, cuenta Clara, que preguntaba a los obreros que se encontraba reformando los bajos del barrio. “Va a ser un piso turístico”, le contestaban todos.

Ahora que ha conseguido un local, situado en la calle del Doctor Santero, junto a Cuatro Caminos, Clara trabaja en su puesta a punto para abrir en septiembre. “Me estoy poniendo en contacto ya con las distribuidoras, con editoriales e incluso estoy generando un calendario de actividades”, cuenta con ilusión.

Siguiendo una tradición librera de empeños personales

Antes de que Clara se planteara la necesidad de abrir una librería en su barrio, muchas otras personas llevaron a cabo un empeño similar. Es el caso, por ejemplo, de la librería Jarcha en Vicálvaro, un distrito en el que viven más de 80.000 personas y cuenta con solo tres librerías, incluyendo las que son también papelería.

Hablamos con Rocío Valverde. Ella tomó el relevo de sus padres, que abrieron Jarcha en 1974. Le comentamos la iniciativa de Clara Moreno en Tetuán y ve algunas similitudes con su caso. “Son dos barrios con una red comercial muy rica. Es verdad que cuando mis padres abrieron en Vicálvaro hace 52 años no había aún tanto comercio, pero era un barrio que era muy pueblo. Son cosas que permiten que Jarcha siga existiendo: es un barrio que no se ha gentrificado, sigue estando un poco lejos y tiene una red comercial grande”, explica.

Presentación en la librería Jarcha

“Vicálvaro ha cambiado, pero sigue habiendo mucha gente que lleva viviendo aquí muchos años. Además, ha habido muchas luchas sociales, para traer el metro, para que hubiera colegios públicos... porque cuando Jarcha abrió todavía no había colegio. Hay una especie de patriotismo de barrio”, cuenta.

Jarcha nació del compromiso de un grupo de personas que concebían la librería como uno más de los servicios que se reclamaban desde los movimientos vecinales en los años setenta. “Lo hicieron mis padres dentro de un grupo de once personas que salieron de la iglesia de base en el barrio de Canillejas y tenían unos veinte años”, rememora Rocío. Buscaron una barriada obrera huérfana de librerías y apareció Vicávaro, un barrio donde había un cuartel, pero en el que muchas calles estaban aún sin asfaltar y no tenía centro de salud. Jarcha pertenece a una generación de librerías, algunas ya cerradas, que abrieron con vocación política, como El Buscón, Rumor o El Baluarte.

Muchos eran los problemas de aquella época, pero no los de la ferocidad del actual panorama inmobiliario. “Hay que vender muchos libros para ser viable, los márgenes son muy pequeños, es imposible subsistir pagando alquileres de más de dos mil euros y menos para una librería nueva”, dice la experimentada librera.

Rocío explica que una librería de barrio tiene sus propios códigos de funcionamiento, que vienen determinados por el contexto. “Tú tienes todo el público que vive en el barrio, pero no hay turistas ni un público especializado. Jarcha no podría ser una librería especializada en cómic, en ensayo, en literatura infantil o solo en novela. Una librería de barrio le da servicio. Tenemos un club de lectura para el barrio, estamos en las fiestas, en las asociaciones, participamos de todo lo que ocurre aquí. Y, luego, vendemos libro de texto y asociado a la escuela. Tenemos novela principalmente, aunque también secciones de filosofía, de poesía o de teatro. Y nuestra sección literaria está muy trabajada, ojo, pero no podemos olvidarnos de dónde estamos, ¿no?”, relata la librera haciendo recuento de las enseñanzas acumuladas durante años.

Jarcha no es solo una librería en Vicálvaro, es la librería de Vicálvaro, un punto central del tejido vecinal. “Yo creo que las librerías de este tipo tienen que ser un faro en barrios donde no existe un gran movimiento cultural. En jarcha hay cine, teatro, talleres infantiles…”, explica.

Abrir una librería en el barrio sigue siendo, décadas después de que los padres de Rocío y sus compañeros montaran Jarcha, una prueba de vocación y resistencia. En tiempos en los que, además, muchas papelerías-librerías están cerrando por la competencia de las grandes superficies y la pérdida del nicho del libro escolar, vuelve a ser un acto militante.

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